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En El Páis.- ...al coincidir el segundo centenario con el desafío frontal a la
Constitución de 1978 por parte de los nacionalismos radicales vasco y
catalán, un interesante debate sobre las palabras España y nación
española se anuncia en torno a cuanto el 2 de Mayo hizo posible e
imposible. Esa fecha tiene hoy más actualidad que nunca: sugerente para
nuevos tiempos y nuevas inteligencias, clave para entender la certeza
de esta nación, discutible quizás en su configuración moderna, pero
indiscutible en su esencia colectiva, en su cultura y en su dilatada
historia. Antes de que la actual clase política convierta, como suele,
también la fecha del segundo centenario en pasto de interés particular,
mala fe e ignorancia, convendría tener todo eso en cuenta. El 2 de
Mayo, con sus consecuencias, a ningún español le es ajeno. ...
Pocas fechas han sido tan interpretadas y manipuladas como el 2 de Mayo
de 1808. Aquel estallido de violencia en Madrid tuvo consecuencias
extraordinarias que hoy marcan todavía la vida de los españoles. Esa es
la razón de que, durante 200 años, esa jornada haya venido siendo
caudal histórico abierto a diferentes interpretaciones, materia
apropiable por unos y otros, instrumento ideológico para las diversas
fuerzas políticas implicadas en el proceso de construcción,
consolidación y definición del Estado nacional.
El 2 de Mayo es una fecha políticamente incómoda. Lo fue ya desde el
primer momento, aquel mismo día. Los madrileños, que como el resto de
España habían sido incapaces de reaccionar ante la invasión
napoleónica, estaban perplejos, también, ante la invasión de las ideas.
Lo único claro para ellos era que las tropas francesas actuaban como
enemigas, y que la paciencia ante tanto desafuero y arrogancia
desbordaba el límite de lo sufrible por aquel pueblo inculto, sujeto a
la tradición monárquica y religiosa. Su ira era más visceral que
ideológica.
Como han señalado historiadores lúcidos que vieron
más allá del lugar común de la nación en armas, sólo dos minorías
perspicaces, la profrancesa y la fernandista -unos mirando hacia el
futuro y otros hacia el pasado-, advirtieron lo que estaba ese día en
juego; del mismo modo que más tarde, en Cádiz, sólo otras dos minorías
inteligentes, la liberal y la servil, comprenderían la oportunidad
histórica de aquella guerra y de aquella Constitución. La gran masa de
españoles, el pueblo ignorante que peleó en Madrid y luego en toda
España durante seis años más, intervenía sólo como actor, voluntario o
forzoso, en la cuestión de fondo: no se trataba de la lucha de una
dinastía intrusa frente a otra legítima, sino de un sistema político
opuesto a otro. La pugna entre un antiguo régimen sentenciado por la
Historia y un turbulento siglo XIX que llamaba a la puerta.
La
épica jornada de Madrid ha sido trastornada por su propio mito. La
gente que salió a combatir lo hizo por su cuenta y riesgo. Fue el
pueblo humilde quien se hizo cargo, a tiros y puñaladas, de una
soberanía nacional de la que se desentendían los gobernantes. La
relación de víctimas prueba quiénes se batieron realmente: chisperos,
manolas, rufianes, mozos de mesón, albañiles, presidiarios,
carpinteros, mendigos, modestos comerciantes. El 2 de Mayo fue menos un
día de gloria que un día de cólera popular que apenas duró cinco horas.
Eso limita el ámbito inicial del mito, pero engrandece la gesta.
Además, hizo posible lo que vino después: una epopeya nacional
extraordinaria. Aquella jornada callejera, con sus consecuencias, dio
lugar al 3 de mayo. Y a partir de ahí, de modo espontáneo y solidario,
una nación entera se confirmó a sí misma sublevándose contra la
invasión extranjera, y arrastró a los tibios, a los indecisos y a
muchos de los que, por sus ideas avanzadas, estaban más cerca de los
invasores que de los invadidos.
Un hecho singular es que, en
estos 200 años, el 2 de Mayo no ha sido patrimonio exclusivo de ninguna
fuerza política española; todas procuraron hacerlo suyo en algún
momento. En los primeros tiempos, no sin cierta prudencia, la monarquía
absolutista y la Iglesia católica lo reclamaron como propio. Luego
tomaron el relevo los liberales. La España fiel a la Constitución de
Cádiz volvió a hacer suya la insurrección, planteándola de nuevo como
hazaña cívica de un pueblo soberano que habría peleado, heroico, para
labrar su destino: una nación moderna, responsable, hecha por
ciudadanos libres de cadenas.
