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Algo así
Augusto Bruyel
371 págs.
15,00 (no se distribuye en librerías: sólo se puede adquirir en el acto de la presentación)
PRESENTACIÓN, el próximo miércoles 30 de enero, a las 8 de la tarde, en el Centro de Estudios Caixa Galicia en la Ronda de Nelle 31, a cargo del autor.
La posguerra española del siglo XXI. Otra vez entre los
años 30 y 40, un siglo más tarde. Hartos del
consumo, aburridos de paz y
prosperidad, los españoles, afirmando con hechos lo que niegan con palabras, fieles a su cita secular, deciden volver a destruir las bases de su convivencia y
experimentar de nuevo el estímulo de la miseria, en el siglo
XXI, como habían hecho en las guerras civiles del XIX y del
XX, siguiendo un ciclo atávico.
Una víctima del odio étnico desatado en las guerras
de descomposición de la "España plural" rememora
los hechos entre las sesiones del juicio por crímenes contra
la humanidad que se celebra en una pacífica ciudad
centroeuropea, y en el que actúa como testigo de cargo.
Va relatando su microhistoria, la de su familia y su vida
destrozadas, como una pesadilla alucinada, evidentemente inducida en
el autor por la sensibilidad ante la situación política
en curso, y por las imágenes de nuestro modelo más
obvio: la descomposición balcánica, tele-vista en
nuestras casas, a la comida y la cena, en los noticiarios, no en los
programas de ficción: gentes como nosotros en campos de
concentración, en colas interminables para conseguir un bocado
ante los camiones de la ayuda internacional, en fosas comunes, ...
No
eran gentes de otras razas, de países lejanos en que el hambre
y el analfabetismo son endémicos. Eran europeos como nosotros,
con líderes como los nuestros, algunos de ellos, muy pocos,
juzgados después por un tribunal internacional. El empeño
balcánico en ser menos, y el alemán en ser más
-con el temprano reconocimiento de Croacia y Eslovenia, tal vez
negociado con anterioridad al estallido secesionista- , y el
maniqueísmo del resto de la comunidad internacional,
suministran un modelo verosímil para la descomposición
española en curso: tenemos sobre el escenario a los mismos
personajes, con las mismas pulsiones y, en el momento presente, con
fechas señaladas para la secesión.
El protagonista va contando -pensando- su triste historia desde su
ingreso como funcionario de una burocracia regional improvisada seis
décadas antes para hacer creíble el régimen de
centrifugación inaugurado en 1978. Las reflexiones
intercaladas en el relato para enmarcar el ambiente político y
moral en que se desencadenan los hechos -o, más propiamente,
que los precipitan- podrían constituir una obra independiente,
de corte ensayístico. Esta es una de las peculiaridades del
libro: la combinación de narrativa y ensayo, y la proyección
de un presente que anticipa, para quien sepa leerlo, el futuro
descrito, mutatis mutandis respecto de los niveles de violencia, las
concretas escaramuzas o el orden exacto de la descomposición.
Pese a esa pertinente combinación de hechos y de supuestos, no
puede decirse que esta instruya y entretenga: no es un libro de
entretenimiento en ningún aspecto: no es la voz grata del aedo
sino la voz antipática de Casandra. Pero es que Casandra tenía
razón, y todos lamentaron no haber hecho caso de ella: con la
cautela de no
hacer paralelismos directos entre situaciones de la Europa de los
años treinta y la España actual aunque debiera ser
ya evidente que cada vez requieren menos esfuerzo de
imaginación, se acoge el libro de Bruyel, en la
intención, a los diarios del rumano Mihail Sebastian o los no menos
terribles de Víctor Klemperer, Sebastián Haffner o
Joachim Fest si no por la forma, al ensamblar la ficción
con el ensayo, sí en la desesperación que generaba
en sus autores la necesidad que declaraba su entorno social, unas
veces en forma de angustia, otras de indolencia, por simular
normalidad y cotidianeidad en situaciones de total excepcionalidad.
