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Como alba del estío, el pasado fin de semana se han
perpetrado diversos congresas de la partitocracia hispánica. Partitocracia que
representa a nueve de cada diez electores de esta España que ha de helarte el
corazón, aunque sea en verano.
En Cataluña, (hágase en mí según tu palabra), ha salido elegida la cunera
favorecida por el dedo de Mariano: una miembra, una tal Leire Pajín, ¡qué
apellido tan premonitorio!, que disputaba la cosa apoltronada a la más
autóctona representante del indigenismo ramblero.
Que entre sus méritos intelectuales y filosóficos más
conocidos está el diluir la obligatoriedad del catalán como lengua de enseñanza
con la pretensión de que las tiernas criaturitas, todas incluso las de los desmedrados
charnegos, estudien otra media docena de idiomas, entre ellos, como inaudita
concesión, el mismísimo español. Claridad de concetos y valentía para explicarlos que diría el otro.
Pero hay que reconocer que, aunque no se comportan sus
creencias pro- nazionalistas, al menos ha tratado de ofrecer alguna resistencia
al despotismo zentrista, manteniendo cierta dignidad personal ante la
arbitrariedad. Como el luego malogrado cerdito listo de Rebelión en la granja. Y
dando lugar con su actitud a que el Poder tenga que quitarse la careta. Y es
que en cierto aspecto, como el caso María San Gil, los abucheos y gritos de
¡fuera, fuera! dirigidos contra la embajadora marianil o marianita, una miembra
con cara de pija buena que disimula sus mañas, explican la realidad pepera actual
mejor que mil discursos amañados por muy bien aliñados que se pergueñen.
Y en Madrid, como vicesecretaria para luchar contra la cosa
de la entropía y como tercera del podio junto con Pepiño Blanco, y a la vera
del risueño gran deportista mandarín, capaz de meter el gol decisivo a Deutschland
uber alles y de ganar la última bola a Federer en Winblendon, la Camacha, otra
miembra que acaba de hacer méritos, una nueva cara de cuota, una líder que
apunta maneras como acaba de demostrar degollando simbólicamente a María San
Gil, antiguo baluarte de la dignidad moral contra la barbarie, y criatura
sacrificial de este monstruoso rito de construcción del nuevo Zentrismo
marianista.
No sé si me estoy equivocando de miembra. Pero es igual:
Dios (o Natura) cría las miembras y la Monarquía las junta.
Pero la congresa de los nuevos sin corbata también ha
presentado algunas novedades propias de las contra utopías tenebrosas que han
enlutecido a la humanidad en las últimas décadas. Entre las que destacan, una
vez arrumbado Marx al baúl del abuelito, las de Orwell o Huxley. Sin olvidar a
Skinner y su conductismo feliz e irresponsable.
En otra ocasión, cierto controvertido reformista español que
llegó a tener vértigos de altura afirmó: "para precavernos de la injusticia
hemos tenido que renunciar a la razón". Pero a diferencia del acomplejado
zentrista, el osado risueño gran líder del no centro y del no derecha no
renuncia a nada. Y logros como la de la barra libre para la eutanasia debería poner
los pelos de punta en estos tiempos en que se barrunta un grave deterioro de la
liquidez de la Seguridad social. Para que luego digan que el partido obrero y
español y socialista no se preocupa de la economía.
En las islas Baleares,
el fantasma de Cañellas se ha aparecido a los herederos y herederas del piadoso
Blanquerna para acaso tentarle como una buena recalificación urbanística. Un
buen pelotazo bien vale una inmersión lingüística en catalán.
Mientras también en Madrid y regada por el sofista Gallardón
con los generosos impuestos saqueados a los madrileños, se ha celebrado el día
del orgullo gay, con especial atención este año a las miembras. Así, la
flamante Bibiana Aida estrena su cargo
ministerial de cuota en animada procesión y revoltijo con tribadas llegadas
para tan alta ocasión de todas las autonomías, nacionalidades y naciones de
este abigarrado solar peninsular.
De todos estos reveladores
actos, al cabo intercambiables, la congresa de Chueca ha resultado el más colorido,
coherente, democrático y representativo.
Aunque quizás el problema sea la falta de tragaderas de este
rancio observador, que como el viejo caballero de nuestro ya tan remoto siglo
de oro, constata que "no sirvo para Palacio, pues no sé lisonjear y tengo
vergüenza".
Y no se resigna.
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