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... La paradoja
de que los extremos asuman el papel teórico asignado al centro
desemboca en el esperpento y en la ingobernabilidad. Y con la
consecuencia de la desorientación de los dos partidos mayoritarios,
empecinados a un mismo tiempo en ganarse los votos parlamentarios de
los extremos y robarse mutuamente un evanescente centro electoral. ...
S
E da por seguro desde casi todas las esquinas que Rodríguez ganará las
próximas elecciones generales. Lo razonable sería que las perdiera por
goleada y que el P(SOE) se hundiera al igual que sucedió al PSI de
Craxi., pese a que sus errores y mangancias pueden ser catalogadas de
pecado venial en comparación con nuestro socialismo funambulesco y sus
más notorios dirigentes, Felipe González y José Luís Rodríguez a la
cabeza. Rodríguez y su patulea de ineptos segundones han hecho méritos
superlativos para que los españoles en masa los corriéramos a gorrazos
por las avenidas electorales y las que no lo son. ¿Habremos de admitir
de una vez por todas que también en materia política "España es
diferente"? ¿O que asistimos a una versión moderna y zarrapastrosa de
la legendaria "fidelitas ibérica"?
Al sinsentido de que Rodríguez pueda ganar las próximas generales,
pese a haber perdido las municipales en números absolutos, cabe
encontrarle muy variadas explicaciones. Proliferan en los medios. Pero
al margen de lo que unos u otros escriban, acaso hayamos de buscarla en
una cita de Giovanni Sartori. Aunque referida a la realidad política
italiana, es aplicable a otros muchos países formalmente democráticos.
Y con mayor motivo, a España. Escribe Sartori: "Cualquiera que sea su
denominación, esta democracia es en parte una tomadura de pelo y, en
parte, la invención de lo que llamamos "democracia ortopédica": una
democracia que nace en un hospital, prefabricada y absurdamente
escayolada antes de ser utilizada". De la española podría decirse que
nacida en un hospital psiquiátrico. Pero importa sobre todo descifrar
el origen de la ortopedia para establecer por qué está decidido que
Rodríguez y su P(SOE) permanezca otros cuatro años en La Moncloa,
aunque el PP le supere en votos, pero sin llegar a la mayoría absoluta.
EL PAPEL DEL CENTRO EN LA "DEMOCRACIA ORTOPÉDICA"
LA "democracia ortopédica" requiere la existencia de uno o más
partidos "bisagra" para que se cumplan los objetivos perseguidos por
quienes manejan los hilos desde la sombra. Aquellos que ya denunciaba
Disraeli en una de sus dos novelas y que los siguen moviendo pese al
tiempo transcurrido. El esquema estaba claro: un partido de izquierda,
otro de derecha y uno entre ambos, papel asumido tradicionalmente por
el titulado de liberal, propicio a arrimarse al izquierdista o al
conservador para que formara gobierno, según las circunstancias
aconsejaran.
Sostiene Sartori que el centro crece cuando izquierda y derecha
entran en una estrategia de agreste confrontación. Y que se esfuma
cuando uno y otro confluyen en el empeño de una política de moderación
que satisfaga las expectativas de la franja del electorado ajeno a
filiación inamovible. La "democracia ortopédica" necesita de ese centro
para eludir el riesgo de que las mayorías absolutas se le vayan de las
manos y para que el juguete funcione. El sistema suele prosperar en la
Europa central. Pero no en la mediterránea. La razones son harto
complejas, aunque no deben desdeñarse las diferencias históricas y
culturales en uno y otro espacio geopolíticos.
La eficaz política neoconservadora de Angela Merkel y el
corrimiento hacia el conservadurismo insuflada por Schróder a la
socialdemocracia desbarataron el centro liberalista y desembocaron en
la coalición de ambos partidos mayoritarios. Se intentó en Francia que
no obtuviera mayoría absoluta el partido de Sarkozy mediante la
introducción de una cuña de su propio espacio y la promoción mediática
de Ségolème Royal. Pero la escasa entidad de la candidata socialista
(Carlos Semprún Maura la califica de tonta de remate), el tribalismo en
el PSF y el sistema electoral de "ballotage" dieron el triunfo a
Sarkozy en las elecciones presidenciales y en las parlamentarias.
