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1.- Los verdaderos
liberales
Eran ilustrados hasta la médula,
pero se percataron a tiempo de que Napoleón no representaba a la Ilustración
sino lo contrario: la tiranía, el plebeyo afán de emular a los reyes y el
militarismo más ramplón.
Eran progresistas pero, por esa razón, se dieron
cuenta de que la Francia napoleónica iba contra el progreso y hasta contra sí
misma pues desangró a su mejor juventud en los campos de batalla y perdió el
primer tren de la
industrialización. Eran afrancesados, sí, pero se rebelaron
contra los franceses. Supieron dejar de mirar ciegamente a la teoría aprendida,
a la propaganda manida, al tópico simplista, al estereotipo cómodo, a la moda
superficial, al progresismo oficial, a la "progresía" de la época,
y girar la cabeza hacia su pueblo, hacia su nación, hacia su corazón y hacia la realidad. Supieron
entender, más allá de las etiquetas, los clichés y los carnés de
revolucionario, lo que estaba sucediendo en España y ponerse del lado de su
paisanaje para luchar contra el invasor.
2.- El ejemplo de
Jovellanos
El hombre que mejor representa ese
giro de la mirada que, antes que ideológico, habría que llamarlo
"intelectual" y "moral", es Jovellanos. Uno ha tratado
muchas veces de imaginar cómo sería la cabeza de ese hombre que, en un tiempo
de tinieblas en el que parecen nublados las reflejos del Siglo de las Luces, es
capaz de ver el verdadero norte de la centuria que queda atrás, lo esencial, lo
realmente importante, y prescindir de los ropajes que se han convertido en
disfraces. Jovellanos tiene claro, en contraste y en contra de muchos de sus
compatriotas intelectuales, que Ilustración y patriotismo no son conceptos que
tengan que estar enfrentados y que nunca será más moderno ni más europeo ni más
intelectual ni más amante de la libertad que poniéndose de parte del pueblo
llano y enfrentándose al Napoleón que ya para entonces había defraudado a
Hegel, a Hölderlin y a Schelling como nos los recuerda Félix de Azúa en un fino
ensayo titulado "El aprendizaje de la decepción".
Se habla estos días de los
bonapartistas y se les llama traidores. Quizá lo que de verdad habría que
llamarles es provincianos porque toda su ceguera se
debía al desconocimiento, la frivolidad y el afán por estar en lo que creían
que era "la pomada ilustrada".
No sabían que la Ilustración ya iba en Europa por otra parte. Así que
Jovellanos, además de un patriota, fue un ilustrado auténtico y un hombre al
día. Jovellanos es quien salva, paradójicamente, la dignidad de los
afrancesados al elegir el bando acertado en contra de quienes se aliaron con el
enemigo de España creyendo que la Historia estaba de su parte. ¿De que nos
suena ésto? ¿Quizá del presente?
Jovellanos supo estar siempre donde
había que estar y cuando había que estar. Y lo hizo con sencillez y
naturalidad, sin estridencias ni protagonismos estelares. A uno de Jovellanos
le conquista lo que tiene de personaje gris y a la vez de inteligente, de
recto, de comprometido y de templado. Con esa sencillez y esa naturalidad suyas
Jovellanos le da calabazas al poder cuando llama a su puerta. Rechaza la
cartera de Justicia que le propone José Bonaparte y acto seguido acepta entrar
en la Junta Central
en defensa de nuestra nación. El pasado 2 de mayo yo me acordé de ese asturiano
culto, de ese afrancesado listo, de ese santo laico, como de ese giro lúcido y
ético de su mirada que todavía nos ilumina en un tiempo de oscuridad.
