Algo Así: el 30 de enero a las 8 PDF Imprimir E-mail
Escrito por Augusto Bruyel   
Domingo, 30 de Septiembre de 2007 10:57

 Algo así
Augusto Bruyel
371 págs.
15,00 € (no se distribuye en librerías: sólo se puede adquirir en el acto de la presentación)
PRESENTACIÓN, el próximo miércoles 30 de enero, a las 8 de la tarde, en el Centro de Estudios Caixa Galicia en la Ronda de Nelle 31, a cargo del autor.


La posguerra española del siglo XXI. Otra vez entre los años 30 y 40, un siglo más tarde. Hartos del consumo, aburridos de paz y prosperidad, los españoles, afirmando con hechos lo que niegan con palabras, fieles a su cita secular, deciden volver a destruir las bases de su convivencia y experimentar de nuevo el estímulo de la miseria, en el siglo XXI, como habían hecho en las guerras civiles del XIX y del XX, siguiendo un ciclo atávico.

Una víctima del odio étnico desatado en las guerras de descomposición de la "España plural" rememora los hechos entre las sesiones del juicio por crímenes contra la humanidad que se celebra en una pacífica ciudad centroeuropea, y en el que actúa como testigo de cargo.

Va relatando su microhistoria, la de su familia y su vida destrozadas, como una pesadilla alucinada, evidentemente inducida en el autor por la sensibilidad ante la situación política en curso, y por las imágenes de nuestro modelo más obvio: la descomposición balcánica, tele-vista en nuestras casas, a la comida y la cena, en los noticiarios, no en los programas de ficción: gentes como nosotros en campos de concentración, en colas interminables para conseguir un bocado ante los camiones de la ayuda internacional, en fosas comunes, ...
refugiados de Kosovo No eran gentes de otras razas, de países lejanos en que el hambre y el analfabetismo son endémicos. Eran europeos como nosotros, con líderes como los nuestros, algunos de ellos, muy pocos, juzgados después por un tribunal internacional. El empeño balcánico en ser menos, y el alemán en ser más -con el temprano reconocimiento de Croacia y Eslovenia, tal vez negociado con anterioridad al estallido secesionista- , y el maniqueísmo del resto de la comunidad internacional, suministran un modelo verosímil para la descomposición española en curso: tenemos sobre el escenario a los mismos personajes, con las mismas pulsiones y, en el momento presente, con fechas señaladas para la secesión.

El protagonista va contando -pensando- su triste historia desde su ingreso como funcionario de una burocracia regional improvisada seis décadas antes para hacer creíble el régimen de centrifugación inaugurado en 1978. Las reflexiones intercaladas en el relato para enmarcar el ambiente político y moral en que se desencadenan los hechos -o, más propiamente, que los precipitan- podrían constituir una obra independiente, de corte ensayístico. Esta es una de las peculiaridades del libro: la combinación de narrativa y ensayo, y la proyección de un presente que anticipa, para quien sepa leerlo, el futuro descrito, mutatis mutandis respecto de los niveles de violencia, las concretas escaramuzas o el orden exacto de la descomposición. Pese a esa pertinente combinación de hechos y de supuestos, no puede decirse que esta instruya y entretenga: no es un libro de entretenimiento en ningún aspecto: no es la voz grata del aedo sino la voz antipática de Casandra. Pero es que Casandra tenía razón, y todos lamentaron no haber hecho caso de ella: con la cautela de no hacer paralelismos directos entre situaciones de la Europa de los años treinta y la España actual aunque debiera ser ya evidente que cada vez requieren menos esfuerzo de imaginación, se acoge el libro de Bruyel, en la intención, a los diarios del rumano Mihail Sebastian o los no menos terribles de Víctor Klemperer, Sebastián Haffner o Joachim Fest si no por la forma, al ensamblar la ficción con el ensayo, sí en la desesperación que generaba en sus autores la necesidad que declaraba su entorno social, unas veces en forma de angustia, otras de indolencia, por simular normalidad y cotidianeidad en situaciones de total excepcionalidad.