Sarkozy, es evidente, supo apoderarse del centro al ganarse la
confianza de segmentos de electores del lepenismo y del socialismo. Del
voto del descontento y de la frustración, en suma. No otra cosa es el
espacio electoral del centro.
No han existido tradicionalmente en España partidos de centro que
acaparen la función de árbitros en la alternancia en el poder. Algunos
otorgan esta condición al lerrouxismo, utilizado por el presidente de
la República, Alcalá Zamora, para que no formara gobierno la CEDA,
triunfante en las elecciones, y para forzar la impunidad de los
cabecillas de la revolución octubre del 34. La posibilidad de un centro
fuerte es prácticamente imposible en la actual "democracia ortopédica"
española. Lo vedan la Constitución de 1978 y la subsiguiente Ley
Electoral. Una y otra otorgaron a minorías extremistas la posibilidad
de sostener en el gobierno a uno u otro de los partidos de amplia
implantación nacional si no alcanzaba la mayoría absoluta. La paradoja
de que los extremos asuman el papel teórico asignado al centro
desemboca en el esperpento y en la ingobernabilidad. Y con la
consecuencia de la desorientación de los dos partidos mayoritarios,
empecinados a un mismo tiempo en ganarse los votos parlamentarios de
los extremos y robarse mutuamente un evanescente centro electoral.
LA TRASTIENDA MASÓNICA DEL CONSTITUCIONALISMO ESPAÑOL
APROVECHÉ mi reciente estancia en Santander para recorrer con
parsimonia los puestos de la feria del libro usado. Me valgo de uno de
ellos ("La masonería", de Honrad Menué, Ed. G.R.M,, 2004) para subrayar
que la devoción masónica de Rodríguez tiene un poso histórico que va
mucho más allá de la devoción paranoica hacia al abuelo fusilado tras
juicio sumarísimo. Menué dedica un capítulo al desarrollo de la
francmasonería en España desde sus comienzos. Uno de los frutos de la
revolución de 1868 fue la reorganización del Consejo Supremo del Gran
Oriente. "Este Supremo Consejo -recoge Menué- presentó al Gobierno
provisional, a mediados de octubre de 1868, una exposición que contenía
el programa masónico, con 14 proposiciones en las que se pedía la
libertad de cultos, la supresión de las Ordenes religiosas y de las
Asociaciones de caridad anexas a ellas; la secularización de los
cementerios; la incautación de las alhajas, ornamentos y preciosidades
artísticas de las iglesias, excepto de lo estrictamente necesario para
el culto, que quedaría en las mismas iglesias bajo inventario y en
calidad de depósito; la sujeción al servicio militar de los
seminaristas y ordenados in sacris; la reducción de los templos,
pasando los demás a poder del Estado como bienes nacionales; la
abolición del celibato eclesiástico; el matrimonio y registro
únicamente civil, etcétera. Esta exposición pasó a formar parte del
programa político del Gobierno provisional".
Llovía sobre mojado. La sucesivas desamortizaciones de bienes
eclesiásticos fueron iniciadas por las Cortes de Cádiz, ya infiltradas
por la masonería. Abolidas durante el periodo absolutista de Fernando
VII, fueron rehabilitadas por los liberalistas entre 1880 y 1883, para
convertirse en cuerpo legal a iniciativa de Mendizábal (1835-1837) y
reiteradas por Madoz en 1855. Estas dos últimas alcanzaron asimismo a
los bienes de propios de los municipios. Las ventas de los bienes
desamortizados, como se sabe, estuvieron presididas por una desalmado
corrupción de la que se beneficiaron políticos, allegados,
clientelistas, aristócratas, muñidores electorales, funcionarios y
arribistas. Los ricos se enriquecieron aún más y surgió al socaire de
la especulación una clase de nuevos ricos, una de cuyas consecuencias
fue el caciquismo rural. No se cumplieron los objetivos económicos
pregonados Nada positivo resultó para un saludable cambio estructural
del sector agrario. Pero sí el propósito perseguido contra la Iglesia,
con la consecuencia de la ruina y destrucción de una parte considerable
del gigantesco patrimonio histórico, artístico y cultural de España, ya
esquilmado en parte por los invasores napoleónicos. Las directrices del
Consejo Supremo del Gran Oriente de España buscaban redondear el empeño
precedente de la masonería.
