El giro de Jovellanos, o la guerra que nos unió PDF Imprimir E-mail
Escrito por Iñaki Ezkerra, presidente del Foro Ermua   
Miércoles, 07 de Mayo de 2008 15:40

1.- Los verdaderos liberales

             Eran ilustrados hasta la médula, pero se percataron a tiempo de que Napoleón no representaba a la Ilustración sino lo contrario: la tiranía, el plebeyo afán de emular a los reyes y el militarismo más ramplón.

Eran progresistas pero, por esa razón, se dieron cuenta de que la Francia napoleónica iba contra el progreso y hasta contra sí misma pues desangró a su mejor juventud en los campos de batalla y perdió el primer tren de la industrialización. Eran afrancesados, sí, pero se rebelaron contra los franceses. Supieron dejar de mirar ciegamente a la teoría aprendida, a la propaganda manida, al tópico simplista, al estereotipo cómodo, a la moda superficial, al progresismo oficial, a la "progresía" de la época, y girar la cabeza hacia su pueblo, hacia su nación, hacia su corazón y hacia la realidad. Supieron entender, más allá de las etiquetas, los clichés y los carnés de revolucionario, lo que estaba sucediendo en España y ponerse del lado de su paisanaje para luchar contra el invasor.

 

2.- El ejemplo de Jovellanos

             El hombre que mejor representa ese giro de la mirada que, antes que ideológico, habría que llamarlo "intelectual" y "moral", es Jovellanos. Uno ha tratado muchas veces de imaginar cómo sería la cabeza de ese hombre que, en un tiempo de tinieblas en el que parecen nublados las reflejos del Siglo de las Luces, es capaz de ver el verdadero norte de la centuria que queda atrás, lo esencial, lo realmente importante, y prescindir de los ropajes que se han convertido en disfraces. Jovellanos tiene claro, en contraste y en contra de muchos de sus compatriotas intelectuales, que Ilustración y patriotismo no son conceptos que tengan que estar enfrentados y que nunca será más moderno ni más europeo ni más intelectual ni más amante de la libertad que poniéndose de parte del pueblo llano y enfrentándose al Napoleón que ya para entonces había defraudado a Hegel, a Hölderlin y a Schelling como nos los recuerda Félix de Azúa en un fino ensayo titulado "El aprendizaje de la decepción".

            Se habla estos días de los bonapartistas y se les llama traidores. Quizá lo que de verdad habría que llamarles es provincianos porque toda su ceguera se debía al desconocimiento, la frivolidad y el afán por estar en lo que creían que era "la pomada ilustrada".  No sabían que la Ilustración ya iba en Europa por otra parte. Así que Jovellanos, además de un patriota, fue un ilustrado auténtico y un hombre al día. Jovellanos es quien salva, paradójicamente, la dignidad de los afrancesados al elegir el bando acertado en contra de quienes se aliaron con el enemigo de España creyendo que la Historia estaba de su parte. ¿De que nos suena ésto? ¿Quizá del presente?

            Jovellanos supo estar siempre donde había que estar y cuando había que estar. Y lo hizo con sencillez y naturalidad, sin estridencias ni protagonismos estelares. A uno de Jovellanos le conquista lo que tiene de personaje gris y a la vez de inteligente, de recto, de comprometido y de templado. Con esa sencillez y esa naturalidad suyas Jovellanos le da calabazas al poder cuando llama a su puerta. Rechaza la cartera de Justicia que le propone José Bonaparte y acto seguido acepta entrar en la Junta Central en defensa de nuestra nación. El pasado 2 de mayo yo me acordé de ese asturiano culto, de ese afrancesado listo, de ese santo laico, como de ese giro lúcido y ético de su mirada que todavía nos ilumina en un tiempo de oscuridad.

