Este artículo abre una serie de tres colaboraciones sobre política [corrigiendo la Historia (II) y ¿Y entonces cómo puede ser (III)?]. En este
primero, el autor cuestiona algunos de los principios que inspiran la
política lingüística.
La biodiversidad en el mundo vegetal y
animal es un bien indudable, pero el universo humano está habitado por
seres morales. La diversidad cultural es en sí misma moralmente neutra.
No es verdad que las lenguas «vivan» o «mueran». Eso sólo les pasa a
las personas. El euskera desaparecerá, como el castellano, pero
seguirán viviendo personas que hablarán «su» lengua.
Escribía hace ya quince años Aurelio Arteta
que el problema esencial que plantea la política lingüística es la del
«por qué», es decir, la cuestión de su legitimidad. Y lo triste es que
seguimos igual hoy todavía. Porque lo que sólitamente escuchamos
debatir a nuestros representantes políticos son simples matices, los
del «cómo», el «cuánto» o el «en qué grado» de la euskaldunización.
Cuando de lo que hablan tantos y tantos ciudadanos en voz baja no es de
modulaciones sino de razones. Lo otro, los matices, no son sino las
patéticas escaramuzas de retaguardia que libra una izquierda en franca
desbandada desde el momento mismo en que admitió sin oposición el
principio de donde nació toda la política lingüística: el de que los
ciudadanos vascos deben llegar a ser bilingües.
Pues bien, es ante este mismo principio ante el que la razón
crítica dice: ¿por qué? Una política que pretenda cambiar la realidad
requiere una justificación que la legitime. Si se cambia la
distribución social de la renta es por razones de justicia; si se
modifica la situación respectiva de los ciudadanos de uno y otro sexo
es por igualdad. Por eso, cuando el poder público decide convertir
coactivamente en hablantes del euskera a quienes no lo son, surge
imperiosa la necesidad de una justificación; máxime cuando esa política
afecta al ámbito privado y autónomo de la persona, es decir, es una
política intervencionista Y no vale argüir que esa política se ha
decidido democráticamente por el Parlamento, pues eso vale tanto como
el «sic volo sic iubeo, stat pro rationae voluntas» de Juvenal (así lo
mando porque así lo quiero, la voluntad vale como razón). Porque no se
discute de la legalidad de la política intervencionista, sino de su
legitimidad, la cual requiere mejores argumentos que los votos de la
mayoría.
No ignoro, claro está, que existe un pretendido discurso legitimador de
la política lingüística asimilacionista. Habría que estar sordo para no
escuchar la serie argumentativa que pretende justificar los objetivos
perseguidos por ella. Lo que sucede, dicho crudamente, es que todos
esos pretendidos argumentos no son sino una asombrosa montaña de
falacias, paralogismos y metáforas inadecuadas, que ofenden a la razón
humana con su solo enunciado. Bien conozco que al hacer esta afirmación
tan tajante me arriesgo a recibir una pita universal como engreído
presuntuoso, pero me comprometo a demostrarla en las líneas que siguen.
Juzguen ustedes.
Vayamos en primer lugar con los paralogismos que la lógica denomina
«falacias», y que no son sino razonamientos construidos con aparente
corrección pero en los que se ha deslizado (deliberadamente o no) un
fallo insubsanable. Las falacias se han clasificado desde la antigüedad
en familias, de las cuales nos interesa ahora la de las «falacias de
composición y de división». La falacia de composición consiste en
atribuir al conjunto las características propias de los elementos
individuales que lo componen: «todos los hombres tienen una madre, la
humanidad tiene una madre», ejemplificaba Bertrand Russell. Esta
falacia es básica en la teoría política del nacionalismo, puesto que
permite pasar mágicamente del principio de autonomía individual al
derecho de autodeterminación de las naciones: «todos los seres humanos
tienen derecho a autorregularse, luego las naciones tienen ese
derecho».
Pero no nos interesa ahora este paralogismo, sino su inverso, el de
«división», que consiste en atribuir las propiedades del conjunto a
cada uno de los elementos que lo componen: «esta orquesta es excelsa,
luego todos sus miembros son excelentes»: un salto en el vacío tan
obvio como el volatín que se realizaría al decir: «la sociedad vasca es
de centro-izquierda, todos los vascos son de centro-izquierda». Pues
bien, aunque resulte increíble, el principal argumento de la política
lingüística gubernamental consiste en una parecida biribilketa lógica:
«la sociedad vasca es bilingüe, luego los vascos son (deben ser)
bilingües».
