Cólera de un pueblo, certeza de una nación PDF Imprimir E-mail
Escrito por Arturo Pérez Reverte   
Jueves, 24 de Enero de 2008 16:06

En El Páis.- ...al coincidir el segundo centenario con el desafío frontal a la Constitución de 1978 por parte de los nacionalismos radicales vasco y catalán, un interesante debate sobre las palabras España y nación española se anuncia en torno a cuanto el 2 de Mayo hizo posible e imposible. Esa fecha tiene hoy más actualidad que nunca: sugerente para nuevos tiempos y nuevas inteligencias, clave para entender la certeza de esta nación, discutible quizás en su configuración moderna, pero indiscutible en su esencia colectiva, en su cultura y en su dilatada historia. Antes de que la actual clase política convierta, como suele, también la fecha del segundo centenario en pasto de interés particular, mala fe e ignorancia, convendría tener todo eso en cuenta. El 2 de Mayo, con sus consecuencias, a ningún español le es ajeno. ...


 

Pocas fechas han sido tan interpretadas y manipuladas como el 2 de Mayo de 1808. Aquel estallido de violencia en Madrid tuvo consecuencias extraordinarias que hoy marcan todavía la vida de los españoles. Esa es la razón de que, durante 200 años, esa jornada haya venido siendo caudal histórico abierto a diferentes interpretaciones, materia apropiable por unos y otros, instrumento ideológico para las diversas fuerzas políticas implicadas en el proceso de construcción, consolidación y definición del Estado nacional.

El 2 de Mayo es una fecha políticamente incómoda. Lo fue ya desde el primer momento, aquel mismo día. Los madrileños, que como el resto de España habían sido incapaces de reaccionar ante la invasión napoleónica, estaban perplejos, también, ante la invasión de las ideas. Lo único claro para ellos era que las tropas francesas actuaban como enemigas, y que la paciencia ante tanto desafuero y arrogancia desbordaba el límite de lo sufrible por aquel pueblo inculto, sujeto a la tradición monárquica y religiosa. Su ira era más visceral que ideológica.

Como han señalado historiadores lúcidos que vieron más allá del lugar común de la nación en armas, sólo dos minorías perspicaces, la profrancesa y la fernandista -unos mirando hacia el futuro y otros hacia el pasado-, advirtieron lo que estaba ese día en juego; del mismo modo que más tarde, en Cádiz, sólo otras dos minorías inteligentes, la liberal y la servil, comprenderían la oportunidad histórica de aquella guerra y de aquella Constitución. La gran masa de españoles, el pueblo ignorante que peleó en Madrid y luego en toda España durante seis años más, intervenía sólo como actor, voluntario o forzoso, en la cuestión de fondo: no se trataba de la lucha de una dinastía intrusa frente a otra legítima, sino de un sistema político opuesto a otro. La pugna entre un antiguo régimen sentenciado por la Historia y un turbulento siglo XIX que llamaba a la puerta.

La épica jornada de Madrid ha sido trastornada por su propio mito. La gente que salió a combatir lo hizo por su cuenta y riesgo. Fue el pueblo humilde quien se hizo cargo, a tiros y puñaladas, de una soberanía nacional de la que se desentendían los gobernantes. La relación de víctimas prueba quiénes se batieron realmente: chisperos, manolas, rufianes, mozos de mesón, albañiles, presidiarios, carpinteros, mendigos, modestos comerciantes. El 2 de Mayo fue menos un día de gloria que un día de cólera popular que apenas duró cinco horas. Eso limita el ámbito inicial del mito, pero engrandece la gesta. Además, hizo posible lo que vino después: una epopeya nacional extraordinaria. Aquella jornada callejera, con sus consecuencias, dio lugar al 3 de mayo. Y a partir de ahí, de modo espontáneo y solidario, una nación entera se confirmó a sí misma sublevándose contra la invasión extranjera, y arrastró a los tibios, a los indecisos y a muchos de los que, por sus ideas avanzadas, estaban más cerca de los invasores que de los invadidos.

Un hecho singular es que, en estos 200 años, el 2 de Mayo no ha sido patrimonio exclusivo de ninguna fuerza política española; todas procuraron hacerlo suyo en algún momento. En los primeros tiempos, no sin cierta prudencia, la monarquía absolutista y la Iglesia católica lo reclamaron como propio. Luego tomaron el relevo los liberales. La España fiel a la Constitución de Cádiz volvió a hacer suya la insurrección, planteándola de nuevo como hazaña cívica de un pueblo soberano que habría peleado, heroico, para labrar su destino: una nación moderna, responsable, hecha por ciudadanos libres de cadenas.

