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Segunda entrega
La idea de que la lengua determina una identidad, es decir, que cada
lengua estructura los procesos perceptuales y cognitivos de sus
hablantes hasta tal punto que organiza la mente en forma peculiar y
distinta (la hipótesis Sapir-Whorf) está hoy en día totalmente
desacreditada en antropología. Pero, incluso si así no fuera, incluso
si fuera cierto que a cada lengua corresponde una identidad, no se
comprende por qué razón ello autorizaría al gobierno a intervenir en
materia de lenguas. Al revés, de tal dato debería derivarse la
exclusión de cualquier proceso artificial de cambio lingüístico puesto
que, si no me equivoco, equivaldría a un cambio coactivo de la
identidad de las personas.
Entre los argumentos que usualmente se barajan a favor de la política
de euskaldunización hoy toca pasar revista a unos nuevos invitados,
llamados identidad, corrección del pasado y perfeccionismo. Se afirma
por doquier que el euskera forma parte de la identidad vasca, de lo que
se colige que todo ciudadano vasco debe poseerlo. La verdad es que el
argumento resulta tan borroso en su presentación que resulta difícil
encararse con él. La idea de que la lengua determina una identidad, es
decir, que cada lengua estructura los procesos perceptuales y
cognitivos de sus hablantes hasta tal punto que organiza la mente en
forma peculiar y distinta (la hipótesis Sapir-Whorf) está hoy en día
totalmente desacreditada en antropología. Pero, incluso si así no
fuera, incluso si fuera cierto que a cada lengua corresponde una
identidad, no se comprende por qué razón ello autorizaría al gobierno a
intervenir en materia de lenguas. Al revés, de tal dato debería
derivarse la exclusión de cualquier proceso artificial de cambio
lingüístico puesto que, si no me equivoco, equivaldría a un cambio
coactivo de la identidad de las personas.
Porque si la
hipótesis es cierta, habría que admitir que los castellanohablantes
poseemos una identidad propia y distinta, y que esta identidad resulta
modificada y adulterada cuando se nos induce a conocer y practicar otro
idioma. Es decir, que la política gubernamental borra nuestra identidad
y nos inyecta otra distinta, algo que es anatema para cualquier
defensor del particularismo identitario. Si la lengua determina la
identidad, sea lo que sea ésta, cambiar de lengua, o añadir otra a la
que ya posee el hablante, es un auténtico 'identicidio'. Y no parece
que sea razonable destruir la identidad de unos para conservar la de
otros, a no ser que admitamos que hay identidades superiores e
inferiores, unas a conservar y otras a borrar. Dejando de lado la
identidad, llegamos a uno de los argumentos más sentidos por los
defensores de las políticas lingüísticas intervencionistas: la
corrección de las injusticias del pasado.
Aquí sí que se
sienten seguros, con rara unanimidad, los que claman por imponer o
fomentar el conocimiento y uso del euskera, el catalán o cualquier otra
lengua de las que denominan 'minorizadas'. Porque, verán, según el
relato canónico del pasado que nos proponen, resulta que en un remoto
tiempo todos los habitantes de un territorio tenían una lengua propia,
hasta que llegó la otra, la extranjera, que mediante políticas brutales
e impositivas fue cercenando el ámbito de uso de la propia y acabó
minorizándola en su propia casa. No cabe mayor injusticia histórica que
ésta de la lengua vernácula que se ve arrinconada en su propia tierra
por la imperialista, prepotente y mayoritaria lengua extranjera. Una
injusticia que clama, como es evidente, por su reparación actual,
mediante políticas de apoyo y discriminación positiva a favor de la
lengua tan violentamente reprimida en el pasado. Así, la actual
política lingüística no sería en el fondo sino una forma de reparar el
injusto curso de la Historia. Por eso estaría legitimada: porque la
realidad que pretende cambiar es injusta.
A pesar de que
podría hacerlo, no voy a discutir la veracidad de este relato del
pasado; voy a aceptar a efectos dialécticos que, efectivamente, el
pasado fue un proceso de violenta imposición de la lengua mayoritaria
sobre el euskera, al que ha ido arrinconando por métodos indefendibles.
Que así sea, si así les gusta contarlo a nuestros lingüistas. Lo que
sucede es que, por mucho que adopte como cierto ese relato del pasado,
no veo cómo podría deducirse de él la justificación de una política
lingüística de 'discriminación positiva' a favor del euskera. Sí, ya sé
que a primera vista parece evidente: las mujeres han sido discriminadas
en el pasado, luego están ahora justificadas las medidas
extraordinarias en su favor; las clases más desfavorecidas han sido
tratadas injustamente en la Historia, luego sus integrantes merecen
ahora una ayuda especial; el euskera ha sido maltratado en el pasado,
luego merece ahora un apoyo aunque éste sea discriminatorio.
