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El
conde de Lemos y el cerco de Lugo
Lo
que queda precisado así para el caso concreto de la Pena
Frouseira
puede valer, también, para el famoso cerco de la ciudad de
Lugo. Las noticias, igualmente escasas en este punto, no permiten más
que una mera aproximación. Cabe suponer, de cualquier forma,
que la entrega de la Pena
Frouseira
y la de la ciudad de Lugo fueron dos hechos coincidentes o no muy
distantes en el tiempo. De esta forma, se entiende mucho mejor la
provisión, despachada el 28 de junio de aquel año, en
la que los reyes ordenan a Acuña y Chinchilla que castiguen
ciertos desórdenes ocurridos en
los obispados de Lugo y Mondoñedo y en La Coruña y en
otras partes dese Reino.
...
Por
lo que se refiere a la entrega de la ciudad de Lugo, se sabe que el
protocolo de la maniobra fue muy semejante a seguido en anteriores
ocasiones, pues se reclamó primero la entrega de la catedral y
fortaleza de Lugo, de la cual era obispo y señor don Alonso
Enríquez, hermano del viejo conde de Lemos, quien no pudo o no
creyó conveniente oponerse a las exigencias de Acuña {jgtip text:=[Véase, A. LOPEZ ACUÑA, "Don Alonso de Lemos y las casas episcopales", en Boletín de la Comisión de Monumentos de Lugo, V (1966), pág. 90-96.]}(77){/jgtip}.
De ahí, pues, la conocida referencia de Aponte, quien afirma
con mucha precisión, que al
año y medio de su venida
-esto es, en la primavera o verano de 1482- Acuña
tenía pacificada a Galicia.
Muy poco después, creyendo probablemente que la situación
estaba en efecto controlada, los representantes regios se ausentaron
de Galicia, probablemente para actuar ahora en tierras del Bierzo,
que desde octubre de 1480 se hallaban también bajo su tutela y
autoridad {jgtip text:=[AGS, Registro General del Sello, X-1480, fol. 22. Véase, además, L. FERNÁNDEZ VEGA, La Real Audiencia de Galicia, vol. III, págs. 9-10.]}(78){/jgtip}.
Sin embargo, la revueltas más graves no habían
comenzado todavía en Galicia.
El
conde de Lemos, como poco antes el arzobispo don Alonso de Fonseca,
es seguro que tomó también como agravio la maniobra de
don Fernando de Acuña. De esta forma, aprovechando la
mencionada ausencia del Gobernador, aquél se decidió a
maniobrar con toda rapidez. El desarrollo de los acontecimientos no
es conocido, salvo lo que recoge Hernando del Pulgar en los
siguientes términos:
...acordó
de la cercar -se
refiere a la fortaleza de Lugo- y
envió gente de armas de su casa e de otros caballeros, sus
amigos, a poner sitio sobre ella. Lo qual sabido por el Rey e por la
Reyna, embiáronle a decir que se maravillaban de haber osadía
para cercar fortaleza en sus Reynos, especialmente aquella que tenía
alcayde puesto por su mano; e que le mandaban que luego alzase el
sitio que tenía puesto, é la dexase tener libremente al
alcayde que por su mandado la tenía...
{jgtip text:=[Crónica de los Reyes Católicos, Cap. XVI, pág. 380.]}(79){/jgtip}
El
conde de Lemos, sin embargo, ignoró el requerimiento real y
siguió adelante con su empeño. Alegó, a modo de
justificación, dos hechos que a su parecer eran determinantes:
el primero, que la ciudad y fortaleza de Lugo había estado
siempre en paz, y el segundo ya, que la decisión de cercarla
fue para frenar la actitud de su nuevo alcaide, designado por Acuña,
quien había
impedido las rentas de su hermano, e las tomaba, e había fecho
otros excesos contra él e contra sus vasallos{jgtip text:=[Ibídem, pág. 380.]}(80){/jgtip}...
Esta segunda razón, con independencia de su más que
posible veracidad, permite diferenciar muy bien en el tiempo el
requerimiento de don Fernando de Acuña y la consiguiente
entrega de la fortaleza lucense -que ya se ha situado en la primavera
o verano de 1482- y el hecho mismo del cerco de la ciudad por el
viejo conde de Lemos, que debió iniciarse a finales de 1482 o
en los comienzos del siguiente.