También resulta esclarecedor el modo en que se han considerado las figuras de los capitanes de artillería Luis Daoiz y Pedro Velarde. Ya desde el primer momento, el absolutismo halló en ellos un argumento que oponer al del pueblo de Madrid como protagonista único de la jornada. Lo paradójico es que, del mismo modo, los militares liberales que durante el siglo XIX se pronunciaron por las nuevas ideas y el progreso también se justificaron mediante Daoiz y Velarde: modelos de oficiales que, poniendo a la nación de ciudadanos por encima de reyes y jerarquías, abrazaron la causa de la libertad y dieron la vida por ella, junto a un pueblo fraterno, protagonista de su destino. Lo mismo harían luego, con opuesto enfoque, Primo de Rivera y el general Franco.

Con el tiempo, la fecha del 2 de Mayo quedó, a menudo, englobada en el marco general de la guerra de la Independencia, como simple primer acto de ésta. Eso era más fácil de asumir por todos, y ahorraba debates. Frente a la realidad de unos pocos madrileños ignorantes, fanáticos del trono y la religión, saliendo a pelear ese día contra los franceses mientras el ejército permanecía en sus cuarteles y la gente de orden se quedaba en casa, el marco general de la guerra, la espontánea solidaridad épica y el esfuerzo común contra los invasores proporcionaban, en cambio, un espacio sólido; una indiscutible certeza de nación en armas y consciente, o intuitiva, de sí misma. De ese modo, hasta los carlistas hicieron suya la fecha. Tranquilizaba recurrir a palabras como abnegación, sacrificio y lealtad al Estado, al trono, a la tradición. Para los conservadores era más conveniente hablar de libertad de la patria que de libertad a secas. Hasta los mismos liberales, una vez alcanzado el poder, procuraron diluir el protagonismo del pueblo, distanciándose a favor de la burguesía en la que ahora se apoyaban. Todo esto habría de plantearse, desde diversos puntos de vista, en la agitada vida política española del reinado de Isabel II, la primera República y la Restauración, en términos de interés partidario. Ni siquiera el primer centenario, en 1908, hizo posible una auténtica conmemoración nacional, más allá de los actos puntuales y la retórica de unos y otros. Sólo los republicanos siguieron confiando en la fuerza del mito popular como ruptura revolucionaria. Y esa interpretación se mantendría, con altibajos y matices diversos, hasta la Guerra Civil.

En el primer tercio del siglo XX, el 2 de Mayo siguió sujeto a interpretaciones varias, tanto de la izquierda revolucionaria como de la derecha defensora de la religión y las tradiciones nacionales. En el País Vasco, donde el discurso reaccionario sabiniano aún no había cuajado en los extremos que alcanzó más tarde, el primer centenario se planteó como parte de un esfuerzo patriótico, incuestionablemente español, con las batallas locales de Vitoria y San Marcial. En Cataluña fue diferente. Allí, carlistas y católicos se ocuparon de los combates del Bruc y de los sitios de Gerona, con una lectura distinta: el somatén luchando en su tierra y por su tierra. Y es significativo que el catalanismo político prefiriera centrarse en la celebración del séptimo centenario de Jaime I el Conquistador.

La Dictadura, la Segunda República, la Guerra Civil y el régimen franquista hicieron también sus interpretaciones particulares del 2 de Mayo. La izquierda radical asumió esa fecha para aplicarla al concepto del pueblo como protagonista de su propia historia -en la defensa de Madrid, un cartel republicano recurrió a la imagen del parque de Monteleón-, mientras el bando nacional también hacía suyo el símbolo, identificándolo con una España tradicional y católica, basada en el tópico de la indomable y valerosa raza.

Los últimos años del franquismo, la democracia y la Constitución de 1978 situaron otros asuntos en primer plano. Contaminado por la fanfarria patriotera del régimen, el 2 de Mayo fue víctima del nuevo discurso político. La insurrección madrileña y la guerra de la Independencia fueron arrinconadas por quienes, olvidando -y más a menudo, ignorando- la tradición liberal y democrática de esos acontecimientos, simplificaron peligrosamente el asunto al identificar patriotismo y memoria con nacionalcatolicismo; atribuyendo además, en arriesgada pirueta histórica, una ideología de izquierda a los ejércitos napoleónicos.

Ahora, al coincidir el segundo centenario con el desafío frontal a la Constitución de 1978 por parte de los nacionalismos radicales vasco y catalán, un interesante debate sobre las palabras España y nación española se anuncia en torno a cuanto el 2 de Mayo hizo posible e imposible. Esa fecha tiene hoy más actualidad que nunca: sugerente para nuevos tiempos y nuevas inteligencias, clave para entender la certeza de esta nación, discutible quizás en su configuración moderna, pero indiscutible en su esencia colectiva, en su cultura y en su dilatada historia. Antes de que la actual clase política convierta, como suele, también la fecha del segundo centenario en pasto de interés particular, mala fe e ignorancia, convendría tener todo eso en cuenta. El 2 de Mayo, con sus consecuencias, a ningún español le es ajeno.

