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Los trágicos acontecimientos de Huelva revelan el verdadero
estado de la Nación y del Estado de Bienestar a lo ZP.
Un terrible esperpento valleinclanesco de carácter endémico
pero ahora agravado por el retro progresismo rampante en esta pertinaz y
disolvente monarquía bananera.
El añorado cronista de una de las anteriores caídas de los
Borbones nos explicaba que "los soldados de una u otra ribera robaban gallinas
mientras esperaban la abdicación de la señora". A la espera de ver qué decide
el primer ministro de Su Majestad sobre los despojos de España y de su derogado
de facto régimen constitucional la gente común trata de sobrevivir a los
estragos del presente "estado de las autonomías y social de derecho".
La pasión y muerte de la inocente niña de Huelva, mientras
el Pilatos judicial y político se lava las manos y el mediático se pone las
botas, nos vuelve a plantear el misterio del Mal, y del sentido o sinsentido
del sufrimiento humano. Y del lado tenebroso de la naturaleza humana que se
regodea en la bestia. Y como, otra vez, el mismo Estado que impide que la gente
disponga de los medios para defenderse por sí misma, adjudicándose el monopolio
de la violencia, no sólo se ve incapaz
de luchar contra la delincuencia política, económica o social, sino que la en
la práctica la fomenta con su indigencia moral y legislativa, con una
administración de Justicia que hoy representa una sangrienta burla a su nombre.
Si los Albertos salen de rositas de su proceso penal por impulso soberano, los
pederastas campan a sus anchas incluso con penas de prisión pendientes. Incluso,
también, con sus gastos pagados por el estúpido contribuyente que trabaja para
mantener a tanto canalla e inepto.
Y la constitución puede ser violada
impunemente, o bien Otegui es o no un hombre de paz según convenga a la Causa
del socialismo que no de la Ley y la Justicia.
Los escandalosos detalles del caso de Huelva que se van
conociendo nos explican a qué estadio de degeneración institucional hemos
llegado.
¿Podremos salir alguna vez de este marasmo?
¿Cuándo y dónde hemos equivocado la senda?
Cuando se llega a un estado de crisis de las bases de la
civilización como el presente parece que sólo queda un medio de evitar la
fatalidad de su quiebra. Recomponer desde los orígenes, en una especie de
"presupuesto base cero" de la dignidad y la decencia, aplicando principios de
orden superior. Demasiada norma excremento de la diarrea legislativa. Demasiada
desvergüenza. Demasiada impunidad.
Sin embargo, en medio del sufrimiento, el oportunismo, y de
la barbarie, destaca hasta ahora algo positivo: la solidaridad desplegada por
sus vecinos ayudando en la búsqueda de la pequeña. Por solidaridad ante el
sufrimiento de la familia. Por evitar que el asesino permanezca impune para
tentar contra otras niñas, quizás las suyas. Quizás porque como miembros de una
comunidad más o menos marginadas del eterno paraíso socialista andaluz del
compañero Chaves no se fiaban demasiado de las instituciones.
Pero sobre todo la serenidad doliente del padre de la niña.
Un hombre que, sacerdote de una confesión religiosa, parece moverse por
principios éticos de orden superior. Su conducta conocida es una confirmación
del viejo aserto de Camus en La Peste: hay algo que se aprende en medio de las
plagas. En el Hombre hay más cosas dignas de admiración que de desprecio.
La conducta conocida del humilde Juan José, toda una lección de real
educación para la ciudadanía, avala el que esta persona sea una de aquellas de
las que fuera un honor ser su amigo.
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