En
cualquier caso, el mantenimiento del cerco fue todo un desafío
para la corona y como tal fue efectivamente interpretado. El cronista
Hernando del Pulgar, escribiendo sobre ello, recuerda que los reyes
ovieron
grand enojo, e luego el Rey partió para el reyno de Galicia a
punir al Conde por aquella osadía... Sin
embargo, puesto ya en camino, el rey don Fernando tuvo noticias del
levantamiento del cerco y, casi al mismo tiempo, de la muerte del
viejo conde de Lemos. Corrían por entonces los primeros días
del mes de febrero de 1483.
La
ejecución del mariscal Pardo de Cela
El
31 de marzo, un mes después de lo que queda relatado, los
Reyes despacharon desde la ciudad de León una real provisión
cuyo contenido es importante para el caso. En ella recuerdan en
primer término los poderes en su día otorgados a don
Fernando de Acuña, y a García López de
Chinchilla,
por vertud de los quales vosotros fuestes al dicho Reino de Galicia
con los dichos cargos, e tobistes e administrastes la justicia dél,
e fezistes e cumplistes algunas de las dichas cosas que por nos bos
fueron mandadas, de que fuimos servidos y el dicho reino puesto en
toda paz e sosiego... Sin
embargo, a renglón seguido manifiestan que agora
nuebamente an suçedido algunos escándalos e
ynconvenientes e otros daños, e se temen que nasçerán
otros muchos males e ynconvenientes.
Por todo ello concluyen urgiéndoles a que
tornedes a él con los mismos cargos e con los poderes e
facultades de suso contenidos e de nos llebastes.{jgtip text:=[AGS, Cámara de Castilla, leg. 2763, fol. 6. Referencia y comentarios en L. FERNÁNDEZ VEGA, La Real Audiencia de Galicia, vol. I, pág. 108.y vol. III, págs. 13-15.]}(81){/jgtip}
La
situación del mariscal Pardo de Cela debía ser por
entonces extremadamente delicada. Es muy probable que hubiera
concurrido al cerco de Lugo, secundando así la tardía
maniobra de su suegro, el conde viejo de Lemos. Y es muy probable,
asimismo, que esta maniobra la complementase con otros movimientos en
tierras de Mondoñedo{jgtip text:=[Véase, J. VILLAAMIL Y CASTRO, "El mariscal Pardo de Cela", págs. 156-157.]}(82){/jgtip}.
Por eso, por todo en realidad, es preciso imaginar su limitadísimo
margen de maniobra. Consta, cuanto menos, que su confrontación
con don Fernando de Acuña, al que secundaban los cuadrilleros
de la Santa Hermandad,{jgbox linktext:=[(83)]}En 1507, Juan Mariño, hidalgo y vecino de San Cosme de
Barreiros, al deponer como testigo en el pleito de hidalguía
sustanciado a instancias de Fernando Basanta, vecino de San Martín
de Mondoñedo, declararía que otro Fernando
Basanta,
ahuelo deste que contendía, avía ydo a la guerra de
Antequera a servir como fijodalgo...
añadiendo a continuación que vió...
a este dicho Fernand Basanta, que contendía, servir en Santa
Cruz e en Peña Frouseira con sus armas como fijodalgo.
Véase, BIBLIOTHEQUE NATIONAL DE PARIS, Manuscritos españoles, núm. 555.{/jgbox} se había agravado definitivamente a partir de los sucesos de
Lugo. Pero ahora, además, estaba prácticamente sólo.
Esto no significa que su triste final fuera sólo resultado
directo e inevitable, ejemplificador exactamente, de su rebeldía
frente a los representantes regios. En realidad, no es difícil
descubrir detrás de todo ello -como ya lo aventuró
Villaamil y Castro- unas ruines
pasiones, engendradas por intereses privados de mezquina y
arrinconada localidad.