La
analogía 'parece' que funciona (en la apariencia reside el truco de las
falacias), pero realmente el argumento carece de la más mínima lógica.
Por una sencilla razón: porque cuando hablamos de discriminación
positiva de mujeres, de campesinos, de proletarios o de inmigrantes
hablamos de personas. En cambio, cuando hablamos de discriminación
positiva del euskera, o del catalán, hablamos de cosas, no de personas.
Y en ese 'pequeño' truco de sustituir personas por objetos (lenguas por
hablantes) está toda la trampa del argumento, como es fácil de
demostrar. Tomen como referencia al hablante, a la única entidad moral
en presencia, y verán lo que le pasa al argumento de la discriminación
correctora. Partimos, según el relato canónico, del hecho de que unos
euskaldunes fueron discriminados o maltratados en algún momento del
pasado para forzarles a abandonar su lengua y sustituirla por el
castellano. Otros no lo fueron tanto y consiguieron mantener su
euskaldunidad.
El caso es que llegamos así a la actualidad, en
la que unos hablantes monolingües castellanos (descendientes de los
discriminados injustamente) conviven con unos bilingües (descendientes
de los no discriminados en la Historia). Yo mismo me considero un buen
ejemplo de los primeros, pues recuerdo que dos de mis abuelos hablaban
un euskera que no trasmitieron a mis padres (nunca les oí hablar de
abuso e injusticia, pero sin duda lo sufrieron puesto que lo dice el
canon). Bien, ¿qué hace hoy la política de discriminación correctora
que se practica? Pues, aunque parezca increíble, trata peor a los que
fueron discriminados negativamente en la historia y mejor a los que no
lo fueron. Dicho de otra forma, vuelve a discriminar a los ya
discriminados y añade una nueva injusticia a la anterior. Porque quien
tiene menos posibilidades de empleo, quien es exigido para cambiar,
quien tiene que hacer un esfuerzo adicional, es precisamente el
descendiente del discriminado por la Historia. Mientras que para el
favorecido por ella, que conservó felizmente su lengua, todo son
premios adicionales. Reconocerán que es un extraño método de corrección
de injusticias, un caso que recuerda a la enigmática frase evangélica:
«A quien tiene se le dará y le sobrará; a quien no tiene, incluso lo
poco que tiene se le quitará» (Mateo, 13, 12). O en términos más
simples: una injusticia se tapa con otra. Naturalmente, este extraño
resultado tiene su explicación: si tomamos como unidad de actuación la
lengua, en lugar de los hablantes, los resultados de cualquier política
lingüística son aberrantes. Porque nunca se recordará bastante en esta
materia una verdad así de sencilla: lo que importan no son las lenguas,
son los hablantes. Y llegamos así al último argumento en pro de la
política de euskaldunización coactiva, ése que muchos de ustedes
estarán pensando: vamos a ver, buen hombre, ¿no es mejor para usted
como persona conocer otra lengua, no es un bien para sus hijos y nietos
el dominar más idiomas, no les hace eso más ricos como personas? ¿Por
qué entonces se opone a lo que no es sino un bien para usted mismo? Es
el argumento 'perfeccionista' o 'paternalista' por excelencia, el que
defiende la legitimidad de una política pública intervencionista cuando
no persigue sino el bien de los ciudadanos, el hacerlos mejores.
Es
el argumento nacionalista por excelencia: queremos hacerle mejor a
usted, ciudadano, queremos insuflarle identidad. Pero también es el
argumento de fondo de tantas y tantas políticas públicas que cuidan de
nuestra salud, nuestra seguridad, nuestro bienestar: 'Es por su bien'.
A este argumento sólo se puede oponer una palabra: libertad. Y quien no
lo entienda, es porque tiene alma de lacayo, como dijo Alexis de
Tocqueville. La biblia de la libertad afirma: «La única finalidad por
la cual el gobierno puede con pleno derecho ejercer su poder sobre un
miembro de una comunidad civilizada en contra de su voluntad es la de
evitar que perjudique a los demás. Pero su propio bien, físico o moral,
no es justificación suficiente. Nadie puede ser legítimamente obligado
a realizar o no realizar algún acto porque eso sería mejor para él, o
porque le haría feliz» (John Stuart Mill, 'On liberty'). Pues eso.
El artículo en El Diario Vasco
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