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Tras el susto del sábado, las
fuerzas bienhechoras de la humanidad vasca están tratando de
recuperar la alianza para el proceso o el proceso para la alianza,
que ya no hay quien se entienda, alterados unilateralmente por la
emergente civilización etarra.
Así, uno de los discípulos
más aventajados de su paisano Loyola, tras desayunar con
puches de polenta, transido de piadosa congoja, salía en la
teletarra regional ensayando mañas de seráfica madre de
todos los vascos y vascas, mientras sonreía con almíbar
de santa que coquetea con la neodemocrática tele-ciudadanía.
Carísimos vascos y vascas sermoneaba monseñor
Ibarreche, jefe de la civilización sabiniana vasca, compungido
con aviesa mansedumbre pero con la debida condescendencia hacia la
deriva herética de las nuevas generaciones de la teología
de la liberación vasca a bombazos: total por una bomba más
o menos y colocada además en territorio enemigo, no se va a
romper las ansias infinitas de paz de los vascos y vascas.
Y es que esto de la alianza vasca de
las civilizaciones y sus procesos vascos de paz asociados, cuyos
méritos y potencialidades se los está tratando de
apropiar indebidamente un tal ZP, lo inventó en realidad una
genuina criatura vasca, vasca sí, sí de pura raza
vasca, y sin sombra o mancha filogenética de españolidad
alguna. Tan de pura raza vasca y con no peor pedigree que don Sabino
Arana y su santa esposa la de los dieciocho primeros apellidos
vascos.
Me refiero, tal como el lector buen
conocedor y entendido en temas vascos habrá ya adivinado, a la
famosa mula de san Ignacio de Loyola, padre de la patria teocrática
vasca. Sí, sí, este noble, aunque infértil en lo
biológico, animal fue el pionero de la ahora tan cacareada,
con perdón, alianza de civilizaciones.
Iba san Ignacio hidalgo caballero en
mula de paso cuando topó con un valenciano morisco. Buscó
san Ignacio polémica con el bizarro moro. La conversación
giró sobre el tema de la virginidad de María, dogma
asaz misterioso. Más que miserioso incluso increíble
para otros, pues el milagro base de una civilización para unos
resulta desde otra fe civilizatoria cosa increíble y absurda.
De modo que el malvado moro, más ignorante de la ciencia
ginecológica que Avicena, argüía que después
del parto tal cosa era imposible. San Ignacio defiende vehemente la
pureza de María en el proceso que pretendía ser de paz
y que terminó como el amable lector verá.
Y como ya la palabra no bastaba
necesita en su fe apelar a las obras materiales y a la material
acción, así que retarda el paso de su mula, se lleva la
mano al puñal y decide matar al impío. En esto llega a
una encrucijada y antes de consumar su buena obra vasca, barrunta que
se puede meter en un lío y que mejor dar otra oportunidad a la
paz. Si la cabalgadura de pura raza vasca decide tirar por la
pendiente dejará al miserable moro de raza no vasca que
continúe con su no menos miserable vida no vasca. Si su mula
acierta a seguir por el camino ancho, lo matará allí
mismo. Con singular gran acierto, el compasivo héroe
cuadrúpedo vasco escogió de modo que la virginal
naturaleza vasca se impuso a la bípeda pero bien armada
teología vasca.
En las palabras del padre Rivadeneira:
" y después de haber buen rato pensado en ello, al fin se
determinó de seguir su camino hasta una encrucijada, de donde
se partía el camino para el pueblo a donde iba el moro, y allí
soltar la rienda a la cabalgadura en que iba, para que si ella
echase por el camino por donde el moro iba, le buscase y le matase a
puñaladas, pero si fuese por otro camino le dejase y no
hiciese más caso de él. Quiso la bondad divina
que con su sabiduría y providencia ordena todas las cosas,
para bien de los que le desean agradar y servir, que la cabalgadura
dejando el camino ancho, por do había ido el moro, se fuese
por el que era mas a propósito"
Rubalcaba ha estado a punto de poner un
retrato robot de tan piadosa mula en comisarías y
cuartelillos. Una busca y captura justificada para ver si puede
arreglar lo de la alianza para el proceso. O el proceso para la
alianza. Pero el bienhechor animalito no ha podido transmitir sus
infinitas ansias de paz a sus imposibles descendientes. Y, así,
la civilización zapateríl está ahora en las
últimas, sin alianza a la que unirse, ni mula que la asesore.
Pero, a la desesperada, sólo
queda acogerse al sagrado manto teocrático bizcaitarra de
monseñor Ibarreche, el único que parece pueda
salvarles, renovando la alianza vasca de civilizaciones con el otrora
enemigo anticlerical, extranjero español, ateo y socialista,
más ahora cómplice en las delicias de la feliz
gobernación y el ordeño presupuestario.
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