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...Gracias, Arcadi, por haber venido a La
Coruña, a hablar para un puñado de fachas -esa intemperie a la que nos han arrojado Z y sus
socios a todos los que no tenemos cobijo bajo su techado de lo políticamente correcto-. Gracias a los organizadores de la conferencia, que merecía
mayor audiencia. Gracias por pasar abiertamente del mero no
nacionalismo al antinacionalismo beligerante -en cuyo frente
intelectual te corresponde la primera fila-. Gracia por tu blog, ese
regalo diario para miles de solitarios como yo, y por tus libros. →→→
Pocos fuimos los elegidos que
escuchamos ayer a Arcadi Espada en La Coruña: un reducido
número de fans -por más que le moleste, aunque muy
discretos (yo era el más exaltado y pasé completamente
inadvertido)- un reducido número de udeptos -de udyp-, algún
ciudadano -del partido de los Ciudadanos- y, la mayor parte, gentes
de derecha de toda la vida y algunos más recientes, expulsados
felizmente de la izquierda desde que ésta empezó a
romper la baraja -como dijo Cancio en el turno de preguntas que no
son preguntas-. En resumidas cuentas: diversos componentes de la
derecha extrema, según la taxonomía social de Z,
Pepiño, López Aguerrido y sus socios de otras naciones menos discutibles.
Fuimos pocos, en mi opinión, en
relación con la audiencia que merece uno de los intelectuales
más lúcidos de España en la crítica de
esa idea maligna -aunque estúpida- que es el nacionalismo. Tal
idea se resume en que "como llegué antes, tengo más
derechos que tú" [aunque Arcadi distinguió
refiriéndose al nacionalismo catalán sus dos
corrientes: la menos mala, aquella que pretendió dirigir la
regeneración de España -Francesc Cambó, Joan Estelrich.- y la
independentista]
Arcadi inició su discurso
aludiendo a sus orígenes familiares para, desde esa supuesta
subjetividad, alcanzar o iniciar una aproximación
objetiva, es decir, al objeto: España, una trama de afectos.
Con antecedentes andaluces, aragoneses,
castellanos, ... etc -menos gallegos, que recuerde-, y nacido en
Barcelona por casualidad -como nacemos todos donde nos toca- concluyó
que si algo es, desde el punto de vista de la pertenencia gentilicia,
es español. Esta obviedad de partida suscitó una corriente de simpatía futbolística -de afecto- en los asistentes, españoles tan necesitados de av¡fecto, que él se apresuró a rechazar con
humildad sonrojada: -"No. No me reconozcan mérito alguno
por eso: me lo dieron hecho". En fin: desde ese punto de vista que
he llamado gentilicio, Arcadi es lo mismo que millones de españoles,
resultado de infinidad de cruces migratorios debidos a la pobreza de
las tierras de origen. Curiosamente, un indígena como yo, en
cuyas sagas familiares no constan más que aldeanos nacidos
todos en un área casi incestuosa -no ha sido Bergantiños
nunca tierra de acogida, sino de partida, o de expulsión- simpatiza con esos millones de simpáticos, e incluso guapos, diría mi mujer, mestizos, esa trama de afectos sanguíneos, con la misma
calidez que el propio Arcadi expresó ayer.
En consecuencia, cuando el consejero
Castells -un socialnacionalista catalán- insultó a los
andaluces llamándoles depredadores fiscales -parásitos-,
blandiendo una 'balanza fiscal' que no sabe leer, insultaba también a la mitad
de la población de Cataluña, unos tres millones de
habitantes, directamente imputables al fenómeno migratorio
durante la posguerra, y a una considerable parte de sus votantes.
(Lástima, digo yo, que este burdo insulto no haya tenido reflejo electoral, salvo constatar el masoquismo o la
estupidez de una no pequeña parte de los insultados. No quiero
decir con esto que se lo merezcan. Sólo que no reaccionaron
con la lógica humana esperable, que es no (volver a) votar a
quienes te insultan)
Demostrada la textura de España
como una trama de afectos, en lo que también los indígenas
no envenenados estamos de acuerdo con el mismo entusiasmo pues hay
afectos superiores a los sanguíneos, se preguntó Arcadi
cómo ha sido posible que una idea maligna -y estúpida-
como el nacionalismo se haya convertido en el problema que tanto nos
da que cabilar, en perjuicio de otros menesteres más
agradables y productivos -peor que una enfermedad-.
En primer lugar se constata que el
nacionalismo como idea se ha adueñado de la realidad -como un
virus de un organismo confiado- y pulula en todas partes, en todas
las mentes, incluso en las más insospechadas: mencionó
que se le pida a Rubalcaba, con tantas y tan graves cuentas
pendientes, la de su adscripción a la lista al Congreso por
Cádiz en las próximas elecciones, cuestión
verdaderamente nimia. Y ello es destacable porque ese miramiento
localista se formula por personas que compartirían lo esencial
del discurso antinacionalista desarrollado ayer, como miembros
conscientes de esa trama de afectos. Sin embargo, el virus está
ahí, y se manifiesta -lo que no es nada en comparación
con el nacionalismo de que adolecen los partidos supuestamente españoles en sus
organizaciones regionales (esto lo digo yo) según estamos
viendo estos días a propósito de las competencias que
malbarata Z a cambio de que la Magdalena no se deshaga hasta marzo:
la crítica del PP regional no lo es a la liquidación
del estado solidario que nos permitió superar la crisis del
Prestige sin haber tenido que comernos todo el chapapote nosotros
solos, sino al hecho de que no se logre la transferencia del
salvamento marítimo, para que la próxima vez no
tengamos que compartirlo con nadie-. En efecto, el nacionalismo lo
contamina todo, a veces con un grado de estupidez que te hace
avergonzarte incluso de aquellos con quienes tendrías mayor
afinidad. (Esto no lo dijo Arcadi, pero me lo suscitó)
Una, la primera, de las causas del
éxito mórbido del nacionalismo, es, según
Arcadi, el franquismo. No comparto enteramente esta etiología,
pero intentaré acercarme a su exposición: no tanto el
franquismo precluido exitosamente para le democracia con la Trasición
modélica que hicimos los españoles, cuanto el
franquismo actualizado por la izquierda actualmente en el poder: esa
izquierda que al remover estatuas y legislar sobre la memoria -cuando
antes la ley no se ocupaba de la metafísica- actualiza el
franquismo sin otro propósito que beneficiarse electoralmente
de un antifranquismo retrospectivo, es decir, inútil -y tan
útil a la vez-. La idea es que, al haberse identificado el
régimen con la unidad de España, denostar al régimen
implica hacerlo con su simbolismo, con su unitarismo, ... La gente somos así.
