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Entre los rugidos del
populacho, el nuevo PP centrista de Mariano y la Camacho ha hecho su propio
homenaje al supuesto heroico héroe de la catalanidad más catalana. Un tal
Rafael Casanova, de hábitos zorrunos como es hacerse el muerto, estando muy
pero que muy vivo, para burlar a sus enemigos. Pero eso sí, como en el chiste,
pagando a los que certificaron en falso su muerte.
El nuevo equipo de Mariano
cantó luego Los segadores, en homenaje a las no menos centristas turbas
asesinas que rebanaron el aristocrático pescuezo con un hoz a Santa Coloma.
¿Qué hace un partido democrático
y liberal español en tal sarao?
Uno de los problemas de la actual situación
española, y no de los menores por sus implicaciones en la convivencia, es el de
la falsificación de la realidad histórica al modo que más negocio traiga al
nacionalismo rampante y sus cómplices por acción u omisión.
Si los terribles sucesos del
11 M, una de las fechas más aciagas para la suerte de España, están sin
aclarar, y como en el turbio caso del magnicidio del general Prim, el Poder
triunfante sobrevenido nunca querrá aclararlos, en otro 11 pre equinoccial, en
este caso del otoño, con un masoquismo digno de mejor causa se celebra todos
los años la manipulación una derrota en Cataluña. La de los defensores de la
candidatura del archiduque Carlos de Austria a suceder el trono de España, una
vez fracasadas todas las mañas, conjuros, magias e intrigas para que el
degenerado rey Carlos II el Hechizado lograra descendencia aunque fuera medianamente
tarada como la suya. Curioso caso, por cierto, el de su padre el rey Felipe IV
quien engendrara más de tres docenas de bastardos, más o menos guapos, sanos e
incluso inteligentes, y que, sin embargo, no pudiera lograr sino ese adefesio
en sus católicas coyundas con mujeres de sangre azul.
Por entonces nuestro gran
Quevedo se despachó muy a su gusto sobre la sedición catalana contra el conde
duque, arremetiendo contra “los traidores que se alegran de ver disminuida la
vara del que los castiga”, y sobre la “justicia de catalanes” en uno de sus apasionados
escritos políticos: “La rebelión de Barcelona ni es por güevo ni es por fuero”.
La llamada diada catalana celebra
un episodio posterior en la convulsa Historia de España. Uno más en la
lamentable guerra de Sucesión española, por la que los Borbones iniciaron su calamitoso
dominio sobre la Nación española, asolando la Patria en un mar de sangre y
destrucción y provocando la pérdida de su integridad territorial. Temporal en
el caso de la isla de Menorca. Definitiva en los casos de Sicilia y de
Gibraltar, sin obviar las futuras amputaciones en que degenere el estado de las
monárquico de las autonomías si España se abandona definitivamente a su suerte
como parece.
En este penoso proceso de deformación
o falsificación histórica se cuentan mohatras como las supuestas hazañas del
ínclito héroe catalanista Rafael Casanova, personaje más bien turbio, oscuro, no
citado por los principales historiadores contemporáneos.
Así, Don
Vicente Bacallar y Sanna en sus “Comentarios de la guerra de España” Vicente
Bacallar y Sanna, 1725) - segundo tomo, nos explica que:
A principios del año 1713 la
caída de Gerona…”consternó mucho a los Cathalanes, a favor de los quales se
publicó un nuevo Indulto. Estaban sordos a las voces de la clemencia, porque
los tenía Dios prevenido el castigo de la Rebelión. No era natural tanta
pertinacia, conjurados al propio daño …”
El 13 de marzo se firma el
Tratado de Utrech.
“Haviendo de sacar las
tropas de Barcelona mandó antes el Emperador que saliese de ella la Emperatriz
su muger como lo executó el 19 de marzo en la Armada Inglesa llevandose la
consigo la mayor parte de las Tropas en las mismas Naves. No es ponderable la
rabia que de esto concibieron los Cathalanes. Estaban ya desengañados que no
les socorrerian los Principes de la Liga: que era un delirio pensar quedarse
Republica, que precisamente los havía de desamparar el Emperador y se
obstinaron tanto, queriendo huir del dominio del Rey Phelipe, que por medio del
Ministro, que el Emperador tenía en Constantinopla pidieron auxilio al Otomano.
Las condiciones con que le imploraban no hemos podido saber a punto fixo. El
Conde de Saballa, y Pinos, que estaban en Viena, Procuradores de Cathaluña, manejaron
infelizmente este negocio, porque no quiso entrar en el Sultan, ya pareciendole
ardua empresa, ya por no romper con la Francia. Creyeron muchos que le ofrecian
los Cathalanes al Turco el Dominio del Principado de Cathaluña, conservandose
solo su Religión y sus Fueros: otros mejor informados, aseguraban que solo
pedian su auxilio y su amistad, para quedarse Republica, baxo el patrocinio de
la Casa Otomana: como quiera es bien negro renglón para los Cathalanes en la
historia tan ciega pertinacia, quando todavía ofrecia general Indulto el Rey
Cathólico.