 

 

3.- Ideología del 1808

             Pocas conmemoraciones podrá haber más oportunas que la del bicentenario de la Guerra de la Independencia que se nos acaba de venir encima y que puede convertirse -si usamos la inteligencia- en un impagable instrumento para conjurar toda la subcultura guerracivilista que nos ha traído el zapaterismo. ¿Qué mejor antídoto contra la impostada reposición que durante cuatro años hemos vivido de la contienda del 36, o sea de la guerra que nos dividió a los españoles, que la rememoración del 2 de mayo de 1808 y de esa otra guerra que nos unió hasta el punto de hacer nacer la nación española a la legitimidad popular y a la legalidad contemporánea?

            Y es que, por más que en estos días haya quien se empeñe en presentar la reacción española contra la invasión francesa como una reacción contra la Ilustración e incluso como una guerra civil (algunos no reparan en gastos), el 1808 va indefectiblemente unido al 1812, a la primera de nuestras Constituciones liberales. En este sentido es un acierto que la Fundación Dos de Mayo Nación y Libertad, que ha sido creada para celebrar el bicentenario y que dirige el historiador Fernando García de Cortázar, prolongue su actividad durante cuatro años hasta la conmemoración del nacimiento de "La Pepa".

            Porque, además de lo que tuvo de reafirmación heroica de la unidad nacional, es hora de reivindicar lo que aquella guerra tuvo de esencialmente progresista. A este PSOE que, sólo por congraciarse con los nacionalismos más esencialistas y recalcitrantemente conservadores, ha jugado a identificar el propio concepto de nación española con lo reaccionario, hay que recordarle con su mismo estilo machacón durante toda la próxima legislatura y gobierne quien gobierne que cuando los españoles nos hemos unido en un sacrificio patriótico lo que ha salido no es un bodrio integrista y caciquil. La Guerra de la Indepedencia no desemboca en la España del cura Merino ni en la de los terratenientes sino en la España de las Cortes de Cádiz. El bicentenario del Dos de Mayo no se debe quedar en una conmemoración pomposa sino en el curso democrático que no hemos tenido.

            Hay que hacer, sí, ideología del 1808 y eso empieza por valorar en toda su dimensión filosófica y moral aquel viraje político de los afrancesados que se ponen de parte del pueblo español y que rechazan la invasión francesa porque comprenden que nunca serán más ilustrados ni más liberales ni más progresistas que oponiéndose a un Napoleón que ha dejado de representar hace años esos ideales. Tal viraje –lo que he llamado "el giro de Jovellanos"- les generó un caro coste vital a aquellos verdaderos intelectuales que no fueron entendidos ni por sus enemigos integristas ni por sus amigos instalados en un afrancesamiento estereotipado y provinciano, si bien les quedó la gloria -como he dicho- de haber sintonizado con lo mejor del pensamiento europeo, con el desencanto de ese Beethoven que ya había renunciado para entonces a llamar "Napoleónica"  a su Tercera Sinfonía.

            Uno comprende que tiene que ser duro para el PSOE de Zapatero haber hecho un esfuerzo tan descomunal para desenterrar todos los fantasmas del 36, haber dedicado toda la pasada Legislatura a la división de las dos Españas, haber puesto, en fin, toda la carne ideológica en el asador del guerracivilismo, y que de repente se le venga encima la guerra que nos unió a todos. Pero hay que aceptar las derrotas, sobre todo las derrotas del tiempo que son más importantes y decisivas que las electorales. El guerracivilismo, como los secesionismos nacionalistas, van en contra del espíritu de este tiempo. Y querer convertir el 1808 en una guerra civil es el ejemplo más conmovedor, sangrante y divertido de quienes carecen de capacidad para perder no ya unas elecciones sino la guerra de los valores y las ideas, de la realidad y de la verdad. Como representa también un pintoresco ejemplo de enajenación moral, intelectual e histórica la pretensión desde el conservadurismo más reaccionario de convertir nuestra Guerra de Indepedencia en una cruzada integrista como la del 36. Es sintomático que la izquierda y la derecha más rancias se den la mano en la misma demencial tesis. Pero ni Francisco Franco ni Pepiño Blanco habían nacido en 1808.

 
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