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... Frente al destrozo causado por la ética buenista de la convicción,
Savater podría ofrecer a la izquierda un atisbo de ética de la
responsabilidad, aunque su iniciativa partidaria, es cierto, complica
el panorama. Mario Onaindía, cuya amistad compartí con Savater, decía
que el fin de la democracia es suscitar más democracia. Nunca estuve de
acuerdo. El fin de la democracia es preservar la libertad, y para ello
debe evitar la desmesura. ...
SAVATER, por supuesto. Disculpen que comience citando versos de un
poema mío a él dedicado: «Pues bien, ha sido un lujo seguirte en la
distancia/ y a veces no seguirte/ pero con la certeza del encuentro
futuro». En ellos se resume lo que Fernando Savater ha sido y es para
mí desde hace cuarenta años. Una referencia en el horizonte, que a
menudo pierdo de vista deliberadamente. Pero, sobre todo, una certeza.
La certeza absoluta de que aparecerá en los momentos más difíciles y
estará contigo en la batalla, como ha hecho siempre. Sus
desplazamientos tácticos no me preocupan. De Fernando Savater se puede
prescindir en las escaramuzas -incluso es recomendable hacerlo con
frecuencia-, pero, sin él en las Termópilas, estás perdido.
Contra lo que andan largando por ahí algunos despistados de buena fe y
algunos otros de muy mala, no es mi intención sumarme al nuevo partido
que auspicia Fernando junto a Carlos Martínez Gorriarán y Rosa Díez.
Éste es uno de esos momentos en que hay que decirse un «hasta luego».
Las razones están claras: yo no creo que la democracia sea un fin en sí
mismo, sino un método para dirimir conflictos de intereses en un
régimen liberal. Creo que este tipo de régimen funciona mejor sobre el
bipartidismo, como se demuestra en países como Estados Unidos, Francia
o Reino Unido, y como se demostró en España hasta que Rodríguez se
empeñó en cargárselo. La proliferación de partidos desestabiliza el
sistema (ahí están los casos recientes de México, Israel o Serbia,
entre otros muchos). Obviamente, la democracia implica pluralidad, pero
prefiero la pluralidad de sólo dos, porque impide que el particularismo
de los pequeños partidos-bisagra parasite al Estado hasta
desvertebrarlo (y los ejemplos sobran).
El bipartidismo supone una gran masa de voto adscriptivo, inmutable,
adherido a los valores permanentes de la izquierda y la derecha. Lo que
determina la alternancia es una franja de voto flotante que se mueve de
un partido a otro en función de programas concretos. O sea, que la
lealtad débil y la ausencia de lealtad representan un bien político de
importancia fundamental. Los partidos rivales deben esmerarse en
mantener la fidelidad de sus respectivos zócalos con una política
coherente de izquierda o derecha y en ganarse a la mayoría del voto
móvil mediante ofertas de las llamadas «de centro». Una consecuencia de
la voladura del bipartidismo por parte del PSOE -que ha buscado apoyos
para ello en los nacionalismos y en la izquierda antisistema- ha sido
la decepción de una parte todavía difícilmente mensurable de sus apoyos
tradicionales, entre los que se cuentan Savater y sus compañeros, cuya
deriva lógica, toda vez que las suyas son lealtades fortísimas a
valores alegremente abandonados por los socialistas, no apunta a
engrosar el voto oscilante, sino a crear pequeños partidos ad hoc, como
Ciutadans/Ciuda-danos, muy respetables en su dimensión ética pero
inevitablemente particularistas. Así nos vamos alejando cada vez más
del bipartidismo y relajando el ya muy maltratado pacto nacional.
Frente al destrozo causado por la ética buenista de la convicción,
Savater podría ofrecer a la izquierda un atisbo de ética de la
responsabilidad, aunque su iniciativa partidaria, es cierto, complica
el panorama. Mario Onaindía, cuya amistad compartí con Savater, decía
que el fin de la democracia es suscitar más democracia. Nunca estuve de
acuerdo. El fin de la democracia es preservar la libertad, y para ello
debe evitar la desmesura. Dicho esto, añado que Savater y su gente son
lo poco que queda de la izquierda liberal y que la derecha asimismo
liberal no tiene derecho a enfurecerse con el filósofo, que no es de
los suyos. Fernando Savater es la única figura de la izquierda de mi
generación que nunca fue a Siracusa, ni de visita. Evidentemente, la
idea de España no le obsesiona, pero nadie ha defendido la Constitución
con más coraje que él ni con más riesgos personales. Y aunque pregone a
los cuatro vientos que no cree en Dios, sospecho que Dios jamás ha
dejado de creer del todo en Fernando Savater. (Fuente: un post en el blog de A. Espada el 27/05. Tomado probablemente de ABC)
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