Pareja impregnación masónica prevaleció en la fugaz I República. Y
no sólo en materia antieclesiástica. Las instancias federalistas, más o
menos larvadas en periodos anteriores, se convirtieron en columna
vertebral del nuevo Estado. Un precedente que dejaría poso y haría
luego suyo el socialismo marxista de Pablo Iglesias. Anticlericalismo
rabioso, antimilitarismo enfermizo y federalismo a ultranza se
convertirían en señas de identidad revolucionaria de la izquierda
española. El PSOE acentuaría esas y otras inclinaciones miméticas tras
el triunfo de la revolución bolchevique. Pero también el socialismo
español sintió la tentación fascista del italiano.
El golpe de Estado del general Primo de Rivera, el mismo año que la
Marcha sobre Roma del socialista Benito Mussolini, hizo creer a Largo
Caballero, siempre ambicioso y oportunista, que al sumarse al mismo
tendría la posibilidad de suplantar desde dentro a un Dictador ayuno de
un consistente soporte ideológico y sin un partido de masas que lo
respaldara. Es una hipótesis que barajo desde hace años y en la que me
reafirmo cada vez que la analizo de nuevo. Es cierto que el general
Primo de Rivera tendió la mano al PSOE con la intención de embarcar a
la izquierda en su apuesta regeneracionista y, al propio tiempo, para
oponer la barrera del PSOE-UGT a la muy poderosa base revolucionaria de
la CNT. Pero es evidente que los socialistas aceptaron la oferta sin
mayores reticencias y sacaron de la colaboración buen provecho
patrimonial. Los socialistas, como tantos otros, se anticiparon a la
caída de la Dictadura para despegarse de ella y apostar por una nueva
República. Reapareció la demagogia marxista de su origen. De un
frustrado totalitarismo fascista pasaron al bolchevique. Jacques
Bergier (lo he citado en más de una ocasión) anota en "La guerra
secreta del petróleo" que derribaron a Primo de Rivera tras la creación
de la CAMPSA los mismos que respaldaron su acceso al poder (con el
decisivo concurso del monarca, recuerdo yo) en 1923. No creo necesario
advertir en qué manos estaba el "cártel" del petróleo, o las llamadas
Siete Hermanas, estrechamente ligado al núcleo central de la Orden.
Tampoco que el socialismo ha sido tradicionalmente el sector político
más numerosos en el seno de la francmasonería.
LA II REPÚBLICA RECUPERÓ LA INFLUENCIA MASÓNICA
CUATRO factores influyeron decisivamente en el contenido ideológico
de la II República, nacida de un inequívoco golpe de Estado, y en el
contenido de la constitución de 1931: las directrices del Gran Oriente
de España, similares a las del Consejo Supremo en 1868; el crecido
número de masones en el seno de las Cortes Constituyentes que Molleda
cuantifica en 148, con mayoría socialista, y otros autores elevan hasta
unos 160; la penetración francmasónica en los cuadros de mando del
Ejército; y la necesidad imperativa del socialismo y otros sectores de
borrar las huellas de su colaboración con la Dictadura, la cual se
tradujo en un obsesivo antiprimoriverismo que lastró aún más las
posibilidades republicanas de futuro. No fueron ajenos los trágicos
acontecimientos de mayo de 1931 a la siembra de Pablo Iglesias, del
anarquismo y de las logias. Tampoco la asunción de los nacionalismos
catalán y vascongado, en cuyas entrañas se escondía la hidra del
federalismo. Ni la sangrienta revolución de octubre de 1934, fallida a
escala nacional, pronto reprimida en Cataluña y muy duro su
aplastamiento en Asturias, en el que participó el abuelo de Rodríguez a
las órdenes del general López Ochoa, de obediencia masónica, el cual
protagonizó por cuenta propia un anómalo pacto con los insurrectos,
cuando ya estaban vencidos, que les aseguraba la impunidad,
generalizada luego por Alcalá Zamora.