En este sentido, conviene recordar a los dos grandes enemigos del
Mariscal: el avieso corregidor Fernando de Cerón, activo
siempre en sus reclamaciones y denuncias como ya se anotó, y
sobre todo el ahora influyente Diego de Andrade. Los dos, pero
especialmente este último, secundaron los movimientos de
Acuña; también lo hizo el conde de Altamira, que
tampoco era muy afecto a Pardo de Cela. La posibilidad de una
auténtica confabulación cobra así indudable
sentido, si bien no es posible afirmar nada en relación con la
misma; sí hay, pese a todo, un hecho cierto que abona la
hipótesis. Me refiero, como lo aventuré hace ya
veinticinco años, a la muerte sin un heredero varón
legítimo de su suegro, titular de la gran Casa de Lemos{jgbox linktext:=[(84)]}El que lo fue, don Alonso Osorio, había fallecido en medio de
la vorágine irmandiña. Lo recuerdan algunos de los
testigos del pleito Tavera-Fonseca, como el escudero Gómez de
Villar, que participó en el derrocamiento de la fortaleza de
Sarria, precisando que este don Alonso muriera
en el monesterio de Samos de una naçida, según dezían,
e que otros dezían que de henojo por le derrocaren la dicha
fortaleza...
Véase, A. RODRÍGUEZ GONZÁLEZ, Las
fortalezas de la mitra compostelana...,
vol. I, pág. 153. Más información en E. PARDO
DE GUEVARA Y VALDÉS, Los
Señores de Galicia,
vol. I, págs. 382 y 413-426.{/jgbox}.
Se sabe mucho de los largos y agrios debates entre el nieto bastardo
del desaparecido conde de Lemos -o su hijo bastardo, al cual después
él mismo hizo pasar por nieto- y las hijas nacidas de sus dos
matrimonios, particularmente del segundo. Por eso, es fácil
comprender también que la primogénita de todas ellas,
que lo era doña Isabel de Castro, la mujer de Pardo de Cela,
tuvo necesariamente que posicionarse ante la eventualidad de una
herencia tan fabulosa. Entiéndase, sólo con este lógico
apuntamiento, que la situación del momento y la posibilidad de
que Pardo de Cela uniera a su propio patrimonio, que era muy
importante en la zona de Mondoñedo, todos o una parte sólo
de los vastísimos estados de Lemos, son razones más que
suficientes -poderosas en realidad- para admitir el supuesto de toda
una conjura perfectamente orquestada.
Lamentablemente,
la pérdida de todo rastro documental casi desde los primeros
momentos de la campaña militar que los enviados regios
desplegaron contra Pardo de Cela impide hacer mayores precisiones. Lo
indudable es que, a partir de la muerte de su suegro, acaecida según
queda dicho en los primeros días del mes de febrero de 1483,
se abrió el capítulo final. Son los momentos más
oscuros y nada se sabe ya a ciencia cierta. Sólo caben las
sospechas, las conjeturas y, naturalmente, la aceptación de la
tradición en lo que respecta al hecho mismo de su prisión
y muerte.
Los
pasajes del relato tradicional son en este punto muy precisos. Se
dice, en primer término, que Pardo de Cela fue apresado en la
casa de Castro de Oro el 7 de diciembre de 1483, y se dice asimismo
que el desenlace lo facilitó la traición de algunos
criados suyos -veintidós exactamente-, al frente de los cuales
figuraría un tal Roy Cofano, vecino del Valle de Oro. Si se
aceptan además otros pasajes, cabrá admitir también
que hubo algún tipo de negociación e, incluso, hasta
algún ofrecimiento de dinero a cambio de la vida del preso. De
ahí, el poco creíble viaje a
uña de caballo
de doña Isabel de Castro y el consiguiente detalle, todavía
menos creíble, de la ponte
do Pasatempo,
donde aquélla habría sido entretenida por los coengos
mindonienses hasta que las campanas de la catedral tocaron a muerto.
La laguna documental no permite, en efecto, concretar o contradecir
nada de esto. El relato de los acontecimientos que Valera incluye en
su famosa crónica puede ser, pese a su tono laudatorio y acaso
no del todo veraz, un documento bastante próximo a la
realidad:
Estando
don Fernando
[de Acuña] en
la villa de Sarria, que avía veinticuatro leguas desde allí
fasta donde el Mariscal estava, se partió un día sin
que persona supiese para donde yva, con solamente çien lanças
e veinte peones de su casa, todos lança en puño, sin
pajes, porque la tierra era muy áspera y llena de grandes ríos
y marismas. Mandó llevar muchas hachas y velas de çera,
porque el camino era muy fragoso y estrecho, mandólas repartir
por la gente, porque todos se alumbrasen, e con todo esso perdió
veynte escuderos en el camino.
