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Comenzaré
mis reflexiones dando enunciado a la pregunta más difícil
de responder de todas las que se ha llegado a hacer el hombre, que
fue, sin duda, la primera que apareció en su mente cuando
descubrió los signos de interrogación y sospecho que
será la última que se haga cuando, con previsible cara
de sorpresa, asista al cataclismo final: ¿qué es la
realidad?
La
primera respuesta, errónea por supuesto, que nos dimos a tal
pregunta fue que la realidad es eso que tenemos ante nosotros. Y es
que eso que creemos tener ahí no es tal: en medio, entre
nosotros y la realidad, se interpone, para empezar, un velo que nos
hace ver lo que no hay, que transforma la realidad en mito. O en
sueño, como prefería decir María Zambrano:
"Inicialmente la vida es como un sueño (...) Se sueña
sin saber, sin ver".
Soñamos, generamos mitos que sustituyen a lo que deberíamos
saber, que se superponen a lo que deberíamos ver. Nuestros
antepasados griegos inventaron la filosofía para tratar de
descubrir esa realidad que discurría al otro lado de los
sueños y los mitos. Precisamente llamaron a la labor que les
ocupaba "alétheia", descubrimiento, quitar el velo.
¿De
dónde surge, dónde está la fuente de esa
dificultad que nos impide acceder a lo real? Quemaré etapas
para llegar sin más dilación a la respuesta: la fuente
de todas nuestras dificultades de acceso a la realidad es el miedo.
"Por el
miedo se explican todas las cosas, el pecado original y la virtud
original",
afirmaba Nietzsche.
"El Poderoso me ha llenado de miedo",
decía Job, conturbado, ante sus amigos al constatar la frágil
materia de la que estamos hechos.
"Somos
seres para la muerte",
sentenció Heidegger, y parece ser que esa fatalidad que
tenemos anunciada impregna por entero nuestro paso por la vida a
través de ese emisario suyo, tan tétrico y desabrido
como ella, que es el temor (a veces transformado en aquel sucedáneo
suyo tan original y meritorio que es el valor). Así se explica
que cuando le iba llegando esa que llaman "la hora de la verdad",
versificaba Quevedo diciendo: "y
no hallé cosa en que poner los ojos / que no fuera recuerdo de
la muerte".
Ocurriría, según esto, que las cosas pueden dejar de
ser lo que son, o sólo lo que son, y pasar a ser lo que
nuestras íntimas disposiciones demandan que sean
(recordatorios de la muerte en este caso). Unas veces no llegaríamos
a distorsionar lo que objetivamente son esas cosas, sino que sólo
apoyaríamos en ellas, sin destruirlas, lo que nuestra
intimidad precisa que sean. Pero otras veces llegaríamos a
sustituir ese ser de las cosas con lo que nuestros prejuicios exigen
que sean: en eso consisten el delirio y la alucinación.
Aquellos
prejuicios íntimos que brotan del miedo, del peligro de vernos
consumidos, tienen tanta fuerza que son capaces, efectivamente, de
velarnos la realidad, de hacer que desatendamos lo que ésta es
para centrarnos en lo que nuestros temores nos hacen creer que es.
Puesto que nuestro miedo nos es consustancial, precisamos de un
método para conseguir que, aun contando con las
predisposiciones que ese miedo genera, no nos impida acceder a la
realidad, sino que, por el contrario, encuentre en ella, y no en
nuestros exclusivos fantasmas interiores, el modo de plasmarse.
Recapitulando
todo lo dicho, podríamos concluir que la vida es el medio que
tenemos para dramatizar nuestros miedos, para dar forma y motivos a
nuestra previa e indeleble sensación de estar en peligro.
"La vida, individual o colectiva, personal o histórica
-decía
Ortega precisamente-,
es la única entidad del universo cuya sustancia es peligro".
Hemos, pues, de conseguir encajar nuestra íntima sensación
de estar en peligro con alguna de las muchas posibilidades de estarlo
objetivamente que nos ofrece la vida. En la primera parte de esa
vida, en la infancia, nos dedicamos, en los momentos más
benignos, a jugar con nuestros miedos (el juego es la forma infantil,
balbuciente, ingenua del delirio); los cuentos, por su parte,
proporcionan esa dramatización, tan necesaria para nuestra
higiene psíquica, en que los diferentes personajes imaginados
asumen la representación de las correspondientes parcelas en
que el miedo nos divide el alma. La realidad cumple en el niño
un papel muy secundario a la hora de dramatizar esos miedos suyos; de
ella tan sólo recoge lo imprescindible para dar forma a sus
inocentes delirios. Eso sí, cuando se apaga la luz, queda el
niño expuesto plenamente a la fuente de la que manan todos sus
miedos: él mismo, su consustancial fragilidad.
En
la vida adulta sobreviven buena parte de aquellas ensoñaciones
por medio de las cuales dramatizábamos de manera lúdica
nuestros miedos, les buscábamos motivos imaginarios para, a
través de ellos, virtualmente justificarlos. Hemos inventado
la literatura o el cine con el objetivo de dar forma resoluble,
aunque ficticia, a esos miedos (no me entretengo en el largo hilo
argumental que me pudiera llevar a mostrar cómo los demás
sentimientos no son sino elaboraciones más o menos
sofisticadas de ese sentimiento matriz que es el miedo). Cuando nos
divertimos, en general, tratamos también, a menudo, de palpar
el perímetro del miedo, de buscarle una razón de ser;
ocurre al subir a una montaña rusa, al hacer puenting... o al
correr un encierro en los Sanfermines, de lo cual hemos tenido este
año fatal y lamentable confirmación. Cuando llegamos a
confundir esto que no son sino ensoñaciones con la realidad es
cuando acontece el delirio, el sueño, el mito.
Pero
el destino último de nuestras íntimas predisposiciones
es que lleguen a acoplarse con la realidad de una manera eficaz y
productiva, convirtiéndolas incluso en la energía que
ha de ponernos en marcha para llegar a descubrir esa realidad,
porque, decía también Ortega,
"tal vez es imposible descubrir fuera una verdad que no esté
preformada, como delirio magnífico, en nuestro fondo íntimo".
Es ésta una tarea que, salta a la vista, no es fácil
llevar a cabo. Cuando tratamos de encajar en lo real esa última
sustancia que, según el mismo Ortega, nos constituye, la
vocación por el peligro, quedamos muchas veces lastrados por
nuestros fantasmas interiores, viendo peligros donde objetivamente no
los hay o convirtiendo, por ejemplo, a quienes realmente estaban
destinados a ser nuestros amigos y aliados en peligrosos enemigos a
batir.
Es
por eso que hay que achacar no a la parte de nosotros que mejor se
lleva con la realidad sino a lo que en nuestro interior sobrevive
como tendencia al delirio el hecho de que aquel inteligente político
alemán que fue Konrad Adenauer pudiera decir, haciendo gala de
una gran perspicacia: "Hay
enemigos, enemigos mortales y compañeros de partido".
Es, desgraciadamente, nuestra atracción por el delirio la
responsable también de otra de las cosas que, con similar
brillantez, y siguiendo la estela de su anterior reflexión,
dejó asimismo enunciada el político alemán: "La
historia es la suma total de todas aquellas cosas que hubieran podido
evitarse".
Javier
Martínez Gracia, miembro de UPyD de Burgos
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