Arturo Pérez-Reverte es miembro de la Real Academia Española y autor de Un día de cólera, novela-documento sobre el 2 de Mayo de 1808.


Jon Juaristi en el ABC:

1808 

LA inminencia del Segundo Centenario de la insurrección del 2 de mayo de 1808 produce más desconcierto e inquietud que júbilo, como era de temer, porque tal efeméride -cualquiera que sea el resultado de las elecciones legislativas- va a convertirse fatalmente en un pretexto más, por si no hubiera pocos, para escenificar el disenso entre la derecha, la izquierda y los nacionalistas. Hace un siglo, los españoles también disentían en muchas cosas, pero estaban bastante de acuerdo en que la guerra contra Napoleón había sido el gran acontecimiento de la historia nacional, y la conmemoración de su primer centenario suscitó un fervor casi unánime, porque los nacionalismos secesionistas eran todavía débiles y la primera serie de los Episodios Nacionales de Pérez Galdós, lectura de rigor en todas las escuelas y en los hogares de monárquicos, republicanos y socialistas. Hoy los Episodios Nacionales son literatura gore que no debe ponerse al alcance de los niños menores de sesenta años, pues hiere la sensibilidad del espectador y canoniza la violencia. Recordar a los nacionalistas catalanes el sitio de Gerona o el tambor del Bruch, piensan muchos, pone en riesgo el tripartito, y llevar coronas de flores a Daoíz y Velarde le hace el juego a Esperanza Aguirre. Así estamos.
Es cierto que sabemos bastante más que en 1908 del carácter, bastante complejo, de una guerra que fue algo más que lucha del pueblo por la independencia y tuvo otras dimensiones desatendidas por la épica galdosiana, Para los británicos, nuestros aliados de entonces -que se adelantaron a los abertzales, más de siglo y medio, en la afición a quemar San Sebastián-, sigue siendo la Guerra Peninsular: una fase más del conflicto entre las viejas monarquías europeas y la Revolución Francesa. Tuvo también su aquél de revuelta social, muy a lo antiguo régimen, contra los ricos afrancesados, pero es indudable que alumbró la nación soberana, y si hoy resulta embarazosa su celebración se debe precisamente a este motivo. Gran parte de los españoles de la época no lo veía con nitidez, por supuesto, pero en 1808 hubo un plebiscito armado y espontáneo cuando, habiéndose licuado el rey legítimo en Bayona bajo la presión bonapartista, la mayoría de la población decidió que España era cosa suya y no de Pepe Botella. El 2 de mayo de 1808 condujo en derechura al 19 de marzo de 1812 y, a la larga, al 6 de diciembre de 1978. Pero sería estúpido pretender ignorar que también repercutió en una insana costumbre de guerras civiles.
A los bilbaínos, la intuición de esta oscura relación entre una guerra y otras nos venía impuesta por el hecho de conmemorar, en la misma fecha, la rebelión de Madrid contra los franceses y el levantamiento del sitio carlista de 1873-1874 (festividad nacional y festividad cívica local coincidían en el 2 de mayo, que actualmente, en Bilbao, es un día cualquiera camino de cualquier parte). La misma guerra que forjó la unión contra el invasor indujo la división interior entre las fuerzas de la Tradición y las del Progreso. Don Ramón Menéndez Pidal, un liberal bastante razonable, observaba que en 1814 terminó una bronca y comenzó, simultáneamente, otra mucho más duradera: «la pugna que en toda Europa se había entablado entre revolución y tradición, toma de repente en España caracteres de la mayor violencia». Posiblemente haya quien vea en esta consecuencia innegable del 2 de mayo de 1808 una razón de peso para olvidarse definitivamente del mismo. Creo que, por el contrario, tenía mucha más entidad la de Menéndez Pidal cuando se la quitaba a quienes no ven en el pasado «sino aquello que juzgan inaplicable al presente, y no aquello perdurablemente histórico, siempre reasimilable y fecundo en todos los tiempos». Sin embargo, la reasimilación de la Historia es incompatible con los proyectos angelicales de crear hombres nuevos y libres del lastre del pretérito imperfecto. En una España dividida por los particularismos, Menéndez Pidal abogaba por una Historia que se esmerase en estudiar los aspectos unitarios y antilocalistas de los acontecimientos. Pero, claro, era sólo un viejo liberal.
 

 

 
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