E
ansí andovo aquel día e toda la noche con grand fatiga
e trabajo, de tal manera que quando amanesçió él
estava muy çerca del castillo de Castro de Oro, donde el
Mariscal estava. El qual, como vido a don Fernando, salió al
pié de la fortaleza a pelear con él, con ciento e
veinte hombres, teniendo solamente don Fernando ochenta escuderos.
Donde se hizo entre ellos muy dura pelea, e ovo algunos muertos e
muchos feridos, así de una parte como de la otra. Y a la fin,
el Mariscal por fuerça de armas retrahido a la fortaleza,
donde don Fernando lo tovo çercado, e lo prendió e tomó
la fortaleza...{jgbox linktext:=[(85)]}E
con él
-continúa Valera- a
Pedro de Miranda, e a García Rodríguez de Bordel, e a
Bartolomé de Bahamonde, e a un fijo del Mariscal, e a otro
fijo de Pedro de Miranda, los quales todos por su mandado fueron
degollados, los quales eran hombres de estado e linaje. En galardón
de lo qual fue ordenado que en las dichas iglesias se ficiese
perpetua conmemoración por don Fernando de Acuña, por
aver dél recebido tan grand benefiçio. Véase,
Crónica
de los Reyes Católicos,
Cap. XXXV, págs. 103-104.{/jgbox}
Por
lo demás, todo apunta a que en estos acontecimientos tuvieron
también un cierto protagonismo los cuadrilleros de la Santa
Hermandad, participando en el hecho incluso personas del propio
entorno familiar del Mariscal. Consta, cuanto menos, la presencia e
intervención directa de Álvaro González de
Ribadeneira, como él mismo lo recordaría años
después al evocar sus años de servicio a los reyes, de
los cuales
tenía cien mil maravedís de acostamiento por
tener, como siempre tenía, veinte de a caballo, para
continuación del dicho servicio, yendo a sus guerras y
llamamientos, haciendo lo mismo en favor de su Gobernador e
Oidores que al tiempo residían neste Reino, prendiendo como
prendió por su mandado al Mariscal Pero Pardo, que fue
degollado, y a otros muchos caballeros deste Reino que tenían
traídas muchas tierras e bienes de la Corona y partimentos
reales de Su Majestad, e hacían muchas resistencias y
desacatos a los dichos Gobernador e Oidores, y ansi mismo yendo como
fue, por mandado de sus Magestades y los dichos Gobernador e
Oidores, contra el Conde que al tiempo era de Lemos, por haber tomado
la villa de Ponferrada, y haber hecho otros desacatos en perjuicio de
la Corona Real de Su Magestad, de tal manera que fue mucha parte e
dio causa a que hubiese mucha paz neste Reino...{jgbox linktext:=[(86)]}La noticia extractada procede de una de las preguntas propuestas por
el personaje para el pleito -conservado en el Archivo del Reino de
Galicia- que sostuvo con su hija doña Teresa, desheredada por
haber contraído matrimonio sin su licencia con un Martín
Díaz de Guitián, quien aprovechó su ausencia en
servicio de los reyes
tuvo tiempo de hacer la dicha alevosía y rato contra la dicha
doña Teresa, y después desto el dicho Mariscal
entendió en asosegar las comunidades que neste Reino
levantaron, e por este efecto se juntó con los perlados y
caballeros deste Reino y con los Señores Gobernador e Oidores
para sosegar los pueblos e vecinos deste Reino, sirviendo como
sirvió todo ello a la dicha Corona Real e a sus Majestades e
