... este vistoso tinglado olímpico no debe enmascarar lo que efectivamente sí es un fenómeno histórico de gran trascendencia: el despertar económico del gran gigante asiático que cuenta con una cuarta parte de la población mundial.
Un ejemplo: aproximadamente cada tres semanas China pone en servicio el equivalente del parque termoeléctrico gallego, aumentando la presión sobre los recursos no renovables.
El desafío para la Humanidad no se encuentra en llegar primero y conseguir podio o medalla sino en sobrevivir en condiciones de dignidad espiritual, intelectual y material.
Herodoto, que no es más de fiar que un telediario, cuenta que los Juegos tuvieron su origen en Lidia, siendo rey Atys, nieto de Manes, por los años 1500 antes de Jesucristo.

Parece ser que la palabra latina “ludi” se deriva de esta región.

En un principio en Grecia sólo hubo cuatros juegos: los de Olimpia, en honor de Júpiter, los de Delfos en honor de Apolo, los del istmo de Corinto en honra de Palemón y los de Nemea en honor de Arquemoro.

Los juegos olímpicos sobre cuyo origen difieren las versiones mitológicas se celebraban cada cuatro años en el solsticio de verano y duraban cinco días. Desde antiguo hubo manipulación, intrigas y fraudes. Los Brabentes eran designados jueces para intentar combatirlos. Durante la CXII Olimpiada, 328 antes de Cristo, el ateniense Calipo fue condenado a una multa por haber comprado a sus antagonistas el premio del pentaplo.

Desde la XXXII Olimpiada, 648 años antes de, Cristo los atletas luchaban completamente desnudos, por lo que se prohibió que las mujeres asistieran a los juegos.

La madre de un atleta, una tal Callipatira, violó la prohibición disfrazada de maestro de ejercicios y estuvo a punto de ser ajusticiada luego de descubierta.

Los vencedores recibían una corona de apio, oliva o laurel, y al regresar a su patria chica entraban en triunfo sobre un carro por una brecha abierta en los muros de su ciudad.

No siempre se celebraron los juegos olímpicos, cayeron en un cierto abandono hasta que en el año 884 antes de Cristo, un tal Ifito, legislador de Esparta, los restableció. Por entonces Grecia sufría una epidemia de peste además de innumerables guerras crónicas. De modo que Ifito consultó el oráculo de Delfos, antecedente de nuestro actual CIS, que le indicó que el bienestar volvería con el restablecimiento de los juegos olímpicos.

El olimpismo moderno es una falsificación o kitsch producto de un diletante aristócrata aburrido, Pierre de Coubertin, que más pudibundo o previsor hacía vestirse a los atletas.

Y que consideraba que esto del deporte era un fin en sí mismo, ajeno a cualquier otra sensibilidad. Convertido en espectáculo de ostentación de próceres, o camuflaje de dictaduras y regímenes políticos nauseabundos, el olimpismo moderno es un próspero negociete de muchos millones de dólares que cuenta con muy buena prensa y predicamento entre el progretariado tan dado a criticar sin embargo otros fastos del pertinaz capitalismo embrutecedor. Un negociete que ha cambiado al hermoso y noble Apolo, o la a la sabia Minerva, por Mercurio, el rápido dios de los ladrones y comerciantes.

Y ahora, los atletas, productos monstruosos más o menos transgénicos algunos de ellos, no van desnudos porque no podrían lucir las marcas comerciales que les patrocinan.

Durante su segunda visita a China hace ya algunos años, a este observador le llamó poderosamente la atención, además de que apenas quedaban ya ciclistas en las grandes ciudades o la singular devoción de los escasos fieles en los raros templos budistas no destruidos por Mao, el aparente interés con el que se pretendía la asignación de la celebración de los juegos olímpicos. Parecía que no hubiera otros problemas en la China milenaria. Con una población y una miseria desmesuradas, unas condiciones de vida muy penosas para gran parte de la población, un desastre ecológico permanente y una dictadura feroz bajo las garras del tenebroso y despiadado partido comunista, el conseguir la sede olímpica parecía una logro irrenunciable para millones de súbditos chinos envenenados por la propaganda que habían sustituido el libro rojo, la guerrera y la vandálica revolución cultural por el aparentemente más inocuo chándal de adidas, icono del ideal olímpico comercial, quizás una variante políticamente correcta y actualizada de la antigua guerra del opio.

Y quizás mientras duren los Juegos los dirigentes comunistas chinos no se atrevan a realizar ninguna nueva fechoría contra los disidentes, los tibetanos o la Libertad, ¡bienvenida sea esta fugaz tregua!

Pero este vistoso tinglado olímpico no debe enmascarar lo que efectivamente sí es un fenómeno histórico de gran trascendencia: el despertar económico del gran gigante asiático que cuenta con una cuarta parte de la población mundial.

Un ejemplo: aproximadamente cada tres semanas China pone en servicio el equivalente del parque termoeléctrico gallego, aumentando la presión sobre los recursos no renovables.

El desafío para la Humanidad no se encuentra en llegar primero y conseguir podio o medalla sino en sobrevivir en condiciones de dignidad espiritual, intelectual y material.