Paso por alto el prolongado periodo regeneracionista del régimen de
Franco, al que ya me referí en la crónica anterior. Pero no sin anotar,
a tenor de lo escrito y de lo sucedido en zona roja, que entraban en la
lógica del poder la represión de la masonería y el comunismo, amén de
las reparaciones a la Iglesia Católica.
UNA RUPTURA DISFRAZADA DE REFORMA
NO creo ocioso el anterior y sucinto recorrido por la influencia
francmasónica en el acontecer político español desde la Guerra de
Independencia y la emancipación de las provincias ultramarinas a
nuestros días. Pese a sus grandes trazos, explica en buena medida el
sesgo de los acontecimientos tras la muerte de Franco. Me refiero a la
conversión del proceso de reforma en ruptura encubierta y a la
reaparición del hilo conductor masónico en el contenido de la
constitución de 1978. Y anoto respecto a la ductilidad y posibilismo
socialistas un dato que omití en mi anterior crónica: Felipe González
pidió el voto en contra en el referéndum de aprobación de la Ley de
Reforma Política, para subirse luego al carro de la democratización
partitocrática. Comportamiento que se repetiría más tarde con el de
"OTAN, de entrada no", para más tarde sumarse con obligado entusiasmo
al otanismo, haciendo caso omiso de los acuerdos pactados con el PCUS
por la delegación del PSOE que, encabezada por Alfonso Guerra, fue
enviada a la URSS a poco de su reconocimiento legal.
El constitucionalismo comparado propende a subrayar las influencias
de unas de las llamadas cartas magnas en otras, cuyas dos matrices son
la norteamericana y la francesa, nacidas de ambas revoluciones en las
postrimerías del siglo XVIII. Pero suele ocultarse que el soporte
ideológico de ambas provenía del iluminismo, del que la francmasonería
es sustancial brazo instrumental. No soy especialista en Derecho
Constitucional. El conocimiento de sus fundamentos se los debo a
Francisco Javier Conde, mi catedrático de Derecho Político en la
Universidad Central, allá por los cuarenta. Junto a Francisco Fernández
Vallelado, uno de mis amigos del alma idos, me encargó un estudio
comparativo de las constituciones norteamericana, soviética y
portuguesa, que luego publicaríamos en el Boletín de los Seminarios de
Formación Política del Frente de Juventudes. Descubrimos, y acaso esa
fuera la intención del profesor Conde, la existencia de sustratos
comunes en las tres constituciones, pese a la diversidad política de
los regímenes de esos tres países. Y es en buena parta esa lejana
experiencia la que me ha impulsado a exponer la influencia
francmasónica en la azacaneada historia constitucional española, la
cual reaparece en 1978, producto de un golpe de Estado puesto que
aquellas Cortes no fueron elegidas como constituyentes. Una
ilegitimidad de origen que se ha traducido en ilegitimidad de ejercicio
a causa de las múltiples violaciones que ha sufrido durante sus 29 años
de vigencia.
Las notas a pie de página de Mariano Daranas a la constitución
española de 1978 ("Las constituciones europeas". Editora Nacional,
1979) ilustran sobre los precedentes del articulado en otras
constituciones y los preceptos de nuevo cuño respecto de nuestro
constitucionalismo. Anota no pocos reflejos de la constitución
republicana de 1931 y projimidades con la italiana, no en vano influida
por aquélla. Pero aún siendo esto expresivo del continuismo a que con
anterioridad me refería, es harto más importante el armazón autonomista
que, ligado a la introducción con calzador del término
"nacionalidades", encerraba tras su retórica el virus federalista e
incluso confederalista al que ahora asistimos de la mano de Rodríguez.
