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Cierto partido socialdemócrata acaba de retirar su programa electoral
para el Gobierno de Canarias tras descubrirse que lo había copiado casi
literalmente del que la plataforma Ciutadans propuso -con notable
éxito- a los vecinos de Cataluña. Parece una pieza urdida por el genial
cómico y extravagante ciutadan Albert Boadella, pero los papeles
aseguran que el suceso ocurrió realmente.
El candidato del partido plagiario, Juan Fernando López Aguilar, se
ha apresurado a anular su primera oferta de gobierno y a anunciar la
próxima presentación de otra que, según garantizó, será en su totalidad
"de elaboración propia".
Tal vez sin caer en ello, el que fuera
hasta hace unas semanas ministro de Justicia ha seguido en este caso el
ejemplo de los clásicos del marxismo. Su rápido cambio de programa
sobre la marcha evoca, en efecto, la vieja humorada de Groucho Marx:
"Estos son mis principios; pero si no le gustan, tengo otros".
También
los socialdemócratas canarios parecen disponer de un vasto surtido de
principios, ya sean de inspiración catalana, ya de facturación propia.
Es natural. Hace ya tiempo que la política pasó a ser una simple rama
del marketing en la que los partidos se intercambian ideas, eslóganes,
programas, principios y lo que haga falta.
En el mercadillo del
voto resulta casi imposible distinguir a las churras de las merinas y
mucho menos aún a las izquierdas de las derechas. No debiera extrañar,
por tanto, que un partido socialdemócrata quiera colar de matute en
Canarias el programa de una candidatura catalana a la que los
plagiarios suelen reputar de derechista. Y tampoco habría razón para
sorprenderse si, a la viceversa, un partido de marca conservadora le
fusilase sus ideas a otro que el mercado etiquete como progresista.
Por
fortuna para los copistas, los impulsores de Ciutadans de Catalunya se
han tomado el asunto con humor, entendiendo cabalmente que todo plagio
es en el fondo un homenaje a la parte imitada. No parece que vayan a
recurrir a la SGAE por la vulneración de sus derechos de autor.
Lo que la anécdota viene a confirmar
-por
si hiciera falta- es la irrelevancia de las ideas en el moderno
mercadillo de la política. Las propuestas de gobierno se pueden
trasplantar de Cataluña a Canarias y de la derecha a la izquierda sin
peligro de que alguien note la diferencia entre unas y otras.
Después
de todo, un programa electoral no es más que un producto de consumo
ofrecido a la consideración de los electores. Los conservadores suelen
poner el acento en el orden y la tradición; los liberales, en el libre
mercado; los socialdemócratas en el "gasto social" y los nacionalistas
en los ingredientes propios de la cocina autóctona. Pero esto no pasa
de ser mera teoría.
En la práctica, todos los partidos tienden
a comportarse más o menos igual cuando gobiernan. No es infrecuente que
los de izquierdas privaticen servicios con igual o mayor entusiasmo que
los de derechas; y tampoco sorprende que estos últimos apliquen, a su
vez, políticas de bienestar social propias del ideario de sus
competidores.
Y aquí en Galicia, para qué contarles.
Conservadores, socialdemócratas y nacionalistas de izquierda cortejan
con igual fervor el voto de los emigrantes en Latinoamérica, aunque por
lo bajo todos admitan que se trata de una clientela un tanto heterodoxa
desde el punto de vista democrático. Y hasta puede darse el caso de que
un mismo eslogan electoral -"Adelante"- haya sido utilizado
sucesivamente por un partido conservador y otro nacionalista de
izquierdas, antes de que se lo apropiase para su publicidad una firma
bancaria.
Es lógico. Gobierne quien gobierne, en la política se
cumple el viejo principio de los casinos según el cual la banca siempre
gana. Los principios son de quita y pon, como los del sabio Groucho.
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El artículo en la Opinión
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