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Aquella -esta- burocracia pseudoestatal con ínfulas -como el reciente complemento de directores generales vitalicios- intervencionista y ociosa, ampulosa y superflua, deja tiempo tanto para la intriga por el poder como para el devaneo sexual, todo dentro del cómodo horario. Y en ese cálido ambiente se incuba el huevo de la serpiente -como reza el famoso Plan Xeral de Normalización lingüística do Galego, el sector más esforzado (¡aleluya!) en la normalización es el funcionariado (justo es decir que algunos trabajan en otras cosas)- Protagonista colectivo, esa burocracia es síntoma e instrumento de la abyección política que se servirá de ella para precipitar el desastre. Como en el eterno retorno, y con todas las cautelas ante una comparación sólo inicialmente desmesurada, es imposible no evocar otros episodios históricos marcados por el nacionalismo. Götz Aly, periodista, historiador y politólogo, dice en su libro "El estado de bienestar de Adolf Hitler" cuya primera parte titula "Demagogos en acción" que "la estructura estatal nazi no conducía al caos; de hecho, lo que hizo Hitler fue aprovechar buena parte de los cuadros funcionariales de la República de Weimar para erigir su Estado total". El caos, sin embargo, sobrevino. Buena parte de la burocracia regional gallega da soporte a un gobierno bicéfalo, cuyo principio nacionalista ha decretado el canto del himno de la nación en construcción en centros educativos para niños hasta los tres años, concebidos sobre el principio del etnolingüismo. El socialismo presente en ese bigobierno suministra la legitimación intervencionista y estatista, y tolera, de mejor o peor grado, el identitarismo excluyente. En el libro citado explica el autor "como Hitler recurrió a partir de 1938 a la arianización como método de financiación de la guerra". Por supuesto que aún no estamos en guerra, pero la "galleguización" con su corolario de "deuda histórica" y victimismo ilimitado representa, al tiempo que una forma irracional de sablear a nuestros conciudadanos de otras comunidades, un procedimiento de despojo de unos en favor de otros por diversas vías y maneras -empezando por la más obvia de la exclusión del empleo público del resto de los españoles, perfectamente compatible con los autobuses de opositores gallegos a las comunidades que aún no han descubierto que poseen una lengua "propia", y conviven, de momento, con la "impropia"-. La maquinaria nacionalista no funcionaría sin la cooperación de una parte de esa burocracia no toda ella politizada pero dispuesta a obedecer acríticamente, sin cuestionarse, quizás, y aún justificándose en el supuesto deber profesional, las consecuencias. Algunos, como el co-protagonista del relato, reo ante el Tribunal internacional, toman la iniciativa con entusiasmo. Las evocaciones del protagonista sugieren una burocracia parasitaria, cuyo objeto principal es la invención de tareas para su propia perpetuación y expansión, refugio de servidores públicos renuentes a prestar servicio lejos de las ventajas y comodidades de la capital; banal y ociosa, entretenida en viajes pagados por los contribuyentes, en el mejor de los casos para matar el tedio con alguna aventura sexual, en el peor para estudiar nuevos medios de intervención en la vida de los contribuyentes -La lista mensual de viajes, viajeros y motivo de cada consejería, y aún de cada concejalía de las ciudades más importantes debería se pública y accesible al contribuyente: no daría crédito-.

Algo así está prologado con acierto por alguien que sabe mucho de lo que se cuenta: Ernesto Ladrón de Guevara, autor de un esclarecedor y escalofriante informe sobre Educación y Nacionalismo , y, sin duda, uno de los autores más indicados para el prólogo.

Por supuesto, la historia no puede acabar bien, pero sí de manera previsible. Queda a la curiosidad del lector comprobarlo. Al autor de esta reseña las 371 páginas le duraron un fin de semana.

 
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