Quizá hoy hubiera comenzado a cobrar la jubilación. Quizá hoy le
hubiera tocado quedarse en casa cuidando de sus nietos. Quizá hoy
tuviera intención de jugar la partida con sus vecinos de la localidad
coruñesa de Malpica. Quizá hoy. Porque hoy se cumplen 40 años de su
muerte. Porque hoy se cumplen 40 años desde que el apellido Pardines
pasara a la Historia. Porque hoy se cumplen 40 años desde que los
asesinos de ETA iniciaron su larga y cruel carrera. Desde entonces, más
de 800 muertos. En El Mundo
José Pardines Arcay era miembro de la Guardia Civil, el Cuerpo donde
ETA ha puesto mayoritariamente su punto de mira. El último asesinado
por los terroristas, Juan Manuel Piñuel, también era agente del Instituto Armado.
Pardines apenas contaba con 25 años. Hijo y nieto de guardias
civiles. Aquella tarde del 7 de junio de 1968, a Pardines, que estaba
destinado en el destacamento de Tráfico de San Sebastián, le tocó
participar, junto a su compañero Félix de Diego Martínez, en un control
en la carretera Nacional I, Madrid-Irún, en la entrada de Villabona
(Guipúzcoa).
Había unas obras en la zona. Ambos agentes tenían que cortar
el tráfico para que los conductores sortearan las obras. José Antonio y
Félix estaban en dos puntos distintos. Esa distancia quizá
evitó que hubiera dos víctimas mortales aquella tarde de junio. Nadie
temía una situación como la que se produjo. Nadie tenía en mente que al
menos un etarra había tomado ya la decisión de cruzar el Rubicón y
tirar de armas.
Control de carreteras
Todo transcurría con normalidad, pero Pardines era un hombre de
detalles y algo no le 'sonó' bien en aquel Seat 850 Coupé blanco, con
matrícula de Zaragoza 73956. Recordaba los números de la matrícula como
los de un vehículo reclamado. Así que decidió ir tras él. Montó en su
motocicleta e interceptó el coche sospechoso.
Saludó reglamentariamente a los dos ocupantes y les pidió la
documentación. Pardines rodeó el vehículo y se agachó para comprobar
que los números de la documentación se correspondían con los del
automóvil, los del motor y los del bastidor. Era un hombre
concienzudo y consciente de su trabajo. Ésa fue su última actuación.
Del coche salieron los dos ocupantes. Uno de ellos sacó su pistola y le
disparó un tiro en la cabeza a quemarropa.
En ese momento atravesaba la carretera un camionero que, al oír el
ruido, pensó que había pinchado y detuvo el camión, de una empresa
alimentaria de Pamplona. Al ver la escena, trató de reducir al autor de
los disparos, pero rápidamente fue encañonado por el compañero del
asesino, obligándole a soltarle. Fue entonces cuando el autor
del disparo contra Pardines apuntó de nuevo su arma contra el guardia
civil y disparó cuatro veces más, en el pecho del agente.
Huida tras el atentado
Los dos etarras emprendieron la huida y pasaron junto al compañero de Pardines, que no se había percatado de nada. Fue el camionero navarro quien le informó del tiroteo.
Rápidamente se puso en marcha un operativo de búsqueda del comando de
ETA autor del primer asesinato de la historia de la organización
terrorista.
Javier Etxebarrieta Ortiz, 'Txabi', e Iñaki Sarasketa fueron
interceptados poco después en las inmediaciones de Tolosa, junto a un
restaurante, por las patrullas de la Guardia Civil. Txabi, autor de los
disparos que acabaron con la vida de Pardines, no estaba dispuesto a
entregarse. Sacó de nuevo el arma ya estrenada. La maniobra fue descubierta por los agentes, que forcejearon con el asesino para arrebatarle la pistola. Pero el otro terrorista también sacó la pistola.
Se produjo un tiroteo en el que resultó herido de gravedad 'Txabi'.
Fue trasladado al hospital de Tolosa, donde murió. Sarasketa logró
huir, pero apenas unas horas más, porque en la madrugada del 8 de junio
fue detenido. Se había ocultado en la iglesia de la localidad guipuzcoana de Regil, en compañía del cura párroco.
Txabi, bilbaíno y economista de 22 años, era el máximo responsable del aparato militar de ETA. Siempre había defendido que a la banda no se la tomaría en serio hasta que se produjeran las primeras muertes.
"Para nadie es un secreto que difícilmente saldremos del 68 sin ningún
muerto", aseguró en la revista 'Zutik', en aquella época el 'BOE' de
ETA.
El compañero de Pardines
Félix de Diego, nacido en Fuentezen (Burgos), acudió al lugar en el
que había sido asesinado su compañero Pardines. Lo encontró tendido en
el suelo, rodeado de un gran charco de sangre. Apenas pudo dar la voz
de alarma para que se montara el dispositivo de captura de los
asesinos. Nunca superó la muerte de su compañero de patrulla.
En 1977 sufrió un accidente de moto en el alto de Etxegarate y cayó
desde una altura de 60 metros. No murió, pero el accidente le dejó
importantes secuelas que provocaron la baja del servicio activo en la
Guardia Civil. No abandonó el Cuerpo, pero estaba en la reserva.
Su vida profesional había sido dura, muy dura, pero el destino no le
había cerrado aún su última puerta. La mañana del 31 de enero de 1979,
De Diego se encontraba en la terraza del bar Herreria, en Irún,
propiedad de la familia de su esposa. Dos etarras entraron en el establecimiento sin mediar palabra y dispararon contra él a quemarropa, en presencia de su mujer. "Era un chivato de la Guardia Civil". Ésa fue la razón que dio ETA para explicar el asesinato.
De Diego, casado y padre de cuatro hijos, murió a consecuencia de
los tres disparos de ETA (uno en el corazón, otro en el vientre y el
tercero en la pierna izquierda). A sus 46 años, un cáncer terminal de
riñón lo tenía impedido en una silla. Los pistoleros no sabían que acababan de matar al compañero de Pardines. Y, según ellos, por ser un chivato: era imposible, él era un guardia civil.
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