|
... la historia se empeña a veces en seguir unas
pautas prefijadas de un modo tan reiterativo que es como si quisiera
que ineludiblemente aprendiéramos determinadas lecciones. Pero los
hombres, reticentes, parece que no queremos saber de ella más que aquel
“homo antecesor” de Atapuerca que cuentan que cuando era adolescente
le llevó un día las notas de la escuela a su padre, el cual, desesperado,
se lamentaba: “Hijo mío, pase que me suspendas Lengua y Matemáticas…
¡Pero que me suspendas en Historia, cuando sólo llevamos dos páginas…!”.
Esas dos páginas se han
convertido a estas alturas en un montón de tomos, pero lo que aún permanece
constante por parte de demasiados es la misma escasa aplicación que manifestaba
aquel descuidado adolescente, lo cual vendría a demostrar que la evolución no
ha tenido excesiva prisa en dar sus pasos desde entonces, al menos en cuanto a
la comprensión del significado de la historia, y singularmente de aquellos
asuntos de los que nos advirtió el mismísimo Jesucristo cuando dijo aquello de
que "todo
reino dividido acaba en la ruina, ninguna ciudad o casa dividida puede
subsistir" (Mateo, 12, 22).
Para comprobarlo,
repasemos un poco la en este sentido recalcitrante historia de Occidente: empecemos
recordando cómo las antiguas ciudades-estado griegas demostraron gran pujanza y
vitalidad, hasta el punto de que, unidas, consiguieron rechazar, en las Guerras
Médicas de principios del siglo V a. C., los intentos anexionistas del Imperio
persa, que en principio contaba con una fuerza militar inmensamente superior. En
congruencia con esa gran victoria, las décadas que siguieron fueron las mejores
de la historia de Grecia. Pero finalmente divididas, las ciudades-estado
malgastaron su fuerza más adelante, en las devastadoras guerras intestinas del
Peloponeso, que tuvieron lugar en el tercio final del mismo siglo.
El Imperio romano, por
su parte, fue una potencia expansiva y civilizadora mientras su "modelo
territorial" fue una derivada de su fuerza aglutinante. Pero a partir del
emperador Cómodo, que empezó a gobernar en el 181, comenzaron las "invasiones
pacíficas" de los bárbaros. Se empezó así a diluir aquella potencia unificadora
que Roma significó, y fueron apareciendo tendencias centrífugas por todos los
lados. Llegó a haber generales que, ensoberbecidos dentro de su trozo de mapa cual
si fueran unos lendakaris cualesquiera, declaraban su independencia frente al
poder de Roma, dejaban de pagar impuestos al Imperio e incluso fundaban sus
propios cultos religiosos. Los bárbaros empezaron a moverse como Kepa por su
casa, hasta que los hérulos, de un simple manotazo destituyeron en el 476 a Rómulo Augústulo, el
último emperador de Roma.
En la España visigoda, Leovigildo,
que reinó entre el 572 y el 586, marcó el punto de inflexión de una curva ascendente
al unificar casi toda la
Península bajo su poder. Su hijo Recaredo culminó la labor al
dirigir la conversión de los godos gobernantes al cristianismo, con lo que
también se reforzó la unión entre aquellos y la población hispanorromana. Pero
las banderías y divisiones posteriores (el llamado "morbo gothorum") culminaron
en las luchas fratricidas entre el Rey Rodrigo y los herederos de Witiza, el
anterior rey, que abrieron las puertas a la invasión de los musulmanes del 711,
los cuales, debido a la debilidad de aquel estado visigótico fragmentado,
apenas tardaron tres años en controlar toda la Península.
Abderramán III se
independiza de Damasco y se nombra a sí mismo califa en Córdoba en 929. Consiguió
entonces, por fin, unificar Al Andalus sometiendo a las distintas tribus, a los
nobles y a los muladíes, que desde la misma invasión de dos siglos antes habían
protagonizado rebelión tras rebelión. Esa unificación de Al Andalus tuvo su habitual
correlato: el siglo X fue el gran siglo de oro de la España musulmana. Pero las
disensiones tribales latían aún por debajo de la unidad conseguida, hasta el
punto de que en el 1031 se dividió Al Andalus en veintiséis reinos de taifas,
prototipo español de fragmentación territorial, con lo que se puso en marcha un
declive irreversible que sólo retrasarían las sucesivas invasiones de
almorávides, almohades y benimerines, islamistas fanáticos procedentes del
norte de África.
En 1479 quedan unidas Castilla
y Aragón bajo una misma Corona, la que portaban Isabel y Fernando. La energía
colectiva que se desencadenó a partir de esa unificación dio de sí para la
realización de numerosas y trascendentales empresas: para empezar, los Reyes
Católicos pusieron fin a una larga época de guerras civiles, protagonizadas por
una nobleza que con ellos, e inaugurando así la Modernidad, empezó a
ser una clase social en recesión. Completaron también la Reconquista. Patrocinaron
el descubrimiento de América. Sentaron las bases del Estado moderno tanto en el
aspecto burocrático y técnico como en el de la política exterior, en el terreno
militar y en el del orden público (con la formación de la primera policía
europea: la Santa
Hermandad). En suma: los Reyes Católicos, tras la unificación
de España, abrieron las puertas de Europa a la
Era Moderna. Según vamos viendo, sería desidia
intelectual concluir que la relación entre ambos hechos es casual.
Podríamos decir que, en
sentido contrario, 1898 fue el año en que se puso en marcha de manera ya clara
un proceso de desintegración de nuestra unidad nacional, que no sólo acabó en
la definitiva independencia de las últimas provincias de ultramar, sino que
afectó gravemente a la autoestima de los españoles como tales. Intentando
mimetizar, en una especie de "¡sálvese quien pueda!", los procesos
independentistas que habían tenido lugar allende los mares, surgieron en la Península, o al menos
empezaron a ser significativos, los partidos nacionalistas (sirva como detalle
expresivo de ello el hecho de que la bandera independentista catalana luce una
estrella, a imitación de la que incluyó en la suya la Cuba independiente). La falta
de cohesión social subsiguiente a la crisis del 98 se tradujo asimismo en un
virulento radicalismo que impregnó desde entonces con una intensidad especial
los conflictos sociales que sufrió nuestra nación, lo cual tuvo su trágica culminación
en la nefasta guerra civil.
Que nuestros gobernantes
son descendientes directos de aquel adolescente de Atapuerca tan mal dotado para
asimilar las enseñanzas de la historia lo demuestra el hecho de que, por encima
de barnices propagandísticos, ahora mismo están gobernando en la dirección que
esa misma historia se ha empeñado en demostrarnos que es errónea: la que atenta
contra la unidad nacional. La historia, sin embargo, es tozuda, y seguro que
seguirá empeñada en volver a la carga con sus pretensiones. Al día de hoy, sin
embargo, aún no sabemos cómo lo hará.
Artículo publicado ayer en El Correo de Burgos.
Javier
Martínez Gracia, miembro del Comité Electoral Provincial de UPyD (Unión,
Progreso y Democracia) de Burgos
|