|
--
@page { size: 21cm 29.7cm; margin: 2cm }
P { margin-bottom: 0.21cm }
-->
... Nietzsche,
el mismo que sentenció que Dios había muerto, decía
por otro lado: “La
desilusión sobre una supuesta finalidad del devenir es la
causa del nihilismo”.
Y efectivamente, nos hemos quedado sin fines, sin preocupaciones ni
ocupaciones a las que entregar la vida; nos hemos quedado sin saber a
dónde ir. No habría que escarbar mucho para descubrir
las líneas de comunicación entre este resultado y el
aumento exponencial de ansiolíticos y antidepresivos en el
hombre occidental, acosado como está por el sentimiento de
vacío, de no saber cómo dar significado a su vida. Y es
que, como la misma Zambrano afirmó, “los
dioses han sido, pueden haber sido inventados,
pero no la
matriz de donde han surgido un día”.
Así
reza (es un decir) la publicidad exhibida en autobuses metropolitanos
de Barcelona, según noticias recientemente aparecidas en la
prensa: “Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y
disfruta de la vida”. La iniciativa publicitaria corresponde a la
“Unión de Ateos y Librepensadores” y es continuación
de una campaña que comenzó en Londres, en los famosos
autobuses de dos pisos, y pretende ampliarse sucesivamente, en
nuestro país, a los autobuses de Madrid y de otras ciudades
importantes. El principal promotor de esta iniciativa es Richard
Dawkins, autor del libro “El espejismo de Dios”, que hace algo
más de un año tuvo cierta repercusión comercial
en las librerías españolas.
Nada
tendría que oponer, en principio, a este hecho alguien que
firma como militante de un partido laico y que, para más
señas, se declara digamos que moderadamente ateo (no puedo ser
más rotundo, porque mi natural paradójico me empuja a
declararme también algo así como moderadamente
creyente). Todo en orden, pues, según parece, máxime
cuando la fórmula publicitaria escogida no resulta
especialmente ofensiva ni agresiva. Pero debo de tener algún
resorte interior que hace que cuando estoy a punto de desembocar en
algo aparentemente inobjetable, se active en mí a veces un
cierto desasosiego que me empuja a resistirme a ello. Es justo lo que
me ocurre en esta ocasión. Así que intentaré
justificar este extraño desasosiego que me produce la campaña
publicitaria en cuestión.
Analizando
Octavio Paz la psicología del pueblo mexicano en “El
laberinto de la soledad”, comenta la introversión
característica de aquel pueblo, una introversión que
encierra a sus gentes dentro de sí y detrás de una
máscara de formalismos, pudores, recatos, incluso recelos, que
les aísla del mundo exterior y que, subsiguientemente, les
incapacita para cualquier clase de entrega a los demás. A ese
que podríamos denominar egoísmo ontológico, Paz
prefirió llamarlo, con más tino literario, “laberinto
de la soledad”. Inhabilitado para sentir la vida como una entrega,
tanto esa vida como la muerte misma, el mexicano las ve con
indiferencia, las otorga escaso valor.
Lo
más curioso de la disección que Octavio Paz hace de la
manera de estar en el mundo de sus compatriotas llega cuando trata de
establecer las causas de tales comportamientos. Concluye el ilustre
pensador y literato que esta declinante manera de ser se debe a que
los mexicanos se sienten “abandonados por sus dioses”. Un
abandono que Paz retrotrae hasta los tiempos de la conquista, cuando
Moctezuma entendió la llegada de Hernán Cortés
como una señal de que el ciclo cósmico había
llegado a un punto final, y ello implicaría la desaparición
de los dioses que hasta entonces habían tutelado al pueblo
azteca, los cuales deberían ser sustituidos por otros. Pero
esos otros dioses no acabaron de llegar nunca del todo, ni siquiera
con el cristianismo, y los mexicanos se quedaron sin dioses a los que
sacrificarse, a los que inmolarse, a los que entregarse. El mexicano,
desde entonces, se enclaustró dentro de sí, sin
conseguir hallar nuevos modos de ofrecerse a dios alguno… de
ofrecerse o entregarse, sin más.
