Recibido al finalizar la jornada del 10 de marzo de 2007.[nota del editor de la web]
La extraordinaria manifestación
de hoy en Madrid contra la escandalosa decisión del presidente del
Consejo de Su Majestad, "solo o con ayuda de otros", de liberar
a un asesino nacionalista vasco, enemigo de España y de la Libertad,
que se jacta de chantajear a la Nación, doblegar al gobierno e insultar
a sus víctimas, constituye todo un hito singular, pese al bochornoso
ninguneo de la mayoría de las televisiones.
Como también lo es incluso
en la tantas veces siniestra trayectoria de socialismo español desde
su fundación por Pablo Iglesias la propia decisión gubernamental que
la ha provocado. Pues es la propia dignidad de España y la entidad
de los principios que hacen que una civilización sea digna de tal nombre
lo que el gobierno ha menoscabado con su política.
En anteriores ocasiones históricas
el PSOE ya ha utilizado el supuesto humanitarismo como pretexto hipócrita
para aislar al partido conservador. Y también, otra vez, el partido
socialista se ha embarcado en un proceso de demolición supuestamente
"controlada" de la Monarquía constitucional.
Y es que una de las lecciones
que se pueden extraer del reinado del anterior Borbón, hasta su posterior
agonía y caída, que se repite también hasta ahora, es la carencia
de espíritu constructivo en los debeladores de lo existente así como
la falta de energía cuando no de inteligencia de sus defensores. Lección
que hoy no se debe olvidar.
"Mal se queja quien se deja".
No se puede decir día tras día, que tal es muy grave y luego no actuar
en consecuencia. Pero lamentablemente, mientras nos vamos a cercando
cada vez más al abismo, sigue el pasotismo de muchos, la eutanasia
consumista. Preocupados los más como entonces se decía en lenguaje
de la época de "cortar el cupón, comer el capón y deshonrar el
copón".
Ojalá este 10 de marzo suponga
un punto de inflexión en la necesaria toma de conciencia.
"Un hombre, un voto" debiera
ser equivalente a "un ciudadano, un voto". Cosa que aunque parece
igual no es lo mismo. En España quizás nunca lo fue. Por desgracia.
Pese a lo que pudiera deducirse de acontecimientos como la multitudinaria
manifestación de hoy la expectativa de voto del PSOE y el resto del
frente popular no ha caído como cabría esperar de sus acciones. Si
las encuestas fueran fidedignas, no abundarían tanto los ciudadanos
dignos de tal nombre como cabe pensar, a lo mejor demasiado ingenuamente,
que existen en otros países occidentales de arraigadas tradición democrática
y decencia pública. Pero ahora, desde el trágico 11M, nos encontramos
en un rápido proceso de involución amparado en la demagogia y la impostura.
Demagogia que es la antesala de la tiranía. E impostura, porque a diferencia
de los Iglesias, Largo o Prieto, cuyo resentimiento cabría explicar
por odio de clase, el partido socialista actual no está en manos de
obreros o personas de extracción social humilde, sino de burgueses
e hijos en su mayor parte, de altos cargos o grandes beneficiados del
pasado régimen que tan ferozmente critican a toro pasado.
Malos tiempos corren cuando
es preciso demostrar la evidencia, pero, aunque ya pudiera parecer superfluo
a estas alturas, los tartufos españoles de la progresía aún no parecen
suficientemente desenmascarados.
Mas, ahora, se están utilizando
instituciones del Estado para destruir a la Nación a cuyo bienestar
deben su razón de ser. Y nunca, tampoco, a la luz de lo que se está
viendo, el terrorismo que ha perpetrado tantos atentados políticos
en España, y desgraciadamente ha logrado asesinar a los presidentes
Cánovas, Canalejas, Dato o Carrero Blanco había tenido un logro tan
importante como llevar a Zapatero a la Moncloa.
La actual deriva destructiva
del presidente del Consejo de Su Majestad, no ya solo contra la democracia
sino también contra la Nación española ante el elocuente silencio
de sus correligionarios, no debe inspirar mucha confianza al ciudadano
de bien, independientemente de sus convicciones políticas.
El aparato del Estado en manos
del PSOE y de sus aliados está actuando contra la Nación.
Esto explica el enorme éxito
de manifestaciones como las de hoy, anómalas o superfluas en el contexto
europeo. Pero que no debieran ser nube pasajera de primavera. España
no se va a rendir pese a los intentos del PSOE y de sus aliados. Quizás
de la grave crisis política actual pueda renacer una Nación más fuerte
y noble.
De lo ocurrido hoy debería
tomar nota no solo el gobierno y su presidente. Toda persona lúcida
y bien intencionada, y con más motivo cuanta más autoridad tenga,
tendrá que preguntarse ¿qué he hecho yo para evitar lo que está
pasando?.
Tras una manifestación tan
enorme como la de hoy en la que la ciudadanía ha exigido dignidad y
libertad, si el presidente del gobierno tuviera un mínimo de bonhomía
y talante democrático debería dimitir. Pero tal no ocurrirá. Porque
en ese caso tampoco haría lo que está haciendo, "solo o con ayuda
de otros".
El PP es hoy por hoy la única
fuerza política organizada que puede hacer frente a los enemigos de
España y canalizar las esperanzas de los ciudadanos con éxito. Ello
representa una grave responsabilidad para sus actuales dirigentes y
militantes. Lo que no deben olvidar a la hora de la coherencia. En especial,
para los que coquetean en demasía con las taifas autonómicas que han
resultado ser más parte del problema que de su solución.
El PP haría bien en atender
y valorar las ideas de las asociaciones cívicas que le sirven de acicate
y de eficaz estímulo contra la indolencia, la autosatisfacción y el
ombliguismo endogámico.
Quizás, cuando pase esta tremenda
crisis y se puedan evaluar los daños en toda su dimensión, se llegue
a la conclusión que el sistema político español debe ser reformado
en profundidad para hacer imposible que pueda repetirse que una nueva
alianza entre el PSOE y los separatistas nos ponga de nuevo en peligro
de destrucción. Pero mientras tal cosa sucede es preciso aprovechar
los cauces que existen.
Ojalá todo esto no se olvide
en la etapa electoral que viene cuando los aventajados discípulos del
sectario Iglesias intenten abonar sus narcotizados barbechos electorales
con la demagogia, el fanatismo, la codicia y la hipocresía.
Bienvenida sea la reacción
ciudadana expresada hoy. En efecto, ya es hora que la politeia,
esa ciudad de auténticos ciudadanos que definió Aristóteles y soñó
Cervantes deje de estar deshabitada entre nosotros.
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