Con la emperatriz se salieron de Cathaluña
todos los Rebeldes de distinción, que havia en ella, porque en aquel poco
angulo de tierra se havían juntado todos quantos havia havido en España. Ordenó
el Emperador que no passasen a Viena, con que se derramaron infelizmente por la
Italia: la mayor parte se quedo en Milan y Genova, no todos bien asistidos,
pues aunque no el Emperador, estaban los Alemanes cansados de los Españoles…” …
y don Vicente Bacallar,
marqués de san Felipe, prosigue contando minuciosa y a veces farragosamente las
incidencias de las batallas y escaramuzas a lo largo de 1714 entre ambos
contendientes reales, citando en el bando pro austriaco a Villarroel y sin que
mencione al tal Casanova, salvo una referencia a un cierto Cabo de los
conselleres de la ciudad.
Con insolencia tras sacar
bandera blanca exigieron al duque de Bervich, jefe de las tropas borbónicas,
amnistía general y restitución de privilegios.
Se negó a tal el duque, aunque
después que se rindieran los catalanes, nunca tuvo mayor compasión ni más
pciencia que Bervich……
Por fin se rinden los
rebeldes
Y Bervich ofreció además de a
la vida el respeto a las haciendas, si luego disponían se entregase Mallorca.
“A Barcelona se le
quitaron sus privilegios, y se pusieron Regidores, como en Castilla, arreglando
a estas leyes todo el Govierno. En esto paró la sobervia pertinaz de los Cathalanes,
su infidelidad y trayción. El Rey mandó quemar sus estandartes, embió veinte de los principales Cabos a varias
prisiones de España, entre ellos Villaroel, el general Armengol, el Marqués del
Peral…”
En la relación no figura el
tal Rafael Casanova, y que para entonces había comprado un oportuno certificado
de defunción.
Y prosigue el cronista
contemporáneo:
“Quatro mil hombres costó
este asalto, con dos mil heridos: tantos murieron de los Rebeldes. No faltó
quien aconsejó al Rey Phelipe, asolar la Ciudad, y plantar enmedio una columna.
No havia rigor que no mereciese, Ciudad, que havia sido el origen de tantos
males, y que habia quitado a la Monarquia tantos Reynos. El rey se excedió en
clemencia y la conservó, pero abatida”.
Si durante la anterior traición catalana
contra Felipe IV los rebeldes catalanes habían pedido el apoyo de Francia para
favorecer su sedición, ahora no dudaban en suplicar ayuda al sultán Turco,
monarca no de muy cristianas y liberales costumbres precisamente. Asunto este
de pedir socorro al turco que de haber tenido éxito hubiera sido una catástrofe
que hubiera dado al traste con las glorias gastronómicas catalanas del pan
tomaca. El pan y el ajo de Castilla, el tomate murciano y el jamón de cualquier
parte de España.
De modo que la actual
pretensión separatista de hacer partija con la herencia patrimonial de España negociando
de tú a tú con el resto de España y bajo la protección borbónica de Su (poco)
Católica Majestad tiene sus precedentes históricos.
Pero si las costumbres del
Sultán turco no eran muy católicas, o al menos no tantas ni tan claras como las
del muy luego Pretendiente Don Carlos, tan querido en esas tierras pre-nacionalistas,
cualquier cosa vale para que la feroz carcundia, la codicia y el ventajismo
catalanes se manifestasen en todo su glorioso esplendor.
Sin olvidar después los
golpes de Estado “republicanos” del coronel Maciá y del presidente Companys
proclamando
el Estat catalá. Y la bizarra
conducta del consejero o ministrillo de Seguridad de la Generalidad, un tal Dencás
que huyó como las ratas por las cloacas de Barcelona después de matar a varios
de los oficiales y miembros del destacamento que enviara el gobierno
republicano para detener a los nacionalistas catalanes golpistas del 34.
Pero cualquier pretexto es
bueno para la sin par alianza de civilizaciones entre la ambición caciquil, el
dinero y la felonía.
Tal inventarse un héroe
catalanista, que se hizo pasar por muerto, sobornando a un médico, y así “medio
muerto nada más” esconderse zorrunamente hasta que pasase el peligro. Es decir,
el héroe del fraude, la cobardía y el disimulo, a quien con suprema
incoherencia por no decir oportunismo y desvergüenza homenajean la Camacho y demás
fuerzas vivas en Cataluña.
No es intención de Sarastro
ofender a ninguna región española, ni a Cataluña, ni a los catalanes de bien,
pero menos es mi intención ofender a la verdad.
Y como decía La codorniz,
“donde no hay publicidad resplandece la verdad”.
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