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En La Voz de Galicia.- ¿Qué oscura y alucinada perversión de los sentidos puede llevar a
tachar de fascista y terrorista a quien sufre desde hace años la
inhumana tortura de una vida bajo constante protección de sus escoltas
para evitar ser asesinada por una banda terrorista?
Por encima de cualquier otra
sensación (desolación, asco, indignación) esa es la pregunta
-angustiosa pregunta- que nos conmociona, como un golpe, tras saber que
María San Gil fue ayer objeto en Santiago de un intento de agresión, en
el que unos jóvenes independentistas radicales se plantaron a reventar
una conferencia, que pretendía dar la líder del PP, al grito de
fascista y terrorista.
¿Fascista María San
Gil, que es para millones de españoles una imagen viva de la
resistencia cívica contra el fascismo etarra y de la defensa de la
libertad en una sociedad que ha vivido durante décadas atenazada por el
miedo? ¿Terrorista María San Gil que echó los dientes en política
siendo testigo presencial de cómo ETA asesinaba de un tiro en la cabeza
a un compañero de partido y que no sale a la calle desde hace muchos
años sin escolta policial para no correr la misma infausta suerte?
¿Fascista y terrorista alguien que ha mostrado, desde que era poco más
que una chiquilla, un pasmoso coraje en defensa de la libertad de
todos, cuando tantos callaban, miraban para otro lado o no sabían?
¿María
San Gil la terrorista y los pistoleros de ETA y sus amigos las víctimas
del PSOE y del PP? ¿Cómo es posible llegar a invertir, de un modo tan
canalla y tan cruel, tan falto de toda inteligencia y de la más mínima
piedad, el combate entre fascismo y lucha por la libertad con el que
ETA lleva casi medio siglo desafiando a nuestra sociedad?
Esa
cuestión ?grave cuestión? no tiene más que una respuesta: solo en el
caldo de cultivo de una credo sectario, tan necio como brutal, es
posible imaginar que un puñado de chavales lleguen a convencerse de que
quien defienda la libertad contra ETA es un fascista, y un terrorista
quien lucha con el único arma de la palabra contra los que empuñan las
pistolas.
Es terrible, pero, por desgracia,
no constituye ninguna novedad. La historia ofrece sobradísimos ejemplos
de esa alucinación que consiste en tratar a la víctima como si fuera el
agresor y al agresor como si fuera la víctima humillada.
Los
matones de ayer contra San Gil se describieron a sí mismos como un
grupo de «estudiantes de la Universidad de Santiago, sin ninguna otra
adscripción partidista». Que pertenezcan a nuestra Universidad es un
insufrible baldón, que quien puede debería limpiar urgentemente. En
cuanto a lo de la adscripción partidista, los agresores se equivocan.
La tienen, desde luego: son, sencillamente, unos fascistas.
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