ES harto improbable que los piratas y terroristas que
secuestraron el atunero «Playa de Bakio» lo eligieran como objetivo
precisamente por ser un barco español. Especialmente porque los
pesqueros vascos jamás llevan la bandera española cuando están en sus
puertos y la inmensa mayoría tampoco cuando navega. En Bermeo, en
Lequeitio, en Ondárroa o en Pasajes, las únicas banderas españolas son
las que portan los veleros franceses, alemanes, daneses u holandeses
que la izan junto a la bandera nacional propia al entrar en aguas
españolas. Deduzco que la ikurriña no impresionó mucho a los piratas
somalíes. Al menos no tanto como las banderas rusa y japonesa,
frecuentes por aquellos mares. Los barcos bajo estos dos pabellones
bien altos gozan, se cuenta, de inmunidad a los ataques piratas.
Imponen respeto. Es probable que la francesa también sea ya
recomendable después de la operación militar que concluyó con la muerte
o captura y posterior traslado a Francia de todos los implicados en el
secuestro del crucero «Le Ponant».
Por el contrario, los pesqueros españoles van a tener a
partir de ahora más razones que la simple fobia abertzale antiespañola
para no izar la enseña nacional. Raro sería este mundo si un acto
criminal pudiera concluir con la felicidad ilimitada de todos los
implicados, víctimas y secuestradores, Gobiernos implicados y, sí se
nos apura, las víctimas futuras de unos criminales hoy más ricos,
poderosos y pertrechados que hace una semana. A falta de que el
Gobierno nos informe y deje de insultarnos con su ridículo cuento de la
«operación diplomática», sólo tenemos dos hechos ciertos. El primero,
del que nos alegramos todos, es que los marineros, libres e ilesos,
llegan hoy a sus hogares. El segundo, que a muchos parece no importar y
alguno quiere ocultar, es que el acto de piratería ha sido un éxito
avasallador. Sus autores se jactan de ello en las radios locales. El
rescate casi triplica el cobrado hace un año por un inmenso
portacontenedores de Taiwán.
Nuestra fama de generosos y poco problemáticos a la hora
de acatar órdenes bajo amenazas se extiende. Nuestro talante, afable y
nada rencoroso, puede ser pronto lugar común entre quienes se dedican a
estas actividades osadas pero muy lucrativas y, si las víctimas son
españoles, de bajo riesgo. El respeto internacional de un país se gana
en generaciones pero -ya ven- se puede dilapidar en una legislatura. Si
te pierden el respeto en los foros internacionales la consecuencia es
la irrelevancia. Si te lo pierden los matones, sean Gobiernos o bandas,
se dispara el riesgo. El Gobierno Z lo ha logrado. Curiosos guiños del
devenir. Se envolvió en la enseña nacional hace meses tras años de
ridiculizar y difamar como «provocadores» o «crispadores» a quienes
demandan su presencia en toda España como símbolo de la libertad frente
al acoso nacionalista. Logrará que portarla por el mundo se convierta
en riesgo mayor que pasearla por Ondárroa.