sus Justicias, digan lo que saben...{/jgbox}Tiempo después, el personaje -muy bien conocido en el
concierto nobiliario gallego{jgbox linktext:=[(87)]} Este Álvaro González era hijo de Diego Sánchez
de Ribadeneira, señor de la Barreira, y de su mujer, doña
Teresa Rodríguez Pardo, entonces viuda de Alonso López
de Saavedra. Por la línea de su padre, además, era
sobrino de Fernán Díaz de Ribadeneira, señor de
Torés y consuegro del mariscal Pardo de Cela, de doña
Berenguela López, mujer de Alonso López de Lemos,
señor de Ferreira y Sober, y de Ruy González de
Ribadeneira, señor de Bentraces y testamentario a su vez del
mariscal Pardo de Cela. El personaje había casado, por su
parte, con doña María de Bolaño, hija de Pedro
de Miranda, señor de la casa de El Renegado, al cual se
supone que fue ejecutado junto a Pardo de Cela. En esta doña
María hubo, entre otros hijos, a un nuevo Pedro de Miranda,
quien casaría al cabo del tiempo con doña Constanza de
Saavedra, hija de Fernán Ares y de doña Constanza de
Castro, una de los dos hijas que quedaron del Mariscal. Álvaro
González de Ribadeneira sobrevivió muchos años
a estos acontecimientos, pues otorgó su testamento en 15 de
marzo de 1521, ordenando su entierro en la conventual de Santo
Domingo de Lugo. Véase, ARCHIVO DEL REINO DE GALICIA, Fondo
Real Audiencia,
Leg. 8601, núm. 5.{/jgbox}-
tomó también el título y oficio de mariscal,
protagonizando algunas acciones que merecieron la condena de los
reyes y la expeditiva intervención de sus oficiales en
Galicia{jgbox linktext:=[(88)]}Al poco de la ejecución del mariscal Pardo de Cela, el 27 de
febrero de 1484, los reyes comisionaron al Justicia mayor de
Galicia, a ruego de Diego de Andrade, para que indague sobre los
intentos de este Álvaro González de Ribadeneira por
levantar la fortaleza de Cospeito (AGS, Registro
General del Sello,
II-1484, fol. 49). Unos días después, el 6 de marzo,
comisionan a Diego López de Haro para que restituya la
fortaleza de Torés a Mendo de Ribera, vecino de Villafranca,
de la cual se había apoderado este Álvaro González
(Ibidem,
III-1484, fol. 29). Y dos meses más tarde, el 11 de mayo de
1484, ordenan al Justicia y Alcalde mayor de Galicia que cumplan las
leyes de Madrigal de 1476 y las de Valladolid de 1447, relativas a
la usurpación de bienes, y procedan contra este Álvaro
González que se había entrometido en ciertos cotos
propios del obispado de Lugo (Ibidem,
V-1484, fol. 7).{/jgbox}.
Nada
se sabe respecto al proceso judicial que se le pudo seguir al
mariscal Pardo de Cela y, por consiguiente, nada tampoco puede
afirmarse respecto a este asunto. A pesar de ello, es fácil
creer que pudo ocurrir así. Herbella de Puga, cuanto menos, lo
afirma con toda claridad al aludir a las facultades otorgadas a don
Fernando de Acuña:
Exemplo
de sus facultades i prudencia [es]
el processo i sentencia contra el Mariscal Pedro Pardo, que havía
preocupado al Rei la Villa de Vivero, condenándole a la pena
de garrote, que sufrió, i penando extraordinariamente a otros
cómplices para que, sirviéndoles de egemplo el
espectáculo, se consiguiesse el fin de la justicia{jgtip text:=[Véase, B. HERBELLA DE PUGA, Derecho práctico i estilos de la Real Audiencia de Galicia, fol. 8.]}(89){/jgtip}.
