En el ABC .- ... l as dos transiciones políticas del siglo XX: la de 1931, cuya deriva
condujo en cinco años a la guerra civil, y la de 1978 cuyo éxito nos ha
dado hasta hoy los treinta mejores años de nuestra historia
contemporánea. Atribuye el autor el fracaso de la primera al hecho de
que sus protagonistas concibieran la democracia como «un sistema
político al servicio de un objetivo de transformación revolucionaria de
la sociedad española»; y el éxito de la segunda al hecho de que sus
protagonistas entendieran desde el principio que «nadie podía arrogarse
en exclusiva el título de demócrata, por lo que la participación de
todos era imprescindible para elaborar las reglas del juego de una
democracia duradera»; y practicaran, además, la «renuncia expresa a
defender una memoria histórica que condujera nuevamente al
enfrentamiento civil entre españoles». ...
HEMOS venido llamando Transición al proceso que nos
permitió sustituir el régimen de Franco y su centralismo autoritario
por una Monarquía parlamentaria y el Estado de las autonomías.
Con la Transición quedaron atrás, muchos creímos que
definitivamente, un par de siglos de fracasos, de dictaduras y de
discordias civiles; España dejó de ser, muchos creímos que
definitivamente, un problema congénito que esperaba su solución de
Europa y pasó a ser un modelo de solución para muchos países europeos y
de otros continentes que accedieron a la democracia en la última década
del siglo XX.
A la vista de este éxito rotundo y brillante han ido
apareciendo políticos que intentan ocupar la prestigiosa marca
«Transición» con ideas o proyectos a los que dan el nombre de segunda
transición. No es que me hiera la usurpación por unos recién llegados
de una marca política prestigiosa, pero sí me irrita y me preocupa que
bajo el rótulo de segunda transición se intente pasar una extraña y
confusa mercancía que traiciona la esencia misma de la primera.
La desnaturalización empieza por las bases históricas de
nuestra convivencia política, desarrolladas a lo largo de la Transición
y cifradas en la Constitución de 1978. Todo edificio constitucional
tiene sus cimientos históricos y los del nuestro son los llamados
valores de la Transición: la Monarquía, el espíritu de reconciliación
nacional, el propósito de no repetir los errores del pasado, la
voluntad de mantener un sólido consenso en las cuestiones fundamentales.
Han pasado treinta años y creíamos haber integrado y
asumido ya aquellos valores, con la tradición política que arranca de
ellos -desde UCD y la alta figura fundacional de Adolfo Suárez y,
luego, la prudente pasada por la izquierda de Felipe González, hasta
los años prósperos de Aznar.
Muchos creíamos, y vuelvo a utilizar el pretérito
imperfecto, que la Transición es, por fin, un referente aceptable para
todos los españoles sobre el que asentar el futuro con los necesarios
ajustes no esenciales. Un referente que tienen otras naciones (eso son
los Padres Fundadores para los norteamericanos, o la etapa victoriana
para los ingleses, o el General De Gaulle para los franceses). Y así
muchos hacíamos nuestra la respetuosa ironía con la que Umbral ha
acuñado el epíteto Santa Transición.
Pero he aquí que la izquierda, vencedora relativa en
Marzo de 2004, no se limita al ejercicio normal de una alternativa de
Gobierno, sino que, ignorando aquellos valores que muchos habíamos
creído asentados, propone una segunda transición y parece como si
quisiera edificar el futuro de España sobre los cimientos de la II
República.
Es muy significativo, en efecto, que el preámbulo del
proyecto de Estatuto catalán, que hoy se discute en las Cortes con el
apoyo del Gobierno, cite dos veces la Generalidad de la II República y
ni una sola vez la Constitución de 1978; o que cuando se decide a
escribir el nombre de España lo haga pegándolo al epíteto de Estado
plurinacional. Así como el famoso Proslogion de San Anselmo arranca de
la blasfemia religiosa Non est Deus, Dios no existe, para refutarla
contundentemente, la nueva transición española parece arrancar de la
blasfemia histórica Non est Hispania, España no existe: Sintámonos
convocados a refutarla contundentemente también.
Acaba de ver la luz un excelente libro del profesor
Álvarez Tardío titulado «El camino a la democracia de España». Trae un
prólogo de Rafael Arias Salgado cuyas últimas palabras -que suscribo
íntegramente- son éstas: «Habrá que ahondar en la crisis intelectual y
programática de la izquierda democrática. Es ella (la izquierda) la que
debe renovarse antes de pretender suscitar una segunda transición para
modificar las instituciones y las reglas de juego que emergieron de la
primera». Y en el texto que sigue el profesor hace un análisis
comparativo y riguroso de las dos transiciones políticas del siglo XX:
la de 1931, cuya deriva condujo en cinco años a la guerra civil, y la
de 1978 cuyo éxito nos ha dado hasta hoy los treinta mejores años de
nuestra historia contemporánea. Atribuye el autor el fracaso de la
primera al hecho de que sus protagonistas concibieran la democracia
como «un sistema político al servicio de un objetivo de transformación
revolucionaria de la sociedad española»; y el éxito de la segunda al
hecho de que sus protagonistas entendieran desde el principio que
«nadie podía arrogarse en exclusiva el título de demócrata, por lo que
la participación de todos era imprescindible para elaborar las reglas
del juego de una democracia duradera»; y practicaran, además, la
«renuncia expresa a defender una memoria histórica que condujera
nuevamente al enfrentamiento civil entre españoles».
¡Qué disparate volver la vista con nostalgia desde los
brillantes años con los que empieza el siglo XXI hasta los sombríos
años treinta del siglo pasado!
Algunos tuvimos el privilegio de saber esto muy pronto.
En 1943 me afilié a las Juventudes Monárquicas de Joaquín Satrústegui
porque en aquellos tiempos, tan próximos a la guerra civil, decirse
partidario del Conde de Barcelona era decir que no se estaba ni con el
franquismo triunfante ni con la República derrotada. O, en palabras de
Julián Marías, que no se estaba ni con los justamente vencidos en la
guerra civil ni con los injustamente vencedores en ella. El Conde de
Barcelona propugnaba entonces una tercera vía: la que iba a hacerse
realidad, es cierto que muchos años más tarde, en la Monarquía
Parlamentaria de Juan Carlos I.
Nada tiene mucho sentido en esta que se proclama segunda
transición. Al cumplir treinta años la España de la primera Transición
es un país sólido (así lo calificó el presidente Pujol la semana pasada
en Madrid) lo bastante sólido para navegar -si gobernado por un buen
piloto- este mar de dificultades en buena parte exageradas, cuando no
inventadas, que parece amenazarnos.
Nunca segundas partes fueron buenas. Suele citarse como
excepción que confirma esta regla el caso de la segunda parte de El
Quijote; y, precisamente, al final de ella incluyó Cervantes una copla
dirigida a quienes pretendieron ocupar la marca prestigiosa por él
registrada. Voy a reproducirla como colofón de estas líneas poniéndola,
sin su permiso, en los labios de Adolfo Suárez, autor de la primera
Transición, y referida a ella:
«Tate, tate, folloncicos,
de ninguno sea tocada;
porque esta empresa, buen rey,
para mí estaba guardada».
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