Palabras pronunciada por la presidente de Coruña Liberal en un acto cívico de la celebración de la Fiesta nacional de España y de la Hispanidad, el 12 de octubre de 2008
Ante la indiferencia, en
el mejor de los casos, de la mayor parte de las élites
políticas por la Nación Histórica, es decir,
por las raíces de la nación cívica y política
constituida bajo la ley fundamental de 1978, tenemos que ser los
ciudadanos quienes recuerden que ésta no existiría sin
aquélla y que los fundamentos del orden político y de
la paz social, los derechos fundamentales, la libertad, la justicia y
la igualdad, se ponen en el mayor de los riesgos cuando admitimos el
olvido o la falsificación del proceso histórico en el
que azarosamente los hemos logrado.
La falta de relieve
oficial de la celebración de hoy, que podríamos decir,
de la nación histórica, creemos que forma parte de ese
proceso de amnesia oficial que se extiende a la menguante exaltación
de la nación política el 6 de diciembre, demostrando,
también en lo conmemorativo, que son dos realidades
inseparables.
Tenemos que ser los
ciudadanos quienes transmitamos a nuestros hijos la verdad histórica
de nuestra nación para protegerles de unos textos escolares de
adquisición forzosa que la falsifican y manipulan al servicio
de proyectos disgregadores anticonstitucionales, basados en la
homogeneidad etnolingüística interna, y movidos por el
odio a lo común, no sólo a lo simbólico
-señalando a la bandera- sino a todos y cada uno de los
fundamentos materiales de la unidad nacional simbolizada:
-
la lengua,
-
la Historia,
-
la realidad de una
sociedad española que se reconoce a sí misma como una
unidad diferenciada entre las demás naciones europeas de
historia paralela,
-
y todos los hechos
constitutivos de esa realidad.
Hoy, una mirada
alternativa a los fundamentos de nuestra Constitución
democrática y a la dinámica política, ofrece un
panorama desolador.
No se trata sólo de
los ultrajes crecientes y crecientemente desvergonzados, instigados a
veces desde las mismas instituciones que sostenemos, a los símbolos
de la soberanía nacional, a la unidad del pueblo español
como origen de todos los poderes del estado, como único
titular de aquella soberanía.
Si miramos a la división
de poderes, fundamento de cualquier constitución democrática,
antes, incluso del espectáculo de la última renovación
del Consejo del Poder judicial, hemos podido ver cómo algunas
togas se enlodaban en el llamado “proceso de paz”, en la peor
tradición del supuestamente derogado principio de 'unidad de
poder y coordinación de funciones'.
Antes, por lo menos, se
nos ahorraba la mentira de la división de poderes.
Si miramos a la vigencia
formal de los derechos fundamentales, vemos que,
frente a nuestra abolición
de la pena de muerte, hemos asistido durante la legislatura pasada a
la apoteosis parlamentaria del crimen, del asesinato como fundamento
último de la razón política.
¿O es que nuestros
políticos habrían articulado el diálogo con
quienes hacen política matando si no hubieran matado y si no
estuviesen dispuestos a seguir haciéndolo?
Sigue vigente y latente,
para oprobio de quienes la aprobaron y escarnio de los ciudadanos, la
resolución parlamentaria que suspendió, hasta hoy, el
estado de derecho.
Y somos los ciudadanos, el
movimiento cívico, quienes hemos de mantener la conciencia más
crítica frente a las groseras desviaciones de los principios,
de los fundamentos de nuestra constitución, y quienes exijamos
a los políticos la primacía de esos valores,
fundamentos y principios, como condición previa e
irrenunciable a cualquier consenso:
Es muy grave que los
políticos se pongan de acuerdo en una memoria histórica
oficial, cuando no es asunto del estado, salvo en las peores
pesadillas estalinistas, decretar una memoria oficial. Pero es más
grave cuando ese acuerdo agravia a unos ciudadanos, mezcla víctimas
inocentes con verdugos sanguinarios y no tiene otro propósito
que excluir de la vida política presente a quienes, dándolo
por bueno, se adhieren a él creyendo que así evitan esa
exclusión.
Es muy grave que los
políticos consensúen y legislen sobre los hábitos
lingüísticos de los ciudadanos y articulen un plan
totalitario para cambiarlos, sobre el supuesto inconcebible de que no
somos normales.
Ningún consenso
puede alcanzarse a costa de libertades tan elementales, y si tenemos
dos lenguas oficiales, los ciudadanos no deberíamos sufrir
injerencia alguna de los poderes públicos o de entidades
alentadas por ellos en la libertad de su uso indistinto y en la
igualdad de derechos y efectos, cualquiera que fuere la lengua
oficial que cada uno empleemos en cualquier momento.
Nuestros hijos viven
privados de estos derechos en la práctica totalidad del
horario escolar.
Por eso creemos muy
oportuno conmemorar la nación histórica, que es la
corriente que nos ha traído al presente, con unos derechos
fundamentales conquistados después de muchos errores, que no
deberíamos olvidar.
Por eso, entre otras
cosas, creemos muy oportuno que simples ciudadanos celebremos la
fiesta Nacional de España como fundamento de la Constitución,
y de la Hispanidad como ámbito en el que ejercer la libertad
cultural.
|