Las trasgresiones constitucionales menudearon desde el primer momento,
favorecidas en buena parte por la ambigüedad y las contradicciones en
que incurre el articulado. Y también a causa de que, una vez
consolidado el sistema de totalitarismo partitocrático, o de
"democracia ortopédica", han prevalecido los intereses de partido sobre
los de España y el Estado, no sólo en periodos de mayoría relativa.
Asimismo, en los de mayoría absoluta.
EL MONARCA FUE EL MOTOR DE LA RUPTURA
AÚN hoy, pese a la quiebra del sistema, la cual acarrea la de
España, persiste la cantinela del consenso de 1977, mediante el cual se
perseguía superar los enfrentamientos derivados de la guerra civil y
del periodo franquista. Pero cuando se analizan los pormenores del
transaccionismo partitocrático y la trastienda de la constitución del
78 se llega a la convicción de que lo actuado fue en realidad un
rebuscado encubrimiento de unas directrices de regresión histórica
previamente establecidas, como lo fueron en anteriores ocasiones de
emulsión pseudodemocrática. He reiterado en algunas de mis crónicas que
la clave del tránsito pacífico del régimen pragmático de Franco al
presuntamente democratizador radicó, como previó el anterior Jefe del
Estado, en la extensa y nueva clase media que éste había creado.
Se asistió en realidad a un golpe de Estado desde arriba. Lo
explica con claridad Gonzalo Fernández de la Mora en "Los errores del
cambio" (Ed. Plaza y Janés,1987), un libro inapreciable y muy actual,
pese a los años transcurridos, del que extraigo esta reveladora cita:
"La reforma institucional que Arias había acometido le pareció
insuficiente al Rey. En este momento quedó a plena luz que el motor del
cambio no era el pueblo, ni los sindicatos, ni la clase política; era,
como ha subrayado Areilza, el Monarca. En rigor, fue un cambio
libérrimamente otorgado, puesto no era visible ninguna presión ni de
las instituciones ni de la sociedad". Y añade para confirmarlo el
relato de su entrevista con Torcuato Fernández Miranda, cuando éste,
presidente de las Cortes y del Consejo del Reino, se afanaba en
asegurar el respaldo al cambio. El argumento esgrimido por Fernández
Miranda no dejaba lugar a dudas: "El Rey lo ha decidido y vamos a un
régimen pleno de partidos". ¿Tan "pleno" como el de la II República?,
le acosó Fernández de la Mora: "Y me dijo que no consideraba prudente
responderme". Ha resultado, en efecto, tan pleno como el de la II
República. Hasta el punto de que encierra no poco de coherencia el
hecho de que Rodríguez hable de "monarquía republicana".
Había masones entre los llamados "padres de la Constitución, amén
de algún que otro vinculado a la Trilateral y al Bilderberg. Y otros
que, sin tales vinculaciones, se dejaron seducir por quienes en la
comisión y fuera de ella llevaban la batuta. La constitución de 1978,
insisto, se configuraba como un marco elástico y posibilista para
llevar hasta sus últimas consecuencias las directrices básicas de una
conspiración que venía de lejos, según he tratado de explicar. Tan de
lejos, que incluso habríamos de remontarnos al Conde de Aranda.
El tramo final de la conspiración precisaba para consumarlo de un
personaje tan manejable, mediocre y sin escrúpulos como Rodríguez. Y de
un partido de su misma hechura que le siguiera con igual docilidad que
un perrillo faldero. Sin la intervención de las fuerzas ocultas que
durante el transaccionismo habían manejado los hilos sería inexplicable
que un donsillonesco como Rodríguez accediera a la secretaría general
del P(SOE); y luego, "por accidente", a la presidencia del gobierno.