La
posibilidad de que se hubiera seguido un procedimiento judicial no se
explica sólo a partir de la aludida real cédula de
1480, donde se especifican los poderes otorgados a los enviados
regios; más que esto, deberá entenderse la simple
existencia de un testamento, que Pardo de Cela habría otorgado
en Mondoñedo el 1 de octubre de 1483 y del que dio fe un
notario mindoniense de nombre Pedro López. Por desgracia, el
contenido de este instrumento no es conocido en su literalidad,
aunque sí se conocen algunas cláusulas concretas,
además de su sentido general, sin que nada haya en él
que aclare las razones y circunstancias de su ejecución. El
hecho de su otorgamiento en la ciudad de Mondoñedo, apenas dos
meses antes de su prisión y muerte, resulta ya muy
significativo en sí mismo y no deja de suscitar nuevas dudas e
interrogantes. Lo más relevante, de momento, es que pone de
manifiesto la presencia del personaje en esta ciudad en los comienzos
del mes de octubre de 1483, lo que no parece admisible en medio de la
campaña militar, pero sí tras ella. De ahí,
pues, que no sea disparatado vincular este instrumento con la
proximidad de su ejecución, lo que permite aventurar que la
prisión de Pardo de Cela tuvo que ser anterior a aquel primer
día de octubre y no el 7 de diciembre, como se afirma en la
famosa Relación
da Carta Xecutoria{jgbox linktext:=[(90)]}De este documento hay hoy dos versiones impresas. La más
temprana, que lleva por título Relazón
da Carta Xecutoria, e copia de os que venderon a Frouseyra, sita no
Vale Douro, en Galicia, a Mouço Mudara, Capitán do Rey
Don Fernando, e curregida no preito do Archivo, na Audiencia de
Santiago, en F. DE SAAVEDRA RIBADENEIRA Y AGUIAR, Memorial
de la Casa de Saavedra,
Madrid, 1679, fols. 137-138v. La otra, que ahora se titula Relación
do suceso da morte do Mariscal da Frouseira, Pedro Pardo de Cela,
sacada dun orixinal antiguo questá na ciudad de Santiago, é
cómo ó venderon, é quen foron, e dónde
eran naturais,
en P. SANJURJO Y PARDO, Los
Obispos de Mondoñedo,
Lugo, 1854, I, 149-150.{/jgbox}
Cierto
o no, el último acto se escenificó el 17 de diciembre
en la plaza mayor de Mondoñedo. La tradición, que
recrea el drama, tomando partido naturalmente por el infortunio,
carga las tintas en este hecho culminante. De ahí, ese otro
pasaje célebre de la cabeza cercenada que botó y rebotó
al son del credo gótico hasta los umbrales mismos de la vieja
catedral mindoniense. El inmediato relevo de Acuña como
gobernador y justicia mayor del reino de Galicia, que se documenta
quince días después de estos acontecimientos, puso
punto y final a la tragedia del mariscal don Pedro Pardo de Cela y
simbólicamente, en suma, a la política pacificadora de
los Reyes Católicos en Galicia{jgbox linktext:=[(91)]}El 3 de enero de 1484 los Reyes ordenan a don Diego López de
Haro, justicia mayor del Reino de Galicia, a petición de don
Fernando de Acuña, del Consejo Real, que no se derribe la
fortaleza de Villajuán, perteneciente al mayorazgo de don
Alonso Pérez, vizconde de Vivero, y el 12 de febrero le
trasladan la comisión que habían dado a Acuña y
Chinchilla para entender en pleitos y causas civiles. Pese a todo,
el nombramiento de Diego López de Haro como Justicia mayor
del Reino de Galicia no se efectuó formalmente hasta el 12 de
marzo, cuando los Reyes despachan una provisión general para
la pacificación de Galicia. En ella se incluyó también
sus atribuciones y jurisdicción, así como el
nombramiento del doctor Espinar como su Alcalde mayor. En este mismo
día, los Reyes ordenaron a don Fernando de Acuña que
entregara al Justicia mayor, don Diego López de Haro, las
fortalezas de Lugo, Mondoñedo y Cospeito. AGS, Registro
General del Sello,
I-1484, fol. 15, y III-1484, fols. 225 y 180, y ADA, Sección
de Lemos, C-3-150. Véase, además, E. PARDO DE GUEVARA
Y VALDÉS, Los
Señores de Galicia,
vol. II, doc. 230, págs. 236-237.{/jgbox}
La
placidez otoñal
En
1486 Galicia estaba aparentemente en calma, aunque Diego López
de Haro proseguía su labor pacificadora, empeñado sobre
todo en el control de algunas fortalezas, como las de Villajuán
-hoy mal llamada Caldaloba-,
Castelo Ramiro o la propia fortaleza catedralicia orensana. La Santa
Hermandad, por otra parte, había cumplido con satisfacción
los objetivos para los que había sido instituida, a pesar de
la resistencia que provocó, y los sucesivos enviados regios
-don Fernando de Acuña y don Diego López de Haro-
habían logrado con relativa facilidad frenar los excesos de la
nobleza, controlando políticamente su propio poder. Sin
embargo, la repentina rebelión del joven don Rodrigo Osorio,
segundo conde de Lemos, que se apoderó de Ponferrada, sobre la
cual pretendía tener derecho como heredero de su abuelo, el
desaparecido don Pedro Álvarez Osorio, reavivó el
recuerdo de las alteraciones pasadas. La gravedad de los
acontecimientos exigió la presencia de los propios soberanos,
que no dudaron en ponerse en camino hacia Galicia y convocar a los
nobles en la villa de Benavente, exigiendo al propio tiempo que el
joven conde de Lemos desembargara la villa de Ponferrada, con las
gentes de armas que en ella había, y que se presentase
personalmente ante ellos. La sumisión fue inmediata; el de
Lemos disculpó su actitud y solicitó el perdón
de los reyes; a pesar de ello, estos no interrumpieron su viaje a
Galicia{jgtip text:=[El cerco de Ponferrada y las circunstancias que lo rodearon en E. PARDO DE GUEVARA Y VALDÉS, Los señores de Galicia, vol. I, págs. 429-434, y vol. II, doc. 236, págs. 241-242.]}(92){/jgtip}.
