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El comunicado de ruptura de la tregua sólo ha confirmado que no había
«proceso de paz» alguno, sino un rearme del terrorismo que el Gobierno
no ha combatido. ... El artículo en ABC
En marzo del 2004 podía albergarse alguna esperanza de
que ETA, entonces cerca del fin, aceptara desarmarse a cambio de
beneficios para sus presos y de la legalización de Batasuna, pero
pronto fue evidente, para quien quisiera verlo, que tal intención, si
existió, dejó paso enseguida a la estrategia de explotar un «proceso de
paz» basado en fórmulas rancias, erróneas y fracasadas -las tesis de
Eguiguren-, y convertido en oportuna tapadera de un renacimiento
operado bajo las mismas narices de las instituciones encargadas de
evitarlo. Los terroristas recuperaron la iniciativa gracias a la
decisión de Zapatero de marginar a la oposición para monopolizar el
presunto éxito de la negociación, y ha sido así, aunque parezca
increíble, como ETA ha logrado concesiones estratégicas sin
comprometerse a nada por su parte. Al contrario, iremos asistiendo a la
revelación de los compromisos de los enviados gubernamentales, más
imprudentes que incumplidos, que los terroristas esgrimirán para
justificar los próximos asesinatos: de la legalización total de
Batasuna a la admisión de la autodeterminación bajo «fórmulas
imaginativas», pasando por la mesa de partidos.
Todo indica que el inestimable regreso a las
instituciones vascas y navarras mediante la marca ANV es el último
éxito que ha animado a ETA a romper sus débiles compromisos de
inactividad. ¿Cómo resistirse a la tentación cuando el propio fiscal
general califica de «Guantánamo electoral» el rechazo de algunas listas
electorales llenas de etarras? La responsabilidad penal es y será de
los terroristas, pero la responsabilidad política de haber permitido su
rearme es de Zapatero y de su gobierno.
Vuelven los viejos y siniestros tiempos del terrorismo
combinado con la presencia impune de su brazo político en las
instituciones. El problema es este: ¿podemos confiar en que Zapatero
será ahora capaz de perseguir a ETA en todas sus formas, ANV incluida,
en que logrará recomponer el consenso con la oposición, en que
impulsará el cumplimiento exigente de la legalidad, en que volverá al
espíritu del Pacto Antiterrorista? La respuesta es obvia: no, porque ha
venido haciendo lo contrario. Si ayer calificaba de «equivocación» el
comunicado etarra, en la misma línea de retorsión semántica con la que
banalizó, llamándolo «accidente», el atentado de la T-4 que costó la
vida a Estacio y Palate, es inútil esperar nada del presidente del
Gobierno.
¿Unidad de las fuerzas democráticas contra ETA,
movilización de la sociedad civil, apoyo a los colectivos más
amenazados, con independencia de siglas o simpatías? Sin duda alguna,
pero será imposible con Zapatero. Ha deshecho una política que a punto
estuvo de triunfar, y que nos costará sangre y lágrimas rehacer. En
fin: todos le estaremos agradecidos, señor presidente, si al menos
dimite y deja el puesto a alguien con alguna credibilidad y decidido a
terminar con ETA usando la ley, en vez de con bricolaje constitucional
chapucero o absurdas adaptaciones de la teoría de juegos.
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