 Decía
Ortega que el hombre es un ser futurizo, volcado hacia el futuro, un
ente dinámico que transcurre entre lo que es en el inmediato
presente y lo que su imaginación ha previsto que sea en el
futuro. “La vida
–decía
más en concreto–
es una operación que se hace hacia delante. Vivimos
originariamente hacia el futuro, disparados hacia él”.
“La vida –le
ratificaba su discípula, María Zambrano– viene
del futuro (…) es futuro abriéndose paso”.
Dejemos esto apuntado como primera premisa del silogismo que tratamos
de exponer.
Para
dar enunciado a la segunda premisa, adentrémonos, haciendo una
especie de reducción fenomenológica a lo más
esencial, en el cogollo de lo que podemos entender que son las causas
de la crisis que estamos sufriendo: el mundo, singularmente el mundo
occidental, ha vivido por encima de sus posibilidades. Se ha
endeudado, ha hipotecado su futuro para poder vivir el presente con
más intensidad; hemos disfrutado de casas, coches, viajes y
bienes de consumo en general para los que, si hubiéramos
tenido la perspectiva adecuada, habríamos tenido que esperar,
que desplazar hacia el futuro la posibilidad de su disfrute. Nos
hemos dicho: “vivamos el momento”, y el que venga detrás
(nosotros mismos el día de mañana), que arree.
Nuestra
cultura posmoderna se relaciona mal con el futuro. Peor aún:
tendemos a actuar como si el futuro no existiera. Nuestro proyecto de
vida, colectivamente hablando, no es, en realidad, tal proyecto:
estamos atrapados por el sensualismo y el corto plazo, sólo
creemos en lo que vemos y tocamos, actuamos motivados por estímulos
más o menos inmediatos. Dicho de otra forma: habitamos en esa
zona superficial de la realidad que constituye el aquí y el
ahora. Nuestro paisaje vital carece de horizontes, vivimos sólo
en el presente, así que hemos atraído hacia él
todo lo que hubiéramos debido reservar para el futuro. Nos
hemos trasegado de una vez el menú de toda la semana; ahora
viene el camarero y no tenemos con qué pagar (ni con qué
encargar más menús).
Si
la conclusión a la que habría de llevarnos el silogismo
que estábamos construyendo la expresáramos en términos
médicos, estaríamos ya en condiciones de señalar
cuál es el principal síntoma de la enfermedad:
sobrepeso. Y apuntar el diagnóstico: incapacidad para
ejercitar las funciones vitales que nos relacionan con el futuro, con
las metas, con algún tipo de finalidad; en suma, no hemos
sabido esperar, no hemos tenido la sensatez de aceptar nuestras
limitaciones a la hora de conducir nuestra vida. Pero atención:
no estamos hablando de funciones prescindibles, porque afirmaba
también Zambrano que “el
hombre es el ser que se constituye en vista de una finalidad”,
esto es, que, como decíamos al principio, prolonga su presente
en pos de unas metas futuras, de modo que a través del
trayecto entre aquél y éstas vaya creciendo,
acercándose a su ideal. ¿Qué ocurre cuando
faltan esas metas, de qué insidioso modo avanza la enfermedad?
Nietzsche lo enunció hace más de un siglo: “La
desilusión sobre una supuesta finalidad del devenir es la
causa del nihilismo”.
Ya tenemos, pues, determinado el nombre de la enfermedad: nihilismo,
también conocida como ausencia de valores. Ahora toca
prescribir el tratamiento, cosa que también dejamos para
Nietzsche: “Es
preciso conocer tu fin, tu horizonte, tus impulsos, tus errores, y
principalmente el ideal y los fantasmas de tu alma, para determinar
lo que la palabra salud significaría hasta para tu mismo
cuerpo”. No
hay más remedio: una dosis elevada de ideales todos los días
nada más levantarse o el colesterol que produce la ingestión
desmedida de tanto “aquí y ahora” acabará con
nosotros.
Pero,
¿qué hacen, mientras tanto, nuestros gobernantes, qué
medidas están proponiendo para enfrentarse con la crisis? Pues
lo que, en síntesis, vienen a proponer es aumentar el gasto
público, o cuando menos mantenerlo por encima de los ingresos
y, por tanto, endeudar más a la sociedad. Lo cual significará
subir los impuestos no ya a las generaciones presentes, sino también
a las futuras. Es decir, proponen apagar el fuego echándole
gasolina, seguir devorando futuro para mantener apuntalado un
presente que se derrumba. De esta forma, nuestros gobernantes están
actuando como lo que son: expresión del problema, no parte de
la solución. La casta política que hoy nos rige es una
última floración del viejo mundo que ha entrado en su
crisis probablemente terminal, un mundo –¡tan vulnerable a la
corrupción!– en el que todo está regido por la
rentabilidad inmediata, y en donde los proyectos a largo plazo han
dejado de tener consistencia. Son esa clase de políticos los
que han dirigido este proceso que ha llevado a la sociedad a quedarse
sin futuro. La tarea que han dejado a los políticos encargados
de la necesaria regeneración del oficio será,
precisamente, despejar la niebla que nos está velando la
visión de los paisajes lejanos (“el
hombre es un ser de lejanías”,
decía Sartre). La inmediata tarea para el futuro será,
curiosamente, la de reconstruir el futuro.
Artículo publicado en el periódico impreso El Correo de Burgos, el 14 de abril.
|