María
Zambrano asume la interpretación que lleva a cabo Octavio Paz,
pero la hace extensible al hombre occidental en general, que asimismo
se ha quedado sin dioses a los que ofrecer su corazón en
sacrificio. En la lectura que hace la filósofa malagueña
de la relación entre el hombre y lo divino, el sacrificio
adquiere un papel fundamental. De la inicial fusión del hombre
primitivo con el cosmos, se desgajó el hombre religioso, que
dejó de aceptar sumisamente la realidad que se le resistía
y le oprimía, y pasó a sentirse responsable de –y
eventualmente culpable por– una parcela de esa realidad que no
aceptaba. Crea entonces (descubre, diría un creyente) la idea
de un Dios todopoderoso para poder pactar con él: Dios le dará
al hombre lo que pide (buena caza, fértil cosecha, que cese el
castigo de los elementos atmosféricos o el del mismo destino…)
y el hombre le entregará a Dios a cambio algo propio en
sacrificio.
Aquel
hombre entregado a rituales mágicos resulta que es nuestro
directo antepasado. Se prolonga su descendencia en el cristiano, que
entrega asimismo al Hijo del Hombre en sacrificio para poder lavar
nuestros pecados, los de toda la humanidad, y renacer así a
una nueva realidad. Y continúa su trayecto evolutivo ese
hombre religioso cuando pasa a encarnar en el hombre occidental, el
cual se hace asimismo responsable de la realidad en que vive, de una
realidad que no le gusta ni acepta, y sacrifica algo de sí, su
presente inmediato, el disfrute del aquí y del ahora (el mismo
“carpe diem” que nos propone recuperar la campaña
publicitaria de la que tratamos) para ofrecérselo al prójimo
y a la Historia (al futuro) como tarea reparadora. A través de
nuevas fórmulas y de nuevos desarrollos, el hombre occidental
sigue (…seguía) convirtiendo su vida en entrega, en
sacrificio (a veces de modo absoluto y compulsivo, tal vez
enajenándose en exceso), no ya de aquel modo tan poco práctico
que le permitían sus pasadas creencias mágicas, sino de
este otro que le ha convertido en artífice de la Historia y de
todo lo que va consiguiendo a través de sus sacrificadas
(sacrificiales) tareas reparadoras. En suma, en su más genuino
modo de ser, entiende este humano su vida como una misión,
como un medio o una entrega al objetivo de mejorar la realidad, de la
cual se ha hecho responsable.
Bien,
pues ese hombre occidental, según Zambrano, se ha olvidado
también de sus dioses (o éstos le han abandonado, según
la fórmula de Octavio Paz), ha amputado esa parte de sí
que le exigía entregarse a algo y a alguien, se ha quedado sin
metas y sin tareas. Como diría Dawkins –el de la campaña–,
también sin preocupaciones, dispuesto, pues, a “disfrutar de
la vida”. Nietzsche, el mismo que sentenció que Dios había
muerto, decía por otro lado: “La
desilusión sobre una supuesta finalidad del devenir es la
causa del nihilismo”.
Y efectivamente, nos hemos quedado sin fines, sin preocupaciones ni
ocupaciones a las que entregar la vida; nos hemos quedado sin saber a
dónde ir. No habría que escarbar mucho para descubrir
las líneas de comunicación entre este resultado y el
aumento exponencial de ansiolíticos y antidepresivos en el
hombre occidental, acosado como está por el sentimiento de
vacío, de no saber cómo dar significado a su vida. Y es
que, como la misma Zambrano afirmó, “los
dioses han sido, pueden haber sido inventados,
pero no la
matriz de donde han surgido un día”.
Y
si todo el hilo argumental que ha quedado expuesto resultara certero,
aún nos animaríamos a sacar una última
conclusión: toda tarea reparadora, de entrega a la
transformación de la realidad, inevitablemente desemboca en
última instancia en algo que hoy tiene muy mala prensa (sin
duda, merecidamente): la política. Un último síntoma
de esta ausencia de dioses en nuestra posmoderna sociedad sería
precisamente la despolitización, la indiferencia ante el modo
más operativo y práctico del que disponemos para
mejorar el mundo… aunque a menudo parezca, más bien, una
actividad decididamente empeñada en empeorarlo. Sin duda, el
nihilismo ha llegado también hasta sus confines.
Javier
Martínez Gracia, miembro del Comité Electoral
Provincial de UPyD (Unión, Progreso y Democracia) de Burgos
Artículo publicado en El Correo de Brugos el 29 de enero de 2009
|