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alguien
que comete crímenes actuando bajo órdenes, lo cual llega a apagar, incluso
completamente, su conciencia de culpa. Eichmann ...//... redactó el acta que ordenaba la liquidación de once millones de judíos, y
a propósito de ello declaró: “En aquel
momento sentí algo parecido a lo que debió sentir Poncio Pilatos, ya que me
sentí libre de toda culpa”. A los ojos de su conciencia, él sólo fue un honrado
distribuidor de recursos, que procuraba realizar la tarea encomendada con la
máxima eficacia y al menor coste. ...
“El lector” es una de
las grandes películas de esta temporada. Basada en una novela de Bernhard
Schlink, ha merecido el Óscar a la Mejor
Actriz Protagonista, otorgado a Kate Winslet, que interpreta
con gran solvencia un personaje, el de Hanna Schmitz, lleno de paradojas,
ingenuo a la vez que enigmático, hosco pero necesitado de amor, puritano aunque
transgresor, tan sensible como cruel…
El asunto nuclear a
partir del cual fluye el argumento de la película es ese gran agujero negro del
alma alemana que es todavía, y previsiblemente seguirá siéndolo por mucho
tiempo todavía, el horror nazi, especialmente su epicentro, el holocausto judío
en los campos de concentración. No es fácil elaborar y digerir el hecho de que
aquel horror se administrara y condujera no ya contando con la gélida indiferencia
de todo un pueblo, sino incluso con su positiva anuencia, cuando no con su
activa participación. Aún sangran las heridas que quedaron abiertas con
aquellos hechos, y lo hacen, entre otros modos, en forma de preguntas obsesivas
que obligan a indagar en las profundidades de la mente del que, en tiempos más
sosegados, llamaríamos “persona normal”.
“Persona normal”: así vino
a calificar la filósofa alemana de origen judío, Hannah Arendt, a Adolf Eichmann,
criminal nazi que, durante la Segunda Guerra
Mundial, estuvo encargado del departamento desde el que se planificaba el
transporte de los judíos hacia los guetos y los campos de concentración. Arendt
estuvo cubriendo para el semanario estadounidense The New Yorker el juicio
contra Eichmann que tuvo lugar en Jerusalén en 1961, y en el que acabó siendo
condenado a muerte. De su trabajo allí acabó surgiendo su libro titulado “Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la
banalidad del mal” (Paidós, 2005). Arendt, después de analizar
minuciosamente el comportamiento de Eichmann, concluye que éste era un hombre
normal, un ser obediente que formaba parte de una maquinaria, de una eficiente
burocracia dedicada al exterminio, y que actuaba bajo unas circunstancias que
le hacían casi imposible saber que estaba obrando mal. En el concepto de
“banalidad del mal” incluye Arendt la irreflexión de alguien que comete
crímenes actuando bajo órdenes, lo cual llega a apagar, incluso completamente,
su conciencia de culpa. Eichmann participó en la Conferencia de
Wannsee, en la que se coordinaron los esfuerzos para la “Solución final”. Él
mismo redactó el acta que ordenaba la liquidación de once millones de judíos, y
a propósito de ello declaró: “En aquel
momento sentí algo parecido a lo que debió sentir Poncio Pilatos, ya que me
sentí libre de toda culpa”. A los ojos de su conciencia, él sólo fue un honrado
distribuidor de recursos, que procuraba realizar la tarea encomendada con la
máxima eficacia y al menor coste.
¿Estamos realmente
hablando de una persona normal?
A finales de la década
de 1960, Stanley Milgram, un psicólogo de la Universidad de Yale,
llevó a cabo un experimento sobre los límites a los que puede llegar el
comportamiento de obediencia, cuyos resultados no pueden sino provocar
consternación.
Milgram reclutó a
diversos sujetos experimentales entre todos los sectores sociales (abogados,
bomberos, obreros…), proponiéndoles participar en un experimento sobre los
eventuales beneficios del castigo en el aprendizaje. Un médico de bata blanca
les dirigía en la tarea: de uno en uno actuarían como “profesores” frente a un
alumno situado en otra habitación, al cual no podían ver, pero sí oír. El
“profesor” sometía al alumno a un examen de memorización de asociación de
palabras. Si se equivocaba, debía castigarle aplicándole una descarga eléctrica
que al principio era leve, de 15 voltios, pero a medida que acumulaba
respuestas incorrectas, las descargas iban aumentando de intensidad, hasta
llegar al último nivel, de 450 voltios.
Sin embargo, éste del
aprendizaje por castigo era en realidad un experimento-máscara. Lo que auténticamente
se investigaba era el límite al que las personas son capaces de llegar en su
comportamiento de obediencia. Cuando las descargas llegaban a 180 voltios, el
alumno (en realidad, un actor), gritaría diciendo que no podía soportar más el
dolor; a los 300, que no quería seguir con el experimento (que, sin embargo, no
podía supuestamente eludir). A los 330 voltios, sólo habría silencio.
Los resultados del
experimento producen pavor: el 65 % de los sujetos que hacían de profesores (los
que realmente eran estudiados) llegó hasta el final, los 450 voltios, a pesar
de que muchos parecían sufrir por lo que hacían (sudaban, se mordían los
labios…), pero el hecho es que acababan obedeciendo al experimentador de la
bata blanca, que les animaba a seguir con el experimento, del que él se
presentaba como último responsable. Los escrúpulos morales eran, pues, de
inferior nivel de exigencia que la obediencia demandada. El experimento fue
posteriormente replicado y confirmado en diversos lugares del planeta
(Australia, Alemania, Jordania y otros países), siempre con resultados
similares.