La segunda causa de la preponderancia
ideológica del nacionalismo es el funcionamiento -comportamiento para los idealistas- de la
izquierda después de la caída del muro de Berlín, por dar una referencia clara. En realidad, como colige el lector,
esta segunda causa se confunde con la primera en buena medida, porque
es siempre la izquierda -no el franquismo- salvo que confundamos
causas con pretextos.
Esta izquierda, o esta parte de la
izquierda, que es la que infelizmente nos ha tocado, manosea ahora
groseramente la nación -elegida- como antes hizo con la clase,
pero lo hace con más indecencia y menor rigor intelectual, si
cabe. (Salvó Arcadi una izquierda decente, que prefiere la
solidaridad de la especie a la de la raza, una izquierda
internacionalista ... que, esto no lo dijo él, pero lo diré
yo: no constituye remedio útil o suficiente contra el
nacionalismo porque, puesto que naciones hay, si tú dices que
no perteneces a ninguna, otros decidirán por ti cual será
tu pasaporte; ya está sucediendo. Es esta izquierda para la
que España ni siquiera es una trama de afectos: verás
lo que hacen los nacionalistas con nuestros afectos)
Seguro que algo se me olvida -Arcadi es
denso y ubérrimo como un conceptista moderno, y esta tentativa
de crónica subjetiva no cabaría nunca si sigo todos los
hilos que trenzó ayer- pero, en último lugar mencionó
al terrorismo como una causa, sorprendente, paradójica, del
ascendiente, del prestigio (¡!) del nacionalismo. Creo que
tiene razón. Es difícil de comprender, pero es así.
Sin embargo, a mí, esta etiología me devuelve, como las
dos anteriores, a la izquierda. Es sobre todo la izquierda la que le
confirió prestigio al terrorismo. Ha sido terrible -y Arcadi
lo ha denunciado como nadie- que esa izquierda que convirtió
en héroe al estudiante burguesito, ahíto de centraminas
que asesinó a mi vecino José Antonio Pardines en 1968
-en cuyo pueblo gobierna esa izquierda, o una de sus esquirlas- haya
vuelto a sus orígenes filoterroristas de la mano de Z. Pero a
eso hemos asistido sin saberlo mientras engañaba con el Pacto
por las libertades y contra el terrorismo, y sabiéndolo desde
el anuncio "del proceso de paz", en cuya continuidad
críptica podemos y debemos creer a la vista de la ejecutoria
de Z, empeñado en que el nacionalismo consiga sin el
terrorismo lo que no pudo conseguir con éste. Esto no lo dijo
exactamente Arcadi, pero lo mencionó oportunamente Cancio. De
ahí la dialéctica entre ETA derrotada o ETA victoriosa.
Arcadi dijo que está derrotada. NO le falta toda la razón,
pero tampoco le asiste toda: Z y su equipo han trabajado eficazmente
para que no hubiera vencedores ni vencidos: de nuevo la izquierda. Su
equidistancia respecto del asesinato y la virtud cívica es un
prodigio de equilibrio, pero no cabe duda de que si son el gobierno y
las instituciones quienes adoptan ese punto de vista equidistante,
conceden al crimen al menos la mitad del recorrido. Si Arcadi cree
-como lo cree Boadella- que el nacionalismo puede salirse con la
suya, es decir, puede ganar, en tal caso no cabría hablar de
derrota de ETA: sería una victoria, aunque fuese póstuma.
Un consuelo muy escaso para los antinacionalistas entre los que nos
contamos, para mi orgullo, Arcadi y yo.
Gracias, Arcadi, por haber venido a La
Coruña, a hablar para un puñado de fachas -esa intemperie
que ya nos cobija a todos los que no estamos con Z ni con sus
socios bajo el techado de lo políticamente correcto-. Gracias a los organizadores de la conferencia, que merecía
mayor audiencia. Gracias por pasar abiertamente del mero no
nacionalismo al antinacionalismo beligerante -en cuyo frente
intelectual te corresponde la primera fila-. Gracia por tu blog, ese
regalo diario para miles de solitarios como yo, y por tus libros.
Tal vez una de las evidencias del acto
de ayer es que el movimiento cívico -uno de los elementos de
esperanza contra esa idea maligna, junto con el final del terrorismo
y, paradójicamente, la decadencia de la Cataluña
nacionalista- existe en La Coruña, pero causó la
impresión de ser débil y exiguo. ¿Un embrión
lleno de potencial o moribundo? Contribuyamos a
que sea lo primero.
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