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Xavier Pericay
19 de marzo de 2007
211 páginas
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En las escuelas e institutos de hoy en día, el éxito académico es un
accidente indeseable y el fracaso, un noble consuelo. No en vano, la
corriente pedagógica que gobierna la enseñanza decretó, tiempo ha, que
la ausencia de triunfadores convertía a todos los alumnos en laureados
al por mayor, en ínfimos ganadores de una carrera sin obstáculos ni
asignaturas pendientes. A rebufo de esta escuálida filosofía, la
antigua primacía del saber ha entrado en barrena: lo importante ya no
es obtener una sólida formación cultural, sino entretenerse hasta la
náusea.
El filólogo y periodista Xavier Pericay se rebela contra
ese mundo feliz en que el igualitarismo ha relegado al afán de
superación, y la relamida "tolerancia", al principio de autoridad.
Valiéndose de su fina y templada ironía, el autor no sólo traza un
certero diagnóstico de los males de la educación, sino que también
señala a los respetabilísimos culpables del desafuero.
Sus artículos desnudan el ideario progre y ahondan, con raro
atrevimiento, en el oasis catalán. A Pericay le asisten portentosas
razones para encararse con Cataluña. La principal, no obstante, es que
ha sido precisamente en esta comunidad autónoma donde la concordia
entre la izquierda y el nacionalismo ha auspiciado un descalabro mayor;
donde el monocultivo lingüístico y la falacia buenista han asentado,
con singular eficacia, el prestigio de lo trivial.
{jgtabber}[tab ==Leer un fragmento==]
Pedagogía catalana
Aunque
habrá que esperar al próximo martes para conocer los resultados, no
parece que las pruebas de acceso a la universidad vayan a arrojar este
año un balance muy distinto al del año anterior. Dicho de otro modo: es
muy probable que nueve de cada diez alumnos catalanes aprueben la
selectividad. Así se deduce, al menos, de las palabras de los
profesores consultados el primer día de las pruebas, quienes coincidían
en señalar que es casi imposible que sus alumnos suspendan. Uno de
estos docentes ponía un ejemplo, sacado del examen de Lengua
Castellana, donde los examinandos debían responder a unas preguntas
sobre un texto de Miguel Delibes. Resulta que una de las preguntas
decía: «Escriba todos los nombres de animales que se citan en el texto
y clasifíquelos en aves y no aves». Y el docente añadía, entre
contrariado y perplejo, que no hacía falta haber estudiado todo un
curso para acabar distinguiendo lo que es un ave de lo que no lo es.
En efecto: no hacía falta. Como tampoco hacía falta haber cursado dos
años de Bachillerato para eso. Ni tal vez, si me apuran, los cuatro de
la Enseñanza Secundaria. Con tener la Primaria y no ser demasiado
zoquete había más que suficiente para salir airoso de la prueba. Y
hasta es posible que alguno de ustedes se esté ya lamentando de que la
enseñanza en España sea obligatoria y considere como un amigo mío no
hace mucho tiempo que sus hijos estarían mucho mejor en casa, sin otro
preceptor que su propia familia. A fin de cuentas, si la educación
tiene como principal objeto llegar a distinguir un ave de lo que no lo
es, convendrán conmigo que a cualquier niño, para conseguirlo, le basta
y le sobra con la lectura de esos cuentos ilustrados llenos de
animalitos que suelen preceder a sus dulces sueños, o con la
contemplación de alguno de esos documentales darwinistas con que las
televisiones públicas alegran de tarde en tarde nuestras sobremesas.
Así las cosas, ¿para qué sirve hoy en día la enseñanza, y el sistema
público en particular? Para aprender, seguro que no; en todo caso,
puede que sirva para hacer. Es decir, para que los alumnos y los
profesores, y los padres se sientan hacedores de un determinado
proyecto convivencial. No se asusten: un proyecto convivencial es lo
que debería resultar de una educación en valores. Alto ahí, dirán: ¿una
educación en valores? Sí, ya saben, la paz, la tolerancia, la
diversidad, la sostenibilidad. ¿Un mundo nuevo? Por supuesto, el mundo
con que soñó la generación que ahora está en el poder, la que en
Cataluña, cuando menos, manda en todos los frentes. La mía, sin ir más
lejos. Y tal vez la suya, querido lector. La que vivió en directo, o en
diferido, el mayo francés. La de las grandes utopías. La que prometió
vengarse de las desigualdades de este mundo imponiendo la igualdad por
decreto. Y la que ahora asoma, victoriosa, en un único campo de juego:
el educativo. Porque sólo aquí ha hecho realidad sus sueños. Ni en lo
social, ni en lo económico: sólo en el campo educativo. Y, tras una
década y media de experimentación con un ligero paréntesis de un año,
en el que se empezó a aplicar la reforma promovida por el anterior
Gobierno de España, esta generación de pedagogos podrá vanagloriarse,
sin duda alguna, de que nueve de cada diez alumnos catalanes son
capaces de distinguir, al término de su bachillerato, lo que es un ave
de lo que no lo es.
Supongo que la próxima semana, como hizo en el curso anterior, el
consejero de Universidades, Investigación y Sociedad de la Información,
Carles Solà, va a convocar una rueda de prensa para informar de los
resultados de las pruebas de selectividad. También supongo que, fiel a
su costumbre, además de informar valorará. Y que, una vez despachado el
desagradable asunto de la lengua catalana sí, esa mala nota media
habitual que debería «hacer reflexionar al país», se felicitará por
los logros educativos. Hay de qué: no todo el mundo puede formar parte
del Gobierno de un país en el que nueve de cada diez bachilleres saben
distinguir lo que es un ave de lo que no lo es.
[/tab][tab ==Acerca del autor==]Xavier Pericay (Barcelona, 1956) es
licenciado en Filología Catalana por la Universidad de Barcelona. Hasta
la fecha, su vida ha transcurrido entre la filología y el periodismo.
Sus tratos con el lenguaje han cristalizado en un par de libros
escritos en colaboración con Ferran Toutain (Verinosa llengua, 1986, y
El malentès del noucentisme, 1996) y en numerosas traducciones, entre
las que destaca la de los dietarios de Josep Pla al castellano. Su
relación con el periodismo viene de antiguo; en concreto, de cuando
estuvo en el Diari de Barcelona (1986-1990), donde fue redactor jefe de
Cultura y responsable de la confección del Llibre destil del periódico
(1987). En los últimos tiempos ha editado Cuatro historias de la
República (2003) y La Segunda República española, de Josep Pla (2006).
Desde septiembre de 2000, escribe de forma regular en el diario Abc.[/tab]{/jgtabber}
Fuente: página web de la editorial
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