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Hemos de celebrar ahora el obituario de
la L coruñesa, la L de Libertad, la amada ausente, enterrada
política y legalmente con la aquiescencia de los herederos de
Paco Vázquez y con la no oposición de los habitantes
del PP de Rajoy, derechohabientes del bizarro galleguista de Terra
Chá, acaso el principal responsable del proceso de destrucción
de la españolidad de Galicia en el que nos encontramos.
Que Losada demuestre sus mañas
dando esta pirueta y cucamona tras tantos años sufriendo en
silencio a rebufo de su ex jefe, no debería extrañar a
quien le conozca, ni menos a su partido. Al fin, igual que el Rajoy
de las sucesivas derrotas felizmente aliñadas, traicionando la
obra de su ex jefe, de este modo puede demostrar "to lo que lleva
dentro". O mejor lo que llevan dentro sus cómplices del
nazionalismo gallego que demuestran ser los que verdaderamente mandan
en el otrora ilustre caserón de María Pita.
Pero todo ello va de suyo, por lo que
conviene fijarse en la actitud del presente partido de la no derecha.
Y heroicamente ha elegido la peor de
las alternativas posibles. Abstenerse.
Lo que sólo puede significar
que: O no da importancia al asunto (frivolidad). O que no se quiere
enfrentar al primer responsable de normalización lingüística,
Fraga (cobardía). O que carece de opinión
(irresponsabilidad e incompetencia). O que no tiene mucha idea de
Gramática (ignorancia). O que se adhiere más o menos a
regañadientes al proceso de ministerio orwelliano de la
Verdad, conocido como memoria histórica (felonía). O
que no ha llegado a tiempo el camacho correveidile con el mandato del
pulgar imperial hacia arriba o hacia abajo y no barruntaba qué
podía complacer más al Jefe del Partido.
Pero, aunque censurado y tachado de los
carteles y escritos oficiales, de momento, el faro de Hércules,
candidato a Patrimonio de la Humanidad, el idioma español ya
lo es por derecho propio desde hace siglos, sigue destellando la L
con su Luz indicando donde está un puerto seguro en medio del
océano.
Quizás La Coruña, la
verdadera capital de Galicia, ha sido el último reducto en
caer bajo las garras de la inventada nazión galleguista de la
estrella invertida del diablo.
La contra-utopía de una ínsula
Barataria felizmente mangoneada por resentidos y logreros. O por
mediocres y acomplejados que tratan de defender su territorio como
las meadas de los perros de aquellos que pueden venir de otros lados
a disputarles la excelencia vital y profesional, las conciencias y
sobre todo el pesebre.
Y que buscan poner barreras
artificiales para defenderse cuando no pueden competir en igualdad de
méritos y circunstancias. Y una barrera o aduana muy eficaz
para ese proceso de resguardo del aprisco es la neolingua gallega
como elemento disuasorio y de destrucción de los afectos entre
españoles.
Durante mucho tiempo, frente al
aldeanismo lugareño compostelano y todo lo que ello
significaba de ombliguismo indigenista y carcundia, la ciudad de La
Coruña representaba el cosmopolitismo español en
Galicia, el sentido de la ciudadanía. Un mayor nivel
económico, cultural, intelectual y de libertades, al que no
era ajeno sin duda la presencia de profesionales procedentes de todas
las regiones de España que contribuían decisivamente a
elevar su nivel ciudadano en todos los órdenes.
Pero eran otros tiempos. Como su
tranvía que no va a ninguna parte, muchos españoles van
quedando atrapados aquí, con sus derechos civiles
crecientemente menoscabados. Desasistidos por los actuales partidos
políticos buscan refugio en las asociaciones cívicas de
derechos humanos y el movimiento ciudadano en general.
Ya viene aquí menos gente de
fuera. La represión lingüística de los niños
en edad escolar, la imposición de la neolingua, desaniman a
muchos.
Además de otros problemas. Una
Administración central cada vez más testimonial que ya
no genera tantos empleos, cierta decadencia económica general.
La exuberante, rústica y calamitosa fraga administrativa
autonómica y local disuasoria de tantas actividades y negocios
que son abortados antes de nacer. El abandono o ninguneo de las
nuevas infraestructuras de trasporte más necesarias, cada vez
más cercanas al colapso las ya existentes, especialmente en
tiempos de terrible crisis energética, denotan los logros de
una Política cara y lamentable, ajena a los legítimos
intereses de los ciudadanos que pagan los despilfarros y estropicios
cuando no a sus propios insultadores.
De todo ello cabe deducir un horizonte
poco alentador, sin L de La Coruña, sin L de Luz aviso de
navegantes y sin L de Libertad, en el que La Coruña junto con
el resto de Galicia camina ahora hacia el despeñadero
tercermundista mangoneada por caciques, como siempre, en gallego, con
alguna nueva tecnología. No todas tan nuevas.
A los ciudadanos españoles nos
conviene recordar esta ignominiosa, más que heroica,
abstención del partido de la no derecha. Ahora y cuando nos
pida otra vez el voto.
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