Pero una legislatura no es suficiente para desarmar por completo al
Estado y destripar España, de acuerdo con lo convenido. De ahí que,
como decía al comienzo, las mismas fuerzas ocultas que lo auparon al
poder necesiten de un segundo mandato de Rodríguez y su caterva de
mamones para llevar a término los objetivos perseguidos por el
iluminismo desde hace dos siglos.
EL CORSE ELECTORAL FAVORECE A RODRÍGUEZ
EL examen de las cifras de las recientes elecciones municipales y
autonómicas conduce a conclusiones ilustrativas: el P(SOE) ha perdido
la totalidad de los votos conseguidos tras la artera manipulación del
trágico y propiciatorio "accidente" del 11 de marzo de 2004, aunque
mantiene su tradicional base electoral; el PP mantiene a su vez un leal
soporte electoral, si bien ha dilapidado el amplio segmento de votos
que dio la mayoría absoluta a Aznar para su segunda legislatura; los
partidos del nacionalismo periférico, los autonomistas de otras
regiones e IU también cedieron, aunque en pequeños porcentajes, habida
cuenta de su enfeudamiento territorial; la abstención y los votos en
blanco o nulos crecieron de manera ostensible y configuran la masa del
descontento que para algunos es la cesta del centro, la cual pugnan
inútilmente por atraerse los dos partidos mayoritarios y pretenden
ocupar iniciativas como Ciudadanos por Cataluña o el que puede surgir
en torno al asociacionismo antiterrorista, a las que debería servirles
de advertencia el fracaso de la "operación Roca", a la que Punset
prestó ayuda tecnológica desde la sombra; el P(SOE) se quedó atrás en
un buen número de ciudades y autonomías clave al tiempo que el PP
perdía mayorías absolutas, pero los de Rodríguez se aliaron con los
minoritarios para subirse al poder, al igual que en el gobierno
central.
Rajoy ha pedido una reforma electoral limitada para que accedan al
poder los partidos que logren la mayoría, aunque sea relativa. Un
parche, pues el problema es más profundo y exigiría una radical reforma
electoral. Pero los constitucionalistas, condicionados por el
imperativo federalista escondido en el Estado de las Autonomías, se
cuidaron de poner freno a esa posibilidad para cosificar la "democracia
ortopédica". La vuelta atrás tropieza con esa barrera, aunque podría
ser derribada al igual que ha sucedido con otros preceptos de una
constitución más agujereada que el subsuelo de Castilla por los topos.
También los topos invaden hoy la partitocracia y actúan de manera más o
menos solapada para que Rodríguez y sus huestes consigan una segunda
legislatura y concluyan la tarea de voladura de España.
La perdurabilidad o no de los políticos no depende ya de su gestión
en el gobierno o de su capacidad para ejercer una oposición realista y
atrayente. Está en manos de los laboratorios de imagen, de la
manipulación de las encuestas y de los medios. Es el gran fraude de la
democracia actual que denunciaba Sartori. Un teatro del absurdo que
encadenas las masas electorales a unas siglas. Hasta el punto de anular
en ellas un mínimo atisbo crítico, conducirlas a la aceptación de
cualesquiera aberraciones de los dirigentes de su partido y tener al
partido opositor como enemigo irreconciliable al que odiar y abatir.
Una mentalidad kafkiana que se atribuye a los extremismos de uno y otro
signo, sobre todo si se les califica de nazis o fascistas, pero que
históricamente es más acusada en la izquierda.