3.- Ideología del
1808
Pocas conmemoraciones podrá haber
más oportunas que la del bicentenario de la Guerra de la Independencia que se
nos acaba de venir encima y que puede convertirse -si usamos la inteligencia-
en un impagable instrumento para conjurar toda la subcultura guerracivilista que
nos ha traído el zapaterismo. ¿Qué mejor antídoto contra la impostada
reposición que durante cuatro años hemos vivido de la contienda del 36, o sea
de la guerra que nos dividió a los españoles, que la rememoración del 2 de mayo
de 1808 y de esa otra guerra que nos unió hasta el punto de hacer nacer la
nación española a la legitimidad popular y a la legalidad contemporánea?
Y es que, por más que en estos días
haya quien se empeñe en presentar la reacción española contra la invasión
francesa como una reacción contra la Ilustración e incluso como una guerra
civil (algunos no reparan en gastos), el 1808 va indefectiblemente unido al 1812, a la primera de
nuestras Constituciones liberales. En este sentido es un acierto que la Fundación Dos de
Mayo Nación y Libertad, que ha sido creada para celebrar el bicentenario y que
dirige el historiador Fernando
García de Cortázar, prolongue su actividad durante cuatro
años hasta la conmemoración del nacimiento de "La Pepa".
Porque, además de lo que tuvo de
reafirmación heroica de la unidad nacional, es hora de reivindicar lo que
aquella guerra tuvo de esencialmente progresista. A este PSOE que, sólo por
congraciarse con los nacionalismos más esencialistas y recalcitrantemente
conservadores, ha jugado a identificar el propio concepto de nación española
con lo reaccionario, hay que recordarle con su mismo estilo machacón durante
toda la próxima legislatura y gobierne quien gobierne que cuando los españoles
nos hemos unido en un sacrificio patriótico lo que ha salido no es un bodrio
integrista y caciquil. La Guerra de la Indepedencia no desemboca en la España
del cura Merino ni en la de los terratenientes sino en la España de las Cortes
de Cádiz. El bicentenario del Dos de Mayo no se debe quedar en una
conmemoración pomposa sino en el curso democrático que no hemos tenido.
Hay que hacer, sí, ideología del
1808 y eso empieza por valorar en toda su dimensión filosófica y moral aquel
viraje político de los afrancesados que se ponen de parte del pueblo español y
que rechazan la invasión francesa porque comprenden que nunca serán más
ilustrados ni más liberales ni más progresistas que oponiéndose a un Napoleón
que ha dejado de representar hace años esos ideales. Tal viraje lo que
he llamado "el giro de Jovellanos"- les generó un caro coste vital
a aquellos verdaderos intelectuales que no fueron entendidos ni por sus
enemigos integristas ni por sus amigos instalados en un afrancesamiento
estereotipado y provinciano, si bien les quedó la gloria -como he dicho- de
haber sintonizado con lo mejor del pensamiento europeo, con el desencanto de
ese Beethoven que ya había renunciado para entonces a llamar
"Napoleónica" a su Tercera
Sinfonía.
Uno comprende que tiene que ser duro
para el PSOE de Zapatero haber hecho un esfuerzo tan descomunal para
desenterrar todos los fantasmas del 36, haber dedicado toda la pasada Legislatura
a la división de las dos Españas, haber puesto, en fin, toda la carne
ideológica en el asador del guerracivilismo, y que de repente se le venga
encima la guerra que nos unió a todos. Pero hay que aceptar las derrotas, sobre
todo las derrotas del tiempo que son más importantes y decisivas que las
electorales. El guerracivilismo, como los secesionismos nacionalistas, van en contra del espíritu de este tiempo. Y querer
convertir el 1808 en una guerra civil es el ejemplo más conmovedor, sangrante y
divertido de quienes carecen de capacidad para perder no ya unas elecciones
sino la guerra de los valores y las ideas, de la realidad y de la verdad. Como
representa también un pintoresco ejemplo de enajenación moral, intelectual e
histórica la pretensión desde el conservadurismo más reaccionario de convertir
nuestra Guerra de Indepedencia en una cruzada integrista como la del 36. Es
sintomático que la izquierda y la derecha más rancias se den la mano en la
misma demencial tesis. Pero ni Francisco Franco ni Pepiño Blanco habían nacido
en 1808.
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