Caer en el pesimismo
antropológico generalizador sería una conclusión prematura. En realidad, todo
apunta al hecho de que el sentimiento de culpa no es algo a lo que tengamos
acceso por naturaleza (el Pecado Original no sería tan original), sino que es
una conquista de la evolución tanto filogenética (de la especie) como
ontogenética (del individuo). Nacemos predispuestos a ponernos a las órdenes
del de la bata blanca, que es el modo de cumplir con nuestra necesidad de
pertenencia, de garantizar nuestra adscripción al grupo que él representa. El
instinto de adaptación y de obediencia es anterior a la necesidad de ser uno
mismo, que exige la capacidad de sobrellevar la responsabilidad –y eventualmente
el sentimiento de culpa– por lo que hacemos. Esto último puede conducir en
determinados momentos a la confrontación con el grupo de referencia, incluso al
ostracismo. En el extremo –pensemos en los opositores al régimen nazi–, al
heroísmo. Algo a lo que es difícil acceder. Pero es a ello a lo que,
precisamente, se refería Inmanuel Kant cuando proclamaba el lema de la Ilustración: “¡Sapere
aude! ¡Ten valor para servirte de tu propio entendimiento!”. Esa sería
la única medida posible a tomar contra los totalitarismos y contra los excesos
de la obediencia debida.
Javier Martínez Gracia, miembro de UPyD (Unión, Progreso y Democracia)
de Burgos
El editor recomienda encarecidamente la novela.
En cuanto a la película: Crítica de cine:
| Traumas |
| |
El peso de una relación
inapropiada, aumentado por la dinámica de la Historia, a lo
largo de toda una vida. En la Alemania de los años 50 Michael Berg es un adolescente robusto y amante de la lectura, sensible y
vitalista. Un día que se encuentra mal en la calle, le ayuda
una mujer, Hanna Schmitz, revisora en un tranvía, atractiva,
solitaria y enigmática. Cuando pasados unos días le
lleva unas flores para agradecer su atención, comienza un
juego de seducción por parte de ella. Atrapado en el recién
descubierto vértigo del erotismo, comienza una larga relación
clandestina, donde ninguno de los dos parece detenerse demasiado a
considerar la diferencia de edad que media entre ambos -él
tiene 15 años, ella 36-, los encuentros sexuales parecen
convertirse en razón principalísima para levantarse
cada mañana, aunque en ocasiones discutan, pues ella exhibe un
extraño carácter con inesperados cambios de humor, y
nunca habla mucho de sí misma. Como Hanna es analfabeta, uno
de los aspectos más gozosos de la relación estriba en
los momentos en Michael le lee los libros que forman parte de sus
tareas escolares. Un día, de repente, Hanna desaparece.
Michael sigue con su vida, y estudia derecho en la universidad. El
reencuentro con su antiguo amor se va a producir en circunstancias
traumáticas, cuando Michael acude a un juicio contra antiguos
criminales de guerra, que se celebra en Berlín.
El director de Billy Elliot (Quiero
bailar) continúa la línea de historias traumáticas
y deprimentes marcada por su anterior film, Las horas. Stephen
Daldry repite colaboración con el guionista David Hare a la
hora de adaptar una novela del alemán Bernhard Schlink, que
bucea en las heridas no cicatrizadas del traumático pasado
nazi de su patria. Aunque Hare da algunas vueltas a la estructura
narrativa, con saltos al pasado y al presente, la historia que se nos
cuenta tiene tres etapas bien determinadas. Está esa
apasionada relación entre un jovencito y una treintañera,
narrada con consciente morosidad e innegable insistencia erótica,
aunque se "revista" -es un decir, los actores aparecen desnudos
en gran parte de estos pasajes- de preciosismo esteticista; un amor
sin compromiso, corrupción de un menor inexperto, por tanto,
poco amor, traspasado de gélida frialdad, porque no existe
entrega mutua plena, Michael y Hanna son unos desconocidos el uno
para el otro. Esto influye sobremanera en la segunda parte del film,
alrededor del juicio, donde las sorpresas sobre la identidad de Hanna
afectan aún más a un Michael que ya da la impresión
de estar muy vacío en sus capacidades amatorias, véase
la relación con sus padres y con una compañera de la
universidad, su futura esposa. El tercer tramo de la historia es el
que podría denominarse "carcelario", donde la relación
de los protagonistas continúa de una manera peculiar, los
libros grabados en cassette; puede considerarse una idea bonita, al
final lo que queda del "amor" es la búsqueda común
en la superación del analfabetismo, más que una
relación física, inevitablemente efímera.
Deja este film -la última
producción de los fallecidos en 2008 Anthony Minghella y
Sydney Pollack- un regusto amargo, hay en él una especie de
nihilismo fatalista que impregna cada fotograma. De algún modo
se apunta a una culpa colectiva en el drama de la Alemania nazi, que
no admite absolución, sólo queda pasar página,
tratar de olvidar, meta imposible, y esperar que las nuevas
generaciones, libres de dicha culpa, lo hagan mejor. Por lo visto sus
artífices, por razones difíciles de entender,
decidieron dejar fuera de la trama cualquier mención expresa a
la redención o al perdón. Lo que no deja de ser
paradójico, porque la escena final del encuentro de Michael
con una víctima del holocausto está pidiendo a gritos
ambas actitudes, y de hecho, tácitamente se hallan presentes.
Queda pues una película bien narrada, con buenas
interpretaciones, sobre todo de Kate Winslet, David Kross y Ralph
Fiennes, pero que no conduce a ninguna parte.
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