LA CAMISA DE FUERZA MEDIATICA Y LOS TOPOS CONDICIONAN AL PP
EN la "democracia ortopédica" lleva siempre las de ganar el que
tiene tras de sí el aparato mediático más influyente. Y ahí reside
precisamente la ventaja de Rodríguez y los perros ladradores de que se
ha rodeado o le han sido facilitados por concretas logias. Algunos
lamentan en la derecha convencional, o de etiqueta, que Aznar y Rato no
aprovecharan su mayoría absoluta para cerrar el paso a la expansión de
Prisa y no favorecieran la creación de un poder mediático propio. No
creo que fuera por torpeza o por exceso de confianza. En ese aspecto
fue decisivo el papel de Rato. Y llama la atención que un político tan
hábil e inteligente dejara escapar ocasión tan propicia, a no ser que
la causa de la inhibición proviniera de que Polanco conociera su flanco
débil y le amenazara con ponerlo al descubierto y arruinar su carrera
política. Llama la atención, asimismo, que el vicepresidente de un
gobierno derrotado en las urnas se viera catapultado casi de inmediato
a la dirección de un organismo internacional tan influyente como el
FMI, hígado de la globalización financiera. Y que su sorpresiva
renuncia a tan suculento pastel se haya aprovechado de inmediato por
unos y otros poderes mediáticos para exaltarlo, junto a Ruiz-Gallardón,
como relevo necesario a Rajoy. Rato Ruiz-Gallardón, nunca han ocultado
su inclinación hacia el llamado "centro progresista". O sea,
capitalismo liberalista a ultranza e izquierda tópica en lo demás,
incluído un laicismo de vieja estirpe. Algo así, frente a Rodríguez,
como un alternativa socialdemócrata ilustrada.
El problema del PP es equivalente al que sufre "ABC". El órgano
monárquico padeció una grave crisis financiera como consecuencia de las
aventuras expansivas de Torcuato Luca de Tena. Luís María Ansón logró
remontar la crisis. Pero sin restar a Ansón méritos periodísticos,
conviene recordar que la desaparición de "El Alcázar" y de "YA" llevó a
"ABC" una masa de lectores que apenas si tenían otra opción. Muchos de
ellos se fueron tras de él a "La Razón" cuando el diario, ya sólo
facialmente çorgano monárquico, cayó en manos de Vocento y empezó a
vérsele el plumero vasquista y centroprogresista. Determinadas
incorporaciones de firmas que exhalan resentimientos personales o
ideológicos hacia el PP, Rajoy y algunos de sus dirigentes, han
favorecido una creciente huida de lectores cuya entidad ya ha provocado
severas tensiones internas entre sus accionistas mayoritarios.
También "El Mundo" se ha visto favorecido por la regresión de "ABC"
al mantener una acusada línea editorial contra el P(SOE), Rodríguez y
los nacionalismos secesionistas. Pero Pedro J. Ramírez sólo es
partidario de sí mismo y de sus nada desdeñables intereses, además de
que su socio italiano milita en la orilla progresista, inclinación que
es claramente perceptible en "El Mundo" fuera del ámbito de la
confrontación partitocrática. Aunque todavía de manera un tanto
soterrada, "El Mundo" comienza a virar hacia la condescendencia con
Rodríguez y as despegarse de Rajoy, sea por intereses personales de
Pedro. J. Ramírez o por ocultos imperativos.
Rajoy y el PP afrontan una encrucijada electoral asaz problemática
y un tanto pareja a la de "ABC" antes relatada. Ni con Rato ni con
Ruiz-Gallardón arrancará el PP votos al P(SOE), cuyos electores
defraudados se irán a la abstención; o a IU los más radicales. Rato y
Ruiz-Gallardón acentuarán el rechazo de un sector del electorado
conservador, buena parte del cual se refugiará en la abstención, harto
de votar al PP, "tapándose las narices", para que no gane la izquierda
socialista. Mal que pese a determinados columnistas que "ABC"
intercambia con "Estrella Digital", la única posibilidad electoral de
crecimiento que se ofrece al PP es la de rescatar los votos que se le
han ido a la abstención. Y para conseguirlo, pese a tener en contra la
gran masa del poder mediático y financiero, habrá encontrar una
respuesta congruente de índole patriótica, moral y social a las
aspiraciones de esa gran masa de electores defraudados que aman a
España y están contra la deriva estatutaria en la que torpemente han
entrado los populares. Este y no otro es el centro a ganar en toda
España. Temo, sin embargo, que puedan más la presión equívoca de los
medios y los topos introducidos por la masonería en sus estructuras.
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