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Después
del «alto del fuego» de ETA: la respuesta cívica
Mikel Buesa
Catedrático
de la Universidad Complutense de Madrid
Presidente
del Foro Ermua
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En el mes de marzo
de 2006 ETA declaró un «alto el fuego permanente»
a través de un comunicado que dejaba claro, más allá
de su lenguaje eufemístico, que el cese de la actividad
terrorista no se iba a extender sobre todas las formas de violencia,
sino que se limitaba a las de carácter armado, y que esa
situación se mantendría en tanto hubiera algún
progreso, dentro de una negociación con el Gobierno, en la
consecución de los dos objetivos políticos inmediatos
de su organización: por una parte, la independencia de Euskal
Herria a través del reconocimiento de que «los
ciudadanos vascos deben tener la palabra y la decisión sobre
su futuro»; y, por otra, la impunidad para sus militantes -o,
lo que es igual, que «las autoridades ... dejen a un lado la
represión»- lo que se plasmaría en la
posibilidad de que Batasuna retomara la acción política
sin traba alguna.
Esta declaración
de ETA se encontraba, desde el primer momento, muy alejada de
cualquier forma de expresión de un deseo de abandono de la
actividad terrorista, y así lo recordó ulteriormente en
diversos comunicados y declaraciones públicas. Por ello, nada
autoriza a interpretarla como una forma de anuncio de la clausura del
empleo de la violencia con fines políticos. Sin embargo, esa
fue desde el primer momento la interpretación que hizo el
Gobierno, de manera que ajustó su política a un plan de
negociación que daba por supuesto que el final del terrorismo
ya se había producido.
El Gobierno interpretó
la debilidad de ETA como un signo de su voluntad de abandono del
terrorismo y quiso ver en su declaración de «alto el
fuego» una verificación de su hipótesis de
partida. Descartó así que esa tregua fuera un repliegue
estratégico destinado a reforzar su capacidad política
y logística. A partir de ahí, entraría en una
negociación de perfiles difusos cuyo contenido no conocemos
con precisión, aunque es evidente que al menos generó
en ETA una expectativa de realización, en un plazo
relativamente corto, de avances irreversibles en orden a la
consecución de sus objetivos. Todo ello se tradujo en una
relajación de la política antiterrorista, en una condescendencia creciente
con respecto a la actividad pública de Batasuna, en una
ocultación sistemática de los hechos violentos y en
importantes cesiones en el terreno ideológico, pudiéndose
afirmar que tanto el Gobierno como el partido socialista han acabado
adoptando una buena parte del «lenguaje de los terroristas».
El treinta de diciembre
de 2006, pocos días después de cumplirse los nueve
meses desde el anuncio del «alto el fuego», la
organización terrorista cometió un atentado en la
terminal T-4 del aeropuerto de Barajas en Madrid, con el resultado
de la muerte de dos personas -inmigrantes ecuatorianos que habían
acudido a recibir a unos familiares- y de una severa destrucción
de uno de los módulos del aparcamiento de esa instalación.
ETA dejó así claro que aprovechó su tregua para
rearmarse y puso en evidencia los errores cometidos por el Gobierno
en la conducción de su política. Ésta, por otra
parte, había sido poco convincente para una opinión
pública que, durante todo el proceso, se había
reafirmado en su rechazo de la negociación de asuntos
políticos con ETA, y también de
la aplicación de medidas de perdón a los terroristas.
El Gobierno se vio así
literalmente acorralado, sin rumbo y sin una alternativa meditada y
viable a la política que había venido aplicando. No
podía reconocer su fracaso sin desacreditar completamente su
capacidad para la conducción política del país.
Y, por ello, su respuesta al atentado ha sido débil y se ha
situado en consonancia con su trayectoria precedente de minimización
de los hechos violentos y de condescendencia con respecto a ETA y
Batasuna, orientada a favorecer su negociación con la
organización terrorista. Como resultado, no se ha manifestado
una ruptura de las relaciones entre el Gobierno y ETA; y cabe esperar
que, en un plazo no muy lejano, se pretenda reemprender la
política de negociación que se ha seguido en el período
de «alto el fuego» y en los meses que precedieron a su
declaración.
Esta situación
plantea al movimiento cívico, una vez más, la necesidad
de reflexionar acerca de las actitudes que deben adoptarse y de las
acciones que se pueden desarrollar para afrontarla. En las páginas
que siguen me propongo exponer los principales elementos a considerar
y plantear algunas ideas para la discusión.
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