El
viaje en sí mismo careció de importancia. En realidad
se trató de una visita informativa que apenas duró un
mes escaso y que se desarrolló por las ciudades más
importantes de Galicia: Santiago, La Coruña, Betanzos y Lugo.
Sin embargo, los resultados sí fueron importantes. Los
monarcas, como escribe García Oro, adquirieron durante su
visita la obligación de pronunciarse pública y
solemnemente sobre los problemas gallegos. Galicia lo esperaba y
recibió de los soberanos plena de satisfacción a
través de una serie de medidas{jgtip text:=[Una exposición detallada en J. GARCÍA ORO, Galicia en los siglos XIV y XV, págs. 377 y ss.]}(93){/jgtip}.
La
primera de ellas fue la concesión de un perdón
generalizado por todos los delitos cometidos hasta el día de
su entrada en Galicia, para quienes fueron
a servir a la guerra de los moros por un espacio de tiempo no
inferior a cuatro meses.
Esta medida de gracia se repitió en los años
siguientes y, sin duda, tuvo éxito, pues la participación
gallega en la guerra de Granada fue intensa y destacada, a juzgar
por los relatos que en su crónica recoge Hernando del Pulgar.
Una segunda medida fue la vigilancia de los abadengos y behetrías
cuyo problema había sido ventilado ampliamente durante su
estancia en Santiago. La determinación fue clara y tajante,
pues se ordenó a los nobles y caballeros que las
dexen aunque los tales obispos o moesterios o otras qualesquiera
personas eclesiásticas se las otorguen e de su propia e
libre voluntad.
Sin embargo, la prohibición expresa resultó
insuficiente, pues la encomienda era en muchos casos una fuente de
ingresos fundamental. Por eso fue preciso extremar las sanciones
previstas contra tales abusos. Otra medida de gran importancia se
refirió al problema de los tributos o imposiciones nuevas, que
los procuradores gallegos insistían en poner como ejemplo de
la anarquía y arbitrariedad imperante. La solución que
tomaron los monarcas facultó a las victimas a hacer frente al
desafuero con la
mano armada y sin pena alguna, y amenaza a los autores de ellos con
las penas en las que cayen e incurren los salteadores de caminos.
No
olvidaron los reyes el problema de las fortalezas. Eran muchas las
que se habían derrocado en los últimos años -más
de medio centenar a lo que parece- y ahora fue preciso extremar la
vigilancia para evitar su reedificación. La norma usual para
estos casos era, en Castilla, conminar con su destrucción
inmediata. Sin embargo, lo peculiar del caso gallego exigió
una pena mayor: la pérdida de los derechos sobre las tierras
donde se levantara la fortaleza y, en el caso de que fueran ajenas,
la pérdida de todos los bienes muebles e inmuebles sin
otra sentencia ni declaración alguna.
Hubo, por otra parte, medidas para salvaguardar la condición
de realengo que seguían disfrutando, pese a la presión
señorial, algunas importantes villas gallegas, como Viveiro,
Betanzos, La Coruña o Baiona. En sí la cuestión
era tutelar la autonomía municipal, favoreciendo el poder de
los ayuntamientos o regimientos frente a la ingerencia de los nobles.
Sin embargo, con su favorable actitud, los monarcas perseguían
en realidad el control real de los principales municipios. La figura
del corregidor, cristalizada