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Los
antiguos griegos decían que el ser de las cosas, lo que
auténticamente eran, más allá de las
apariencias, residía en su naturaleza. Y, de forma dominante,
entendieron que la naturaleza de las cosas consistía en
aquello que fueron en el principio, en el momento en que se
originaron. Hubo que esperar a Aristóteles para que, a través
de su concepto de la "causa final", las mentes se abrieran a la
idea de que el ser de las cosas esperaba al final, que el tiempo
trabajaba a favor de que lo que una cosa era en potencia fuese
actualizándose hasta lograr realizarse, hasta alcanzar su
forma, lo que el fundador del Liceo ateniense denominó
"entelequia".
Recuerdo
los tiempos de la Transición, en los que la ideología
marxista nos salía por las orejas a todos los que, en mayor o
menor medida, participábamos del movimiento estudiantil.
Recuerdo cómo, impregnados asimismo de la perspectiva
naturalista, justificábamos a Marx diciendo que, en su origen,
en su estado puro, el marxismo era una buena teoría, que no
podíamos juzgar tales ideas a la luz de sus resultados, porque
el traidor Lenin, y el requetetraidor Stalin, habían
pervertido una teoría que, como hubiera dicho Rousseau, "era
buena por naturaleza". El pensamiento habitualmente llamado
"progresista", paradójicamente, ha solido adolecer de la
falta de conceptos como aquellos que en la antigua Grecia proporcionó
Aristóteles, destinados a valorar una cosa no por lo que
pretenda haber sido originalmente, sino por lo que demuestre ser
después de progresar
hasta el final.
El
Estado de las Autonomías, tal y como se presentó en el
momento de nacer (en su momento "natural"), pretendía
resolver los lastres que como nación arrastrábamos
desde, sobretodo, el siglo XIX, en que las pugnas entre el carlismo
absolutista y el liberalismo no concluyeron en el definitivo
carpetazo a los diversos fueros y privilegios regionales que habían
sido característicos de la organización territorial de
todo el Occidente en la Edad Media. Aquí, en España, se
acabaron entendiendo esas "diferencias" entre regiones de forma
esencialista, como caracteres definitorios irrenunciables, y no como
lo que realmente eran: el producto de un retraso histórico que
las demás naciones de nuestro entorno fueron resolviendo a lo
largo del período de la Ilustración.
El
Estado de las Autonomías nacido en 1978 rebosaba de buenas
intenciones. Podríamos decir que "era bueno por naturaleza".
Pero quedarse anclado en una perspectiva que sólo permite
valorar las cosas en función de lo que eran en el origen es
claramente insuficiente. Una mirada progresista debe de valorar las
cosas no por lo que eran al nacer, sino por lo que son observadas
desde el futuro, es decir, a la luz de sus resultados. Y treinta años
después, el resultado de la organización territorial
decidida en el 78 es el deshilachamiento del Estado, la pérdida
de buena parte de la cultura común y de los vínculos
afectivos entre los españoles (especialmente en aquellas
regiones en que dominan los nacionalistas), la dispersión
legislativa que debía de haberse superado ya definitivamente
con la Ilustración, la profundización en la mentalidad
foralista, esto es, reaccionaria, propia de los tiempos feudales,
demostrada con los nuevos Estatutos de Autonomía
Y para
remate, el ataque inclemente en amplias zonas del país al
medio de comunicación básico de los españoles,
y, consiguientemente, nuestro principal instrumento de cohesión:
la lengua española.
Los
nacionalistas tienen claro su objetivo final: regresar a la
fragmentación medieval del territorio nacional. Y saben cuál
es el instrumento clave: arrinconar la lengua común, con la
intención de verla desaparecer de sus ámbitos de
influencia en un plazo más o menos largo. Hablamos, de nuevo,
de resultados: en España, en un tercio del territorio
nacional, no es posible escolarizar, o no lo será de forma
inminente, a niños y jóvenes teniendo como lengua
vehicular al español.
Ya
son claramente visibles los resultados hacia los que, consciente o
inconscientemente, apuntaba aquel bienintencionado Estado de las
Autonomías: una confederación de miniestados o,
incluso, la disgregación plena de algunos territorios. En
suma: desandar los pasos que la historia ha ido dando desde la Edad
Media hacia la formación de las naciones modernas. Quienes
tengan una visión reaccionaria de las cosas (por ejemplo,
nuestros actuales gobernantes), pueden sentirse satisfechos. Pero
desde una visión progresista se hace hoy ineludible la
corrección del Estado de las Autonomías, articulada a
través de la reforma de la Constitución, para conseguir
ponernos de una vez a la altura de los tiempos.
Javier
Martínez Gracia, miembro del Comité provincial de UPyD (Unión, Progreso y
Democracia) de Burgos
[Publicado el 28 de julio en el Diario de Brugos. Cortesía del autor]
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