En términos lógicos estamos ante un non sequitur: del enunciado no
se deduce la conclusión que se pretende, sólo parece que se deduce.
Pero esta apariencia se derrumba no bien se reflexiona, o se compara el
propuesto con paralogismos semejantes: «la sociedad española es
políticamente plural, luego los españoles son individualmente
plurales», «el pueblo vasco posee un idioma propio, luego todos los
vascos hablan ese idioma propio». Puras falacias.
La falacia organizada sobre el término «bilingüismo» se completa
ordinariamente con otro paralogismo, derivado éste de la idea de
igualdad. Dice más o menos lo siguiente: «en un país bilingüe las dos
lenguas deben estar en igualdad de condiciones», lo que, dado que una
de ellas es universalmente dominada (el castellano), obliga a que
también lo sea la otra. Si así no fuera, no se cumpliría el principio
de igualdad de las lenguas. Es bastante obvio, sin embargo, que el
principio de igualdad a quien se aplica es a las personas, no a las
lenguas, y su enunciado correcto dice: en un país bilingüe todos los
ciudadanos tienen los mismos derechos lingüísticos, es decir, tienen
derecho a ser atendidos por la administración en la lengua de su
elección sin discriminación entre ellos.
Las lenguas son objetos o instrumentos, no sujetos, y no tienen ningún
«derecho a ser iguales». Y, si no lo ven así, piensen por un momento en
el siguiente razonamiento: «todos los ciudadanos pueden profesar
libremente la religión que deseen; luego todas las religiones
existentes en el país tendrán la misma difusión, número de fieles y
ayudas estatales». O en éste: «todos los ciudadanos tienen derecho a
una vivienda, todas las viviendas son iguales». Una cosa es la igualdad
de los sujetos del derecho y otra muy distinta la igualdad de los
distintos objetos de ese derecho.
Nuestro discurso oficial cae una y otra vez en la confusión entre
ciudadanos y lenguas para poder justificar lo injustificable. Al lado
de los paralogismos se sitúan las metáforas deslizantes, es decir, las
que inducen a pensar incorrectamente la realidad y llevan a
conclusiones erróneas (las «metáforas que nos piensan»); ejemplos
señeros son las de la «riqueza» y el «patrimonio»: «el plurilingüismo
es un patrimonio y una riqueza que debemos conservar, fomentar y
proteger», nos dicen con extraña unanimidad desde arriba. Bien, es más
que discutible que la metáfora sea acertada; estoy seguro que muchos
estarían más de acuerdo con la idea de que la pluralidad de lenguas y
culturas es una maldición para la Humanidad, aunque no se atreverán a
decirlo en alto, como hizo el poeta de la Biblia que inventó el relato
de Babel. Pero bueno, aun admitiendo la metáfora del «rico patrimonio a
conservar», ¿qué se sigue de ella? Pues, si no me equivoco, como mucho
se sigue que el Estado debe conservar y cuidar el patrimonio
lingüístico en cuestión, pero no veo cómo podría seguirse que los
ciudadanos debamos usarlo y practicarlo. Nunca he oído decir que el
rico patrimonio artístico religioso español (y mira que es amplio y
hermoso) autorice al Estado a exigirnos a los ciudadanos acudir a las
iglesias y practicar sus ritos para mantenerlos vivos y operantes. Los
ciudadanos no formamos parte del patrimonio, sino que lo poseemos. Lo
cuidamos, lo desbaratamos, o lo ignoramos. Es nuestro patrimonio, no
nuestro señor.
No acaban aquí las metáforas, porque hay otra serie de ellas igualmente
poderosas para justificar la conservación obligatoria de la «riqueza
cultural»: son las analogías orgánicas. La biodiversidad en el mundo
vegetal y animal es un bien indudable, luego la diversidad cultural
humana es también un bien. Lo dice así hasta la Unesco, sin parar
mientes que el universo humano no es como el orgánico (en el que
habitan especies destructivas, ofensivas y colonizadoras de otras),
sino que es un universo habitado por seres morales. Por ello, hay
diferencias buenas y las hay malas, pero en cualquier caso ello depende
de criterios de valor exógenos a la diversidad misma, tales como la
justicia, la igualdad o el amor. La diversidad cultural es en sí misma
moralmente neutra.
No es verdad que las lenguas «vivan» o «mueran». Eso sólo les pasa a
las personas. El euskera desaparecerá, como el castellano desaparecerá
(¿acaso lo dudan?), pero seguirán viviendo personas que hablarán «su»
lengua. Su lengua de ellos, claro.
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