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Durante
la Edad Media había predominado un modo de entender las cosas
según el cual el individuo no tenía nada que aportar a
su propio destino. Todo lo decisivo en su vida le trascendía,
todo se lo encontraba dado, desde el trabajo hasta el matrimonio,
pasando por lo que era inevitable pensar o creer; la vida misma no
tenía otra función que la de servir de medio de
transición hacia la del más allá, que era la que
realmente importaba. El humanismo supuso un cambio total de esta
manera mirar el mundo, al depositar en el individuo mismo la
responsabilidad de su vida, abriendo así las compuertas de sus
deseos y preferencias, hasta entonces obturadas. ...
No
es éste en el que estamos ocupados con las elecciones al
Parlamento europeo un mal momento para evocar la figura del casi
olvidado Erasmo de Rotterdam, al cual Stefan Zweig, precisamente uno
de los intelectuales europeos más prominentes del siglo XX,
considera como "el
primero de los escritores y creadores de Occidente consciente de ser
europeo".
Nació
Erasmo en 1469 (murió en 1536), en un siglo en el que se
gestaron las grandes transformaciones sociales y religiosas que
conocemos como Renacimiento y Reforma, y del que Ortega decía:
"El siglo XV es
el más complicado y enigmático de toda la historia
europea hasta el día. Y no por casualidad ni por extrínsecos
motivos, sino precisamente porque es el siglo de la crisis
histórica".
Las grandes crisis históricas (y atención: hoy
atravesamos una de ellas, y de proporciones equivalentes, aunque de
dirección contrapuesta a la de entonces) se producen cuando el
modo de estar en el mundo que hasta entonces había prevalecido
empieza a decaer y otro diferente pretende sustituirle. Quienes aún
conservan la cosmovisión propia del mundo que declina sienten
el vértigo ante el vacío que se abre frente a ellos al
ver cómo las creencias que venían sustentándolos
se van resquebrajando y perdiendo vigencia. Los que, por el
contrario, toman partido por las ideas y creencias emergentes,
sienten que se liberan de las cadenas de un modo de ser que ha
fracasado, y despiertan su entusiasmo a la vista de todas las
prometedoras innovaciones que se anuncian. "¡Dios
inmortal! ¡Qué siglo veo comenzar! -exclamaba
el mismo Erasmo al alborear el XVI- ¡Quién
pudiera volver a ser joven!".
La
revolución que traían los nuevos tiempos que
transcurrían entre el siglo XV y el XVI fue la del humanismo,
del cual Erasmo de Rotterdam fue su principal mentor. Durante
la Edad Media había predominado un modo de entender las cosas
según el cual el individuo no tenía nada que aportar a
su propio destino. Todo lo decisivo en su vida le trascendía,
todo se lo encontraba dado, desde el trabajo hasta el matrimonio,
pasando por lo que era inevitable pensar o creer; la vida misma no
tenía otra función que la de servir de medio de
transición hacia la del más allá, que era la que
realmente importaba. El humanismo supuso un cambio total de esta
manera mirar el mundo, al depositar en el individuo mismo la
responsabilidad de su vida, abriendo así las compuertas de sus
deseos y preferencias, hasta entonces obturadas.
La
verdad suele escoger para expresarse los desconcertantes cauces de la
paradoja. Pero los hombres tendemos a negarnos a realizar el esfuerzo
de conjugar unas razones con sus contrarias, y, convencidos de que
esa verdad a la que aspiramos habita en sólo uno de los polos
de esa paradoja, solemos deslizarnos, obcecados por tal sesgo, hacia
el fanatismo, que es, precisamente, la elevación de una verdad
parcial a la categoría de absoluta. La modernidad, que fue la
encargada de servir de cauce a esa imprescindible verdad parcial de
que el individuo es el dueño de sus destinos, ha acabado
desembocando en la patética exageración que hoy supone
la posmodernidad, la cual da pábulo a la idea de que la
realidad no es más que una mera prolongación de nuestro
ser individual, de nuestra naturaleza, sin nada que trascienda de uno
mismo, sin nada en la propia circunstancia que limite, o al menos
deba limitar, los juicios, presupuestos, decisiones o trayectos a
recorrer que cada uno elabora. La posmodernidad, espoleada por el
nietzscheano "Dios
ha muerto", ha
colocado en su frontispicio aquella reflexión de Iván
Karamazov, el personaje de la novela de Dostoievski: "Si
Dios no existe, todo está permitido".
Erasmo
vislumbraba los peligros que conlleva el fanatismo. Por eso fue un
moderado defensor de las ideas humanistas que siempre buscó la
conciliación entre los representantes del mundo que declinaba,
el Papa, el Emperador Carlos V, los reyes -los que, en suma,
avalaban el modo de mirar que apuntaba a lo supraindividual-, y esa
fuerza arrolladora y tumultuosa que fue Martín Lutero, un
monje agustino (como, por otro lado lo fue, con menos entusiasmo, el
propio Erasmo) que llevó a su exacerbación el apotegma
de San Agustín de que "en
el interior del hombre habita la verdad".
