Inicio

La Coruña, con L de libertad

Imagen: La Coruña, con L de libertad

Doma y castración del Reino de Galicia

 

Reyes Catolicos Galicia

Nacionalismo en las aulas

juventud nazionalista

1980

 

cartel 1980 300x136

No se entiende bien qué pinta el PP en Valencia o en Andalucía promoviendo o aceptando los cambios estatutarios que suponen un desbordamiento del actual régimen autonómico o al menos el germen para ello. Evidentemente, teme quedarse fuera de un proceso inducido por políticos desleales o corruptos que buscan impunidad en el mangoneo presupuestario de sus ínsulas respectivas. Pero el problema no es ser menos malo que los otros.

Gracias en buena parte al patrimonio moral que supone el heroísmo y abnegación de sus militantes en el País Vasco y Cataluña, en este momento el PP es la única organización política que está en condiciones de impedir o al menos estorbar el proceso de desmantelamiento constitucional promovido por la alianza contra natura entre socialistas, nacionalistas e incluso etarras en el que estamos, y lo que es peor aún, pues no sólo tiene que ver con lo jurídico sino también con lo real: la deriva de destrucción de la entidad de España como nación y del ejercicio real de las libertades y derechos humanos. Pero, ¿quiere?¿puede? 

Por un lado, para impedirlo necesita volver al poder, y para ello debe sumar todos los votos posibles. Pero algunas de las batallas en las que le meten, ¿o se mete? le desnaturalizan como institución seria que juega limpio con España y los españoles.

No se entiende bien qué pinta el PP en Valencia o en Andalucía promoviendo o aceptando los cambios estatutarios que suponen un desbordamiento del actual régimen autonómico o al menos el germen para ello. Evidentemente, teme quedarse fuera de un proceso inducido por políticos desleales o corruptos que buscan impunidad en el mangoneo presupuestario de sus ínsulas respectivas. Pero el problema no es ser menos malo que los otros. Si en el PP existe voluntad de servicio al pueblo y a la nación española, debe tener la honradez y lucidez de plantearse si, en verdad, ¿acaso los enormes problemas que se plantean a la sociedad española del siglo XXI necesitan abordarse con nuevos estatutos regionales? Es al revés: el debilitamiento del Estado y la incoherencia que la fragmentación y desorganización crecientes de las decisiones públicas provocadas por el lamentable sistema autonómico en el que estamos, agravadas por la deslealtad del caciquismo tribal que lo gestiona, van a hacer cada vez más difícil que se pueda salir del actual marasmo de decadencia. Los grandes desafíos generales: globalización, lucha antiterrorista y contra la delincuencia en general, corrupción incluida, igualdad ante la ley de ciudadanos y regiones, estabilidad a largo plazo del estado de bienestar, conservación del estado de derecho, independencia de la Justicia, juego limpio institucional, trasparencia del sistema financiero, acceso a la vivienda por los jóvenes, desertización, inmigración descontrolada, Islam...se ven perjudicados por el actual sistema y, si el desmantelamiento continúa, llegarán a resultar inabordables para cualquier gobierno serio, competente y honrado, que quiera estar al servicio de la gente antes incluso que al de sus intereses particulares, personales o de partido.

Y es que no se puede renunciar a las ideas ni a los principios. Pero primero hay que creer en ellos. Cuestión que cada vez parece menos clara. Cuando por propia iniciativa o por debilidad se apoya la deriva autonómica, se está apoyando la debilitación del liberalismo y de los derechos civiles. Pues los antiliberales y los liberticidas de todo pelaje ven en el crecimiento autonómico el caldo de cultivo idóneo para sus logros.

La demagogia es la antesala de la tiranía. Zapatero no es Suárez, ni el actual régimen constitucional el de Franco, por lo que puede defenderse sin mala conciencia. Ni cabe adherirse a una fantasmagórica ley de Reforma política que no se ha planteado como tal sino por los hechos consumados. Es preciso dar la batalla ideológica pues, de lo contrario, la gente prefiere al decidido por desastres que vaya a causar que al tibio o al acomplejado. Está en juego la permanencia de España entre los países señeros del mundo o su descomposición hacia el tercermundismo real.

De la actual percepción del PP como “mal menor” se debería pasar a otra en que el PP pueda considerarse un bien mejor.  (Continuará)