-0-
Aquella
-esta- burocracia pseudoestatal con ínfulas -como el reciente
complemento de directores generales vitalicios- intervencionista y
ociosa, ampulosa y superflua, deja tiempo tanto para la intriga por
el poder como para el devaneo sexual, todo dentro del cómodo
horario. Y en ese cálido ambiente se incuba el huevo de la
serpiente -como reza el famoso Plan Xeral de Normalización
lingüística do Galego, el sector más esforzado
(¡aleluya!) en la normalización es el funcionariado
(justo es decir que algunos trabajan en otras cosas)- Protagonista
colectivo, esa burocracia es síntoma e instrumento de la
abyección política que se servirá de ella para
precipitar el desastre. Como en el eterno retorno, y con todas las
cautelas ante una comparación sólo inicialmente
desmesurada, es imposible no evocar otros episodios históricos
marcados por el nacionalismo. Götz Aly,
periodista, historiador y politólogo, dice en su libro "El
estado de bienestar de Adolf Hitler" cuya primera parte titula
"Demagogos en acción" que "la estructura estatal
nazi no conducía al caos; de hecho, lo que hizo Hitler fue
aprovechar buena parte de los cuadros funcionariales de la República
de Weimar para erigir su Estado total". El caos, sin embargo, sobrevino. Buena parte de la
burocracia regional gallega da soporte a un gobierno bicéfalo,
cuyo principio nacionalista ha decretado el canto del himno de la
nación en construcción en centros educativos para niños
hasta los tres años, concebidos sobre el principio del
etnolingüismo. El socialismo presente en ese bigobierno
suministra la legitimación intervencionista y estatista, y
tolera, de mejor o peor grado, el identitarismo excluyente. En el
libro citado explica el autor "como Hitler recurrió a partir
de 1938 a la arianización como método de
financiación de la guerra". Por supuesto que aún no
estamos en guerra, pero la "galleguización" con su
corolario de "deuda histórica" y victimismo ilimitado
representa, al tiempo que una forma irracional de sablear a nuestros
conciudadanos de otras comunidades, un procedimiento de despojo de
unos en favor de otros por diversas vías y maneras -empezando
por la más obvia de la exclusión del empleo público
del resto de los españoles, perfectamente compatible con los
autobuses de opositores gallegos a las comunidades que aún no
han descubierto que poseen una lengua "propia", y conviven, de
momento, con la "impropia"-. La
maquinaria nacionalista no funcionaría sin la cooperación
de una parte de esa burocracia no toda ella politizada pero dispuesta
a obedecer acríticamente, sin cuestionarse, quizás, y
aún justificándose en el supuesto deber profesional,
las consecuencias. Algunos, como el co-protagonista del relato, reo
ante el Tribunal internacional, toman la iniciativa con entusiasmo.
Las evocaciones del protagonista sugieren una burocracia
parasitaria, cuyo objeto principal es la invención de tareas
para su propia perpetuación y expansión, refugio de
servidores públicos renuentes a prestar servicio lejos de las
ventajas y comodidades de la capital; banal y ociosa, entretenida en
viajes pagados por los contribuyentes, en el mejor de los casos para
matar el tedio con alguna aventura sexual, en el peor para estudiar
nuevos medios de intervención en la vida de los contribuyentes
-La lista mensual de viajes, viajeros y motivo de cada consejería,
y aún de cada concejalía de las ciudades más
importantes debería se pública y accesible al
contribuyente: no daría crédito-.
Algo así está prologado con acierto
por alguien que sabe mucho de lo que se cuenta: Ernesto Ladrón
de Guevara, autor de un esclarecedor y escalofriante informe sobre Educación y
Nacionalismo , y, sin duda, uno de los autores más indicados
para el prólogo.
Por supuesto, la historia no puede acabar bien, pero sí de
manera previsible. Queda a la curiosidad del lector comprobarlo. Al
autor de esta reseña las 371 páginas le duraron un fin de semana.
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