Alto el pabellón PDF Imprimir E-mail
Escrito por Herman Tertsch   
Miércoles, 30 de Abril de 2008 00:10
En el ABC.- ... el acto de piratería ha sido un éxito avasallador. Sus autores se jactan de ello en las radios locales. El rescate casi triplica el cobrado hace un año por un inmenso portacontenedores de Taiwán. Nuestra fama de generosos y poco problemáticos a la hora de acatar órdenes bajo amenazas se extiende. Nuestro talante, afable y nada rencoroso, puede ser pronto lugar común entre quienes se dedican a estas actividades osadas pero muy lucrativas y, si las víctimas son españoles, de bajo riesgo. El respeto internacional de un país se gana en generaciones pero -ya ven- se puede dilapidar en una legislatura. ...

ES harto improbable que los piratas y terroristas que secuestraron el atunero «Playa de Bakio» lo eligieran como objetivo precisamente por ser un barco español. Especialmente porque los pesqueros vascos jamás llevan la bandera española cuando están en sus puertos y la inmensa mayoría tampoco cuando navega. En Bermeo, en Lequeitio, en Ondárroa o en Pasajes, las únicas banderas españolas son las que portan los veleros franceses, alemanes, daneses u holandeses que la izan junto a la bandera nacional propia al entrar en aguas españolas. Deduzco que la ikurriña no impresionó mucho a los piratas somalíes. Al menos no tanto como las banderas rusa y japonesa, frecuentes por aquellos mares. Los barcos bajo estos dos pabellones bien altos gozan, se cuenta, de inmunidad a los ataques piratas. Imponen respeto. Es probable que la francesa también sea ya recomendable después de la operación militar que concluyó con la muerte o captura y posterior traslado a Francia de todos los implicados en el secuestro del crucero «Le Ponant».
Por el contrario, los pesqueros españoles van a tener a partir de ahora más razones que la simple fobia abertzale antiespañola para no izar la enseña nacional. Raro sería este mundo si un acto criminal pudiera concluir con la felicidad ilimitada de todos los implicados, víctimas y secuestradores, Gobiernos implicados y, sí se nos apura, las víctimas futuras de unos criminales hoy más ricos, poderosos y pertrechados que hace una semana. A falta de que el Gobierno nos informe y deje de insultarnos con su ridículo cuento de la «operación diplomática», sólo tenemos dos hechos ciertos. El primero, del que nos alegramos todos, es que los marineros, libres e ilesos, llegan hoy a sus hogares. El segundo, que a muchos parece no importar y alguno quiere ocultar, es que el acto de piratería ha sido un éxito avasallador. Sus autores se jactan de ello en las radios locales. El rescate casi triplica el cobrado hace un año por un inmenso portacontenedores de Taiwán.
Nuestra fama de generosos y poco problemáticos a la hora de acatar órdenes bajo amenazas se extiende. Nuestro talante, afable y nada rencoroso, puede ser pronto lugar común entre quienes se dedican a estas actividades osadas pero muy lucrativas y, si las víctimas son españoles, de bajo riesgo. El respeto internacional de un país se gana en generaciones pero -ya ven- se puede dilapidar en una legislatura. Si te pierden el respeto en los foros internacionales la consecuencia es la irrelevancia. Si te lo pierden los matones, sean Gobiernos o bandas, se dispara el riesgo. El Gobierno Z lo ha logrado. Curiosos guiños del devenir. Se envolvió en la enseña nacional hace meses tras años de ridiculizar y difamar como «provocadores» o «crispadores» a quienes demandan su presencia en toda España como símbolo de la libertad frente al acoso nacionalista. Logrará que portarla por el mundo se convierta en riesgo mayor que pasearla por Ondárroa.
 
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