También resulta esclarecedor el
modo en que se han considerado las figuras de los capitanes de
artillería Luis Daoiz y Pedro Velarde. Ya desde el primer momento, el
absolutismo halló en ellos un argumento que oponer al del pueblo de
Madrid como protagonista único de la jornada. Lo paradójico es que, del
mismo modo, los militares liberales que durante el siglo XIX se
pronunciaron por las nuevas ideas y el progreso también se justificaron
mediante Daoiz y Velarde: modelos de oficiales que, poniendo a la
nación de ciudadanos por encima de reyes y jerarquías, abrazaron la
causa de la libertad y dieron la vida por ella, junto a un pueblo
fraterno, protagonista de su destino. Lo mismo harían luego, con
opuesto enfoque, Primo de Rivera y el general Franco.
Con el
tiempo, la fecha del 2 de Mayo quedó, a menudo, englobada en el marco
general de la guerra de la Independencia, como simple primer acto de
ésta. Eso era más fácil de asumir por todos, y ahorraba debates. Frente
a la realidad de unos pocos madrileños ignorantes, fanáticos del trono
y la religión, saliendo a pelear ese día contra los franceses mientras
el ejército permanecía en sus cuarteles y la gente de orden se quedaba
en casa, el marco general de la guerra, la espontánea solidaridad épica
y el esfuerzo común contra los invasores proporcionaban, en cambio, un
espacio sólido; una indiscutible certeza de nación en armas y
consciente, o intuitiva, de sí misma. De ese modo, hasta los carlistas
hicieron suya la fecha. Tranquilizaba recurrir a palabras como
abnegación, sacrificio y lealtad al Estado, al trono, a la tradición.
Para los conservadores era más conveniente hablar de libertad de la
patria que de libertad a secas. Hasta los mismos liberales, una vez
alcanzado el poder, procuraron diluir el protagonismo del pueblo,
distanciándose a favor de la burguesía en la que ahora se apoyaban.
Todo esto habría de plantearse, desde diversos puntos de vista, en la
agitada vida política española del reinado de Isabel II, la primera
República y la Restauración, en términos de interés partidario. Ni
siquiera el primer centenario, en 1908, hizo posible una auténtica
conmemoración nacional, más allá de los actos puntuales y la retórica
de unos y otros. Sólo los republicanos siguieron confiando en la fuerza
del mito popular como ruptura revolucionaria. Y esa interpretación se
mantendría, con altibajos y matices diversos, hasta la Guerra Civil.
En
el primer tercio del siglo XX, el 2 de Mayo siguió sujeto a
interpretaciones varias, tanto de la izquierda revolucionaria como de
la derecha defensora de la religión y las tradiciones nacionales. En el
País Vasco, donde el discurso reaccionario sabiniano aún no había
cuajado en los extremos que alcanzó más tarde, el primer centenario se
planteó como parte de un esfuerzo patriótico, incuestionablemente
español, con las batallas locales de Vitoria y San Marcial. En Cataluña
fue diferente. Allí, carlistas y católicos se ocuparon de los combates
del Bruc y de los sitios de Gerona, con una lectura distinta: el
somatén luchando en su tierra y por su tierra. Y es significativo que
el catalanismo político prefiriera centrarse en la celebración del
séptimo centenario de Jaime I el Conquistador.
La
Dictadura, la Segunda República, la Guerra Civil y el régimen
franquista hicieron también sus interpretaciones particulares del 2 de
Mayo. La izquierda radical asumió esa fecha para aplicarla al concepto
del pueblo como protagonista de su propia historia -en la defensa de
Madrid, un cartel republicano recurrió a la imagen del parque de
Monteleón-, mientras el bando nacional también hacía suyo el símbolo,
identificándolo con una España tradicional y católica, basada en el
tópico de la indomable y valerosa raza.
Los últimos años del
franquismo, la democracia y la Constitución de 1978 situaron otros
asuntos en primer plano. Contaminado por la fanfarria patriotera del
régimen, el 2 de Mayo fue víctima del nuevo discurso político. La
insurrección madrileña y la guerra de la Independencia fueron
arrinconadas por quienes, olvidando -y más a menudo, ignorando- la
tradición liberal y democrática de esos acontecimientos, simplificaron
peligrosamente el asunto al identificar patriotismo y memoria con
nacionalcatolicismo; atribuyendo además, en arriesgada pirueta
histórica, una ideología de izquierda a los ejércitos napoleónicos.
Ahora,
al coincidir el segundo centenario con el desafío frontal a la
Constitución de 1978 por parte de los nacionalismos radicales vasco y
catalán, un interesante debate sobre las palabras España y nación
española se anuncia en torno a cuanto el 2 de Mayo hizo posible e
imposible. Esa fecha tiene hoy más actualidad que nunca: sugerente para
nuevos tiempos y nuevas inteligencias, clave para entender la certeza
de esta nación, discutible quizás en su configuración moderna, pero
indiscutible en su esencia colectiva, en su cultura y en su dilatada
historia. Antes de que la actual clase política convierta, como suele,
también la fecha del segundo centenario en pasto de interés particular,
mala fe e ignorancia, convendría tener todo eso en cuenta. El 2 de
Mayo, con sus consecuencias, a ningún español le es ajeno.
