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Malos tiempos corren cuando es preciso
explicar lo evidente. Aquí, en España, a veces es
preciso volver una y otra vez a las mismas cuestiones pues parece que
nunca terminan de estar claras del todo.
El tema del laicismo es muy antiguo.
Una de sus primeras formulaciones conocidas se la debemos al
Pitágoras no sólo famoso matemático sino
reformista religioso y fundador de la sociedad iniciática de
su nombre en Crotona, Italia, en el siglo VI antes de Cristo. Decía
más o menos así: "guarda tu corazón para tu
Dios legítimo, pero rinde homenaje legal a los dioses de las
naciones".
Como se ve el gran sabio de Samos diferenciaba el
fenómeno religioso vivido como propio de lo íntimo, de
la propia conciencia y sus contenidos psíquicos, (es decir, de
lo que Jung calificaba de numinoso veinticinco siglos después),
de sus representaciones dogmáticas codificadas establecidas
por las diferentes religiones y sus respectivos cleros. En una
cultura tan alejada de la griega como la china su contemporáneo
Lao Tsé también afirmaba que "el Tao que puede ser
expresado con palabras no es verdadero Tao" abundando en la
equivocidad lingüística de lo religioso, inabarcable en
el ámbito de lo meramente racional y los códigos
lingüísticos cerrados basados únicamente en la
razón y el pensamiento dirigido.
Y eso que durante la Edad antigua
existían extraordinarias instituciones como los llamados
Misterios que trataban el fenómeno religioso no como un asunto
de fe en una determinada teología o sistema codificado de
creencias sino como un hecho experimental mediante procesos
iniciáticos de acceso al universo espiritual al modo de los
vividos de modo más o menos espontáneo por los
místicos.
Y con alguna variedad formal dentro de
un planteamiento básico común: la idea iniciática
expresada por otro discípulo de Pitágoras, Platón,
en su Fedón en que pone en boca de un solemne Sócrates
moribundo las siguientes palabras: "el sostener con empeño
que esto es tal como yo lo he expuesto (el mito o leyenda teológicos
del viaje del alma en el Tártaro) no es lo que conviene a un
hombre sensato. Sin embargo, que tal es o algo semejante lo que
ocurre con nuestras almas y sus moradas, puesto que el alma se ha
mostrado como inmortal, eso sí estimo que conviene creerlo
y que vale la pena correr el riesgo de que eso es así. Pues el
riesgo es hermoso....así que debe mostrarse animoso todo
hombre que se haya afanado en los placeres que versan sobre el
aprender, y adornado su alma, no con galas ajenas, sino con las que
le son propias: la moderación, la justicia, la valentía,
la libertad, la verdad y en tal disposición espera en ponerse
en camino del Hades..."
Es decir, nuevamente la diferencia
entre los valores metafísicos en que todas las religiones
dignas de tal nombre coinciden (la inmortalidad del alma y sus
valores) y los planteamientos culturales e históricos,
codificados que las diferencian (Tártaro, Hades, Nirvana,
Purgatorio, Campos Elíseos...).
Planteamiento que el neoplatónico
musulmán granadino Ibn Abentofail expresa también en
la magnífica reflexión epistemológica recogida
en su obra "El filósofo autodidacto". Y que también
es seguido, en lo fundamental, por los genuinos herederos de las
antiguas instituciones tradicionales iniciáticas y mistéricas,
El laicismo pretende mantener el
fenómeno religioso dentro de la sagrada conciencia del hombre,
busca la neutralidad religiosa de la legislación estatal y
prefiere la aplicación de los principios éticos y la
ilustración de la mente mediante símbolos de doble
ámbito, racional y emocional, a los catecismos o códigos
de conducta cerrados y no como imposición legal social a fin
de evitar los odios, persecuciones y matanzas que el fanatismo
religioso ha provocado a lo largo de la historia. No es un movimiento
ateo y sólo es anticlerical en un sentido y no necesariamente
siempre. En efecto, existen dos grandes tipos de anticlericalismo: El
que va contra todo clero. Y el que lucha contra el
clericalismo entendiendo por tal la continua y muchas veces
fanática injerencia de los cleros en los ordenamientos civiles
de ámbito universal o de obligado cumplimiento para toda la
ciudadanía independientemente de sus opciones religiosas. Este
clericalismo debe ser combatido por todo liberal digno de tal nombre.
El verdadero laicismo sólo es anticlerical en este último
sentido y siempre que las circunstancias históricas o sociales
lo exijan.
El Cristianismo, que como fenómeno
histórico además de cierta influencia bienhechora sin
duda ha causado numerosos crímenes y desastres en Europa, ha
sido atemperado a lo largo de los siglos por la acción de
librepensadores e instituciones iniciáticas que han tratado de
limitar su influencia legal solo a sus fieles. A estas luchas por la
libertad de conciencia y de costumbres para lograr la autonomía
de lo civil se debe las solemnes condenas (tan risibles y pintorescas
a los ojos actuales) del liberalismo y de la democracia realizadas
por ciertos Papas que veían su poder temporal político
y económico (clericalismo) amenazados.
Pero, ahora, en el siglo XXI, salvo
algunos grupos integristas, este Cristianismo atemperado por fuerzas
e instituciones externas y no beligerante contra la libertad de
conciencia y de costumbres no resulta problemático para la
Libertad. Al menos como lo es el Islam, en que lo político, lo
civil y lo religioso siguen tendiendo a confundirse.
Y es que si en el Cristianismo ha
habido una importante evolución histórica aunque sea de
origen exógeno, en el Islam no habido la misma influencia
histórica de librepensadores que lo hayan atemperado. Islam es
un término que viene a significar sometimiento a la voluntad
de Dios, interpretada eso sí por un clero, intermediario y
ajeno a toda pauta de innovación moral civil. Por tanto, la
sociedad ha de ser cerrada, de acuerdo con las pretendidas consignas,
códigos o mandatos contenidos en las revelaciones realizadas a
una persona e interpretadas por ésta según sus propias
circunstancias vitales: las de un nómada medieval de la
península arábiga.
Los movimientos políticos
adversarios del Islam dentro de esa civilización no han sido
liberales sino que han imitado otras peligrosas fuentes de pretendida
legitimación: tal la mítica Nación o el no menos
quimérico Socialismo, pretexto de tantos crímenes y
genocidios. Un ejemplo es el partido Baas en Siria e Irak. Partido
con claras concomitancias nacional socialistas y, en todo caso,
despóticas.
En lo relativo al fenómeno
religioso la "alianza de civilizaciones", de ser un intento noble
y algo más que una mera consigna hueca para encubrir objetivos
canallas, debería descansar en la búsqueda de los
símbolos que representan realidades metafísicas comunes
a todas las religiones. O mejor aún, como era el caso de las
viejas instituciones mistéricas e iniciáticas
precristianas, intentar poner a disposición de quien lo
merezca por su conducta y objetivos vitales la experiencia inefable
de lo sagrado.
Algo muy lejos, pues, de la lamentable
promoción del Islam como antídoto o arma de lucha
contra el Cristianismo para oponer un clero contra otro introducido
artificialmente, que se está intentando en España por
gobernantes irresponsables jaleados por supuestos intelectuales que
están jugando con el fuego del fanatismo y nos van a terminar
quemando a todos.
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