Erase una vez un niño que no quería pronunciar su propio
nombre. Cada vez que lo llamaban por él, se escondía en lugar de
responder. Cada vez que lo pronunciaba en clase, en voz alta, a primera
hora, cuando la profesora pasaba lista, soportaba una vergüenza atroz.
Lo odiaba. Sus compañeros no le dejaban jugar a la pelota en el recreo;
sólo porque su nombre provocaba rechazo y burla; era horroroso, era el
nombre que los cuentacuentos de la plaza del pueblo le habían puesto a
un señor de negro que metía en el saco a los niños que no recogían sus
juguetes. Era sólo una leyenda con la que los padres asustaban y
amenazaban a sus hijos para que obedecieran. Pero la leyenda se había
apoderado de la realidad. Y el nombre horrible se había apoderado de
aquel niño que no tenía la culpa de llamarse así, como su abuelo, su
bisabuelo y su tatarabuelo. Tanto huía de su nombre ese pobre niño que
acabó perdiendo la cabeza. Al renegar de su nombre renegó de sí mismo.
Nunca pudo construir su personalidad. Acabó aislado de su mundo que
hubiera querido contribuir a cambiar y emigró a otro lugar donde nadie
le reconocía por su nombre, donde podía responder con fingida alegría a
la llamada del nombre que los demás tuvieron a bien ponerle. Cada cual
le llamaba como quería. El siempre contestaba. Tuvo tres, cuatro, doce,
treinta nombres distintos. Y para cada llamada pensaba la misma
respuesta: «Soy yo, no soy nadie».
El más rudimentario de los psicólogos le diría a su paciente que
no hiciera lo que el niño de la historia. Le aconsejaría que se
enorgulleciera de sí mismo, de su pasado, de su ser, de su identidad,
de sus sueños, de sus anhelos y de su «esperanza» (sic.). Que
desmontara leyendas. Le diría que se creciera en la adversidad y, sobre
todo, que creyera en sí mismo. «Sé aquello que quieras ser; merecerá la
pena, aunque sea para aprender a sufrir».
Sin embargo, en el caso que nos ocupa, no es un paciente
cualquiera el que sufre esta esquizofrenia semántica. Es la derecha la
que está sentada en el diván. La que huye del aislamiento social. Su
aceptación no pasa sólo por rebautizarse. Eso era antes. A juicio de
sus adversarios, el impuesto que ha de pagar tras las derrotas es mucho
mayor. Está en las hemerotecas: «La derecha tiene que refundarse
cultural e ideológicamente». Es decir, tiene que renunciar a sí misma
para sobrevivir.
Además, se la obliga a buscarse apellidos que la ayuden a
recuperar el honor y la modernidad. No obstante, muchas veces, este
ejercicio es absurdo por reiterativo: derecha moderada, conservadora,
liberal... La derecha tiene diversos caminos para tomar e
identificarse: el conservadurismo, el moderantismo pactista, el
liberalismo, la democracia-cristiana... Todos van a parar al mismo
sitio, todos acaban por unirse en una vía ancha, en un único concepto
que aglutina a la derecha española: el reformismo, cuya raíz está en el
liberalismo que primero se apartó de los exaltados doceañistas y luego
del socialismo revolucionario.
El reformismo es propiamente liberal y, en el sentido literal
del término, progresista; posteriormente, por diversos avatares
históricos, integra otras tendencias hasta mostrarse tal y como hoy lo
conocemos. Bajo la bandera del reformismo, proclamada en el XIII
Congreso del PP, Aznar obtuvo mayoría absoluta en 2000.
Por eso, resulta una inexactitud interesada decir que en la
derecha caben socialdemócratas por el hecho de que haya personas que
apuestan por la reducción de desigualdades y la intervención del Estado
en la economía. La procedencia ideológica o cultural de quienes
apuestan por esta vía no es el socialismo y la lucha de clases sino el
cristianismo y la defensa de la igualdad de oportunidades. Y las
políticas a seguir no necesariamente han de ser keynesianas.