Consiguientemente, preludiando al mismísimo Karamazov, llegó
Lutero a afirmar: "El
cristiano es un hombre libre, dueño de todas las cosas, no se
halla sometido a nadie".
Y es que, para él, la relación de Dios y el cristiano
se establecía directamente y de modo individual, sin que
hubiera ninguna instancia mediadora entre ambos: el individuo se
disolvía en Dios y viceversa, lo cual permite entender su
doctrina de la predestinación, aparentemente contradictoria
con esa vocación por la insumisión. Las dos potencias
enfrentadas que Erasmo trataba de conciliar tendían, sin
embargo, al fanatismo, cada una de ellas portando uno de los extremos
de la verdad paradójica, esa que en nuestro tiempo Ortega
formuló al decir: "yo
soy yo y mi circunstancia".
Es decir: yo no soy sólo yo, tal y como se venía a
sostener desde la verdad parcial que Lutero representaba; ni yo soy
sólo mi circunstancia, esto es, lo que me excede y trasciende:
la otra verdad parcial que, por su parte, y recogiendo los vestigios
de la cosmovisión medieval, representaban entonces el Papa y
el Emperador.
Los
fanáticos, al fin, triunfaron frente a la moderación
erasmista. Lutero, furioso, se preguntaba, para escándalo del
conciliador Erasmo: "¿Por
qué no atacamos (...) a toda la horda de la Sodoma romana con
todas las armas de que disponemos y nos lavamos las manos en su
sangre?". El
Papa, por su parte, excomulgó al fraile agustino, cerrando así
el paso a la autocrítica de una Iglesia corrompida. La
Cristiandad, que así se llamaba entonces Europa, quedó
escindida. Enfrentadas a muerte ambas verdades parciales, sembraron
de cadáveres los campos europeos.
Hoy,
como ha quedado dicho, vivimos otra gran crisis histórica. Por
supuesto, la inflación del yo que supuso la modernidad (de la
cual la filosofía idealista ha sido su expresión más
acabada) produjo frutos fecundísimos, que eclosionaron al
desplegarse las enormes potencialidades que guardaban el deseo y la
imaginación hasta entonces anulados. Los grandes
descubrimientos geográficos, el imparable desarrollo de las
ciencias naturales, el arte inabarcable que ha surgido desde el
Renacimiento, los derechos humanos, la implantación de la
democracia... son algunos de esos frutos. Pero esa inflación
del yo ha alcanzado su tope, y hoy ya están a la vista sus
insuficiencias, por ejemplo, la que quedó expuesta en el
intento, de varias formas reiterado, de suplantar la realidad con
insensatas utopías que, inseminadas en la sobredimensionada
imaginación de los hombres, han desdeñado todos los
límites y han hecho correr, sobretodo en el siglo XX, ríos
de sangre. O también, el sentimiento de vacío que
inunda las vidas de unos individuos que, encerrados en sí
mismos, están a falta de claves para referir sus vidas a algo
que les trascienda y que convierta aquéllas en una tarea, en
un quehacer que aporte a su transcurrir el necesario sentido.
Asimismo,
y como en tiempos de Erasmo, esa crisis histórica que vivimos
en Occidente tiene una proyección política que también
corre el peligro de deslizarse hacia fanáticas posiciones
sectarias, las que tradicionalmente han buscado acomodo en los
maximalismos que se abrían tanto hacia la derecha como hacia
la izquierda, dando lugar a lo que Ortega llamaba "una
vida política subjetivamente falsa, que está
estafándose -lo mismo por la derecha que por la izquierda".
Si fuera cierto que la verdad tiene forma de paradoja, que, en el
contexto de lo dicho, debe, por tanto, complementar la parte que
resalta el valor de lo que trasciende al individuo (y que fundamentó
la cosmovisión medieval) con la que confirma el valor de lo
que le pertenece y
atañe específicamente como tal individuo (visión
que aportaron el Renacimiento, la Reforma y la modernidad, y que ha
llevado a su delirante extremo la posmodernidad), es decir, si fuera
cierto que "yo
soy yo y mi circunstancia",
lo que en el ámbito político procede hacer es adoptar
la posición erasmista de conciliación entre opuestos y
moderación. O por denominarlo de una forma que ha conseguido
ya asomar en nuestro contexto social: la política adecuada
será la que adopte el paradójico principio de la
transversalidad.
Hablando de infalción del yo, y de ser uno mismo, ... Pregunta.- ¿Cómo es posible que Silvio Berlusconi domine desde hace 15 años la política italiana?
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