«C hikilicuatre habla del Chiki Chiki en el Instituto Cervantes de Belgrado»
. Si no estuviéramos ya hechos a los espectáculos de supuesta
contracultura que con alegre demagogia impulsan diariamente, a cargo de
los contribuyentes, cientos de responsables de Cultura en toda España,
es posible que ese titular nos hubiera llenado de sorpresa. Incluso de
zozobra.
¿El tal Chikilicuatre en el
Cervantes «dando clase» a un grupo de chavales sobre el significado del
brikindans y el crusaíto? ¡Qué pena haberse perdido un episodio de tan
sin par enjundia cultural!
Ocurre, sin
embargo, que el trato habitual con exposiciones sobre la historia del
bidé, con performances que no se sabe si son transgresión o trapallada
y con poemarios construidos con el pícaro lenguaje de los niños (caca,
culo, pis) nos han acostumbrado a que todo es ya posible en el mundo
cultural (sic) promocionado por las autoridades centrales, locales o
autonómicas.
Lo de Chikilicuatre en el
Cervantes tiene, en todo caso, un aspecto digno de atención: constituye
una manifestación insuperable de la estúpida obsesión de nuestros
gestores culturales oficiales por bendecir cualquier mamarrachada con
el hisopo de lo contracultural.
¿Qué don como
se llame va a cantar a Eurovisión? ¡Que vaya en buena hora, pues no
desmerecerá en aquel almacén de antigüedades! Nada que decir. ¿O es que
no hemos visto en las ferias a la vaca Juanita, a la mujer barbuda o al
loro que recitaba El dos de mayo?
Yo
recuerdo, por ejemplo, la magia, entre brutal y melancólica, de aquel
omo salvacho -así sonaba uomo selvaggio (hombre salvaje) en la boca del
animador de la barraca- que visitaba puntualmente las fiestas de la
Ascensión compostelana y a quien el público gritaba: «¿Qué comes?»,
para oírle confesar lleno de pesar: «Malimento de indiciones».
A
nadie se le habría ocurrido, sin embargo, antes de la llegada de esta
ceremonia de la confusión en que vivimos, llevar a la vaca, al loro o
al salvacho al paraninfo de la Universidad o al Aula de Cultura de la
Caixa, sitios reservados para que Dámaso Alonso diera conferencias o
Atahualpa Yupanqui cantara sus canciones.
Pero como los tiempos adelantan que es una barbaridad, ahí tenemos al gran creador cultural del Chiki Chiki
conferenciando en el Cervantes, para vergüenza de sus responsables y
confirmación plena de aquello que Alain Finkielkraut escribió hace más
de veinte años en un libro (La derrota del pensamiento) anunciador de
lo que aquí, como todo, llegaría con retraso: esa cultura zombi para la
que la música de Chikilicuatre es igual que la de Serrat o José Afonso,
aunque más digna de atención para tratar con un público aburramiado al
que cuesta menos alabar que reeducar.