En este sentido, proclamarse partidario del liberalismo social
no deja de ser otra redundancia autoinculpatoria. Casi todo el
liberalismo, excepto los libertarian o liberales puros, es matizado y,
por tanto, social (lo recoge la Constitución). Podemos considerar que
el concepto es un hallazgo estratégico, pero en paridad habría que
exigir que se acuñaran los términos socialdemocracia de mercado o
socialdemocracia liberal.
Por último, quienes desde la izquierda hablan de la derecha en
términos despectivos y la asocian al neoconservadurismo para endosarle
un plus de autoritarismo o bien no tienen claro lo que es movimiento
neocon o bien utilizan el término como burdo recurso propagandístico,
muy practicado últimamente, que consiste en dotar del prefijo neo a
toda tendencia política de derecha que consideran despreciable. O sea,
han sustituido el insulto «fascista» por el insulto «neocon» o
«neoliberal».
Pues bien, en este contexto, la derecha cívica sabe muy bien
lo que es y mantiene sus constantes vitales, pero la derecha política
no tiene muy claro cómo presentarse en público para no ofender, de tal
forma que muestra síntomas de crisis de identidad -aparte de la crisis
de liderazgo que genera toda derrota electoral-. De todos modos, para
una y para otra, vale el mismo criterio inicial: la derecha debe ser lo
que quiera ser, y no lo que la izquierda quiera que sea. Sin embargo,
no es tan fácil aplicarse el cuento. Veamos por qué.
En primer lugar, porque ambas derechas, la social y la
política, pueden perseguir objetivos distintos (una, defender y
construir un determinado modelo de sociedad; otra, el poder
institucional), pero las dos se necesitan mutuamente para conseguirlos.
El problema es que la derecha política requiere sumar a su vez a parte
de lo que no es derecha para lograrlos. En definitiva, el PP tiene que
mantener a su electorado y a la vez seducir a parte de la sociedad que
le exige un cambio de rumbo, lo cua l, como mínimo, genera un problema
de desdoblamiento de personalidad. Por otro lado, una parte de ambas
derechas cree que asumiendo el rol que la izquierda le otorga
conseguirá por fin el salvoconducto de legitimidad. Ignora u olvida que
no es así.
Además, la derecha cívica, y más concretamente y dentro de
ella, la derecha intelectual, tiene otro handicap añadido: como su raíz
ideológica es liberal, en consecuencia, es profundamente heterogénea y
crítica, esto es, hay tantas derechas como individuos con conciencia de
libertad e individualidad. Por tanto, ni hace piña, ni es gregaria, ni
es dogmática.
En suma, una estrategia consistente en cortejar a la no
derecha para sumar apoyos electorales no es errónea porque así se
pierdan fieles en el recorrido, sino porque ofrece argumentos a los
adversarios para certificar que los principios de la derecha no valen
tanto como los de la izquierda. O sea, es la asunción de la derrota en
el plano donde primero se libra la batalla política, el de las ideas.
El ejemplo más nítido que conocemos de una derecha noqueada en
el combate de las ideas se halla en Estados Unidos. Allí, los efectos
del New Deal se extendieron hasta los años 70. Al prestigio económico,
los demócratas sumaron el prestigio ético y obturaron las salidas de la
derecha con un discurso basado en el pacifismo, la extensión de
derechos, el medioambientalismo y el feminismo. Vietnam y Nixon
hicieron el resto. Sólo Reagan supo darle la vuelta a la tortilla.
Sin duda, el gran error de la derecha cuando estuvo en el
poder fue no muscular una derecha cívica. No dotar a su discurso de
elementos sólidos para ganar el debate de las ideas. Y el gran error de
la derecha actual es asumir que sólo en una situación de acuciante
crisis económica los electores le pedirán socorro.
Unas elecciones siempre determinan el cuadrante donde se va a
jugar la eliminatoria siguiente. Es decir, el partido político que
pierde abandona parte de su espacio y se desplaza unos grados hacia el
espacio del que gana, pues los resultados reflejan un retrato robot de
la sociedad. Si las elecciones marcan una tendencia social
radiografiada por los programas, la imagen y las formas empleadas por
los partidos, se dirá que sólo podrán ganarse los siguientes comicios
mediante un previo proceso de adaptación de esos tres elementos a la
tendencia definida por los resultados. Sin embargo, esto tiene un
riesgo evidente, que el que pierde, si se dedica a perseguir el halo
del que gana, se obliga a ceder parte de su esencia y razón de ser.
Tarde o temprano, la natural alternancia pondrá de nuevo el
poder en manos de la derecha política, pero quizás para entonces haya
sufrido tal metamorfosis que la haga irreconocible para la derecha
civil. En ese caso dará igual si gobierna o no, porque aunque así sea,
lo hará en el terreno del adversario. Con sus cartas y con sus reglas.
Y ofrecerá la cara menos amable y más real de un partido político: la
de una organización privada con funciones de carácter público y que se
nutre asimismo de recursos públicos para luchar por el poder
institucional. La ética instrumental sustituirá a la ética de las
convicciones.
Porque una cosa es asumir que, en perspectiva, en frío y,
sobre todo, atendiendo a la cuenta de resultados, la técnica empleada
por el PP en la oposición no fue acertada, y otra muy distinta abjurar
de todos aquellos principios y valores que, por unas razones o por
otras, habían empezado a desempolvarse para tejer un decálogo
ideológico: la libertad y el imperio de la ley están en el vértice de
la pirámide.
Pero hay más: entender que la educación es el principio de
todas las cosas y apostar por una educación de calidad que asegure el
progreso social y la meritocracia; recuperar la disciplina en las aulas
y el esfuerzo personal como valores sociales; creer por encima de todo
que sólo bajo el amparo de la nación se protegen la libertad, la
igualdad y la solidaridad entre todos los territorios y ciudadanos de
España, de una única España, plural y diversa; garantizar la provisión
de todos los servicios sociales que la Constitución establezca como
universales y gratuitos independientemente de quién los provea, con
especial énfasis en la educación y en la integración de los niños
inmigrantes; protección de las minorías estructurales sin menoscabo de
los derechos del resto; fomentar una sociedad civil densa capaz de
articular sus propias demandas sin la intromisión del Estado, de los
partidos y de los sindicatos. Desburocratizar la Administración para
fomentar la iniciativa privada y dotar a los emprendedores de créditos
blandos y ayudas necesarias para que prosperen sus negocios y no
extender una cultura del subsidio; incentivos fiscales para que sea la
sociedad y no el Estado -a través de la expansión del gasto público- la
que dinamice la economía y retomar la idea de que la mejor política
social es crear empleo.
Por último, e independientemente de la actitud que adopte la
izquierda, es tarea de la derecha fomentar el respeto, la tolerancia y
la protección del diferente, del discrepante y del débil, pues ésta es
la raíz del verdadero compromiso con la libertad individual.
Fue Rajoy quien, aquel día desapacible en que la multitud
entonó el «Libertad sin ira», justo un año antes de las elecciones, se
dirigió así a la derecha cívica: «Ahora, volved a vuestras casas y
contad a todo el mundo lo que ha pasado aquí, lo que habéis hecho, lo
que habéis sentido. Que os vean en pie, con la cabeza alta y fuertes
como yunques. Orgullosos de ser españoles que no se resignan». Pues
eso. Ni más ni menos, con menos dramatismo que entonces, con unas
maneras propias de una legislatura nueva, diferente y una España
necesitada de pactos de Estado pero con la misma convicción.
Por todo ello, el PP necesita un congreso-catarsis no para
librarse de Rajoy, sino de la confusión semántica, de todas las
hipotecas autoimpuestas o adquiridas en virtud del clima de opinión
dominante en los últimos años, para superar la derrota y encarar con
confianza el futuro. Sólo de la libertad puede emanar libertad. Si se
produce un verdadero debate, abierto y constructivo, independientemente
del resultado, la derecha cívica le estará esperando para volver a
emprender juntos el camino que más cuesta recorrer, el de la oposición
Javier Redondo Rodelas es profesor de Ciencia Política en la Universidad Carlos III de Madrid.