Progresa adecuadamente. Educación y lengua en la Cataluña del siglo XXI PDF Imprimir E-mail
Escrito por Xavier Pericay   
Viernes, 23 de Marzo de 2007 12:39

portada del libro

Xavier Pericay
19 de marzo de 2007
211 páginas
21 €

En las escuelas e institutos de hoy en día, el éxito académico es un accidente indeseable y el fracaso, un noble consuelo. No en vano, la corriente pedagógica que gobierna la enseñanza decretó, tiempo ha, que la ausencia de triunfadores convertía a todos los alumnos en laureados al por mayor, en ínfimos ganadores de una carrera sin obstáculos ni asignaturas pendientes. A rebufo de esta escuálida filosofía, la antigua primacía del saber ha entrado en barrena: lo importante ya no es obtener una sólida formación cultural, sino entretenerse hasta la náusea.
El filólogo y periodista Xavier Pericay se rebela contra ese mundo feliz en que el igualitarismo ha relegado al afán de superación, y la relamida "tolerancia", al principio de autoridad. Valiéndose de su fina y templada ironía, el autor no sólo traza un certero diagnóstico de los males de la educación, sino que también señala a los respetabilísimos culpables del desafuero.


Sus artículos desnudan el ideario progre y ahondan, con raro atrevimiento, en el oasis catalán. A Pericay le asisten portentosas razones para encararse con Cataluña. La principal, no obstante, es que ha sido precisamente en esta comunidad autónoma donde la concordia entre la izquierda y el nacionalismo ha auspiciado un descalabro mayor; donde el monocultivo lingüístico y la falacia buenista han asentado, con singular eficacia, el prestigio de lo trivial.

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Pedagogía catalana

Aunque habrá que esperar al próximo martes para conocer los resultados, no parece que las pruebas de acceso a la universidad vayan a arrojar este año un balance muy distinto al del año anterior. Dicho de otro modo: es muy probable que nueve de cada diez alumnos catalanes aprueben la selectividad. Así se deduce, al menos, de las palabras de los profesores consultados el primer día de las pruebas, quienes coincidían en señalar que es casi imposible que sus alumnos suspendan. Uno de estos docentes ponía un ejemplo, sacado del examen de Lengua Castellana, donde los examinandos debían responder a unas preguntas sobre un texto de Miguel Delibes. Resulta que una de las preguntas decía: «Escriba todos los nombres de animales que se citan en el texto y clasifíquelos en aves y no aves». Y el docente añadía, entre contrariado y perplejo, que no hacía falta haber estudiado todo un curso para acabar distinguiendo lo que es un ave de lo que no lo es.
En efecto: no hacía falta. Como tampoco hacía falta haber cursado dos años de Bachillerato para eso. Ni tal vez, si me apuran, los cuatro de la Enseñanza Secundaria. Con tener la Primaria y no ser demasiado zoquete había más que suficiente para salir airoso de la prueba. Y hasta es posible que alguno de ustedes se esté ya lamentando de que la enseñanza en España sea obligatoria y considere —como un amigo mío no hace mucho tiempo— que sus hijos estarían mucho mejor en casa, sin otro preceptor que su propia familia. A fin de cuentas, si la educación tiene como principal objeto llegar a distinguir un ave de lo que no lo es, convendrán conmigo que a cualquier niño, para conseguirlo, le basta y le sobra con la lectura de esos cuentos ilustrados llenos de animalitos que suelen preceder a sus dulces sueños, o con la contemplación de alguno de esos documentales darwinistas con que las televisiones públicas alegran de tarde en tarde nuestras sobremesas.
Así las cosas, ¿para qué sirve hoy en día la enseñanza, y el sistema público en particular? Para aprender, seguro que no; en todo caso, puede que sirva para hacer. Es decir, para que los alumnos —y los profesores, y los padres— se sientan hacedores de un determinado proyecto convivencial. No se asusten: un proyecto convivencial es lo que debería resultar de una educación en valores. Alto ahí, dirán: ¿una educación en valores? Sí, ya saben, la paz, la tolerancia, la diversidad, la sostenibilidad. ¿Un mundo nuevo? Por supuesto, el mundo con que soñó la generación que ahora está en el poder, la que en Cataluña, cuando menos, manda en todos los frentes. La mía, sin ir más lejos. Y tal vez la suya, querido lector. La que vivió en directo, o en diferido, el mayo francés. La de las grandes utopías. La que prometió vengarse de las desigualdades de este mundo imponiendo la igualdad por decreto. Y la que ahora asoma, victoriosa, en un único campo de juego: el educativo. Porque sólo aquí ha hecho realidad sus sueños. Ni en lo social, ni en lo económico: sólo en el campo educativo. Y, tras una década y media de experimentación —con un ligero paréntesis de un año, en el que se empezó a aplicar la reforma promovida por el anterior Gobierno de España—, esta generación de pedagogos podrá vanagloriarse, sin duda alguna, de que nueve de cada diez alumnos catalanes son capaces de distinguir, al término de su bachillerato, lo que es un ave de lo que no lo es.
Supongo que la próxima semana, como hizo en el curso anterior, el consejero de Universidades, Investigación y Sociedad de la Información, Carles Solà, va a convocar una rueda de prensa para informar de los resultados de las pruebas de selectividad. También supongo que, fiel a su costumbre, además de informar valorará. Y que, una vez despachado el desagradable asunto de la lengua catalana —sí, esa mala nota media habitual que debería «hacer reflexionar al país»—, se felicitará por los logros educativos. Hay de qué: no todo el mundo puede formar parte del Gobierno de un país en el que nueve de cada diez bachilleres saben distinguir lo que es un ave de lo que no lo es.

[/tab][tab ==Acerca del autor==]Xavier Pericay (Barcelona, 1956) es licenciado en Filología Catalana por la Universidad de Barcelona. Hasta la fecha, su vida ha transcurrido entre la filología y el periodismo. Sus tratos con el lenguaje han cristalizado en un par de libros escritos en colaboración con Ferran Toutain (Verinosa llengua, 1986, y El malentès del noucentisme, 1996) y en numerosas traducciones, entre las que destaca la de los dietarios de Josep Pla al castellano. Su relación con el periodismo viene de antiguo; en concreto, de cuando estuvo en el Diari de Barcelona (1986-1990), donde fue redactor jefe de Cultura y responsable de la confección del Llibre d’estil del periódico (1987). En los últimos tiempos ha editado Cuatro historias de la República (2003) y La Segunda República española, de Josep Pla (2006). Desde septiembre de 2000, escribe de forma regular en el diario Abc.[/tab]{/jgtabber} 

Fuente: página web de la editorial

 
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