Arturo Pérez-Reverte es miembro de la Real Academia Española y autor de Un día de cólera, novela-documento sobre el 2 de Mayo de 1808.
Jon Juaristi en el ABC:
1808
LA inminencia del Segundo Centenario de la insurrección
del 2 de mayo de 1808 produce más desconcierto e inquietud que júbilo,
como era de temer, porque tal efeméride -cualquiera que sea el
resultado de las elecciones legislativas- va a convertirse fatalmente
en un pretexto más, por si no hubiera pocos, para escenificar el
disenso entre la derecha, la izquierda y los nacionalistas. Hace un
siglo, los españoles también disentían en muchas cosas, pero estaban
bastante de acuerdo en que la guerra contra Napoleón había sido el gran
acontecimiento de la historia nacional, y la conmemoración de su primer
centenario suscitó un fervor casi unánime, porque los nacionalismos
secesionistas eran todavía débiles y la primera serie de los Episodios
Nacionales de Pérez Galdós, lectura de rigor en todas las escuelas y en
los hogares de monárquicos, republicanos y socialistas. Hoy los
Episodios Nacionales son literatura gore que no debe ponerse al alcance
de los niños menores de sesenta años, pues hiere la sensibilidad del
espectador y canoniza la violencia. Recordar a los nacionalistas
catalanes el sitio de Gerona o el tambor del Bruch, piensan muchos,
pone en riesgo el tripartito, y llevar coronas de flores a Daoíz y
Velarde le hace el juego a Esperanza Aguirre. Así estamos.
Es cierto que sabemos bastante más que en 1908 del
carácter, bastante complejo, de una guerra que fue algo más que lucha
del pueblo por la independencia y tuvo otras dimensiones desatendidas
por la épica galdosiana, Para los británicos, nuestros aliados de
entonces -que se adelantaron a los abertzales, más de siglo y medio, en
la afición a quemar San Sebastián-, sigue siendo la Guerra Peninsular:
una fase más del conflicto entre las viejas monarquías europeas y la
Revolución Francesa. Tuvo también su aquél de revuelta social, muy a lo
antiguo régimen, contra los ricos afrancesados, pero es indudable que
alumbró la nación soberana, y si hoy resulta embarazosa su celebración
se debe precisamente a este motivo. Gran parte de los españoles de la
época no lo veía con nitidez, por supuesto, pero en 1808 hubo un
plebiscito armado y espontáneo cuando, habiéndose licuado el rey
legítimo en Bayona bajo la presión bonapartista, la mayoría de la
población decidió que España era cosa suya y no de Pepe Botella. El 2
de mayo de 1808 condujo en derechura al 19 de marzo de 1812 y, a la
larga, al 6 de diciembre de 1978. Pero sería estúpido pretender ignorar
que también repercutió en una insana costumbre de guerras civiles.
A los bilbaínos, la intuición de esta oscura relación
entre una guerra y otras nos venía impuesta por el hecho de conmemorar,
en la misma fecha, la rebelión de Madrid contra los franceses y el
levantamiento del sitio carlista de 1873-1874 (festividad nacional y
festividad cívica local coincidían en el 2 de mayo, que actualmente, en
Bilbao, es un día cualquiera camino de cualquier parte). La misma
guerra que forjó la unión contra el invasor indujo la división interior
entre las fuerzas de la Tradición y las del Progreso. Don Ramón
Menéndez Pidal, un liberal bastante razonable, observaba que en 1814
terminó una bronca y comenzó, simultáneamente, otra mucho más duradera:
«la pugna que en toda Europa se había entablado entre revolución y
tradición, toma de repente en España caracteres de la mayor violencia».
Posiblemente haya quien vea en esta consecuencia innegable del 2 de
mayo de 1808 una razón de peso para olvidarse definitivamente del
mismo. Creo que, por el contrario, tenía mucha más entidad la de
Menéndez Pidal cuando se la quitaba a quienes no ven en el pasado «sino
aquello que juzgan inaplicable al presente, y no aquello
perdurablemente histórico, siempre reasimilable y fecundo en todos los
tiempos». Sin embargo, la reasimilación de la Historia es incompatible
con los proyectos angelicales de crear hombres nuevos y libres del
lastre del pretérito imperfecto. En una España dividida por los
particularismos, Menéndez Pidal abogaba por una Historia que se
esmerase en estudiar los aspectos unitarios y antilocalistas de los
acontecimientos. Pero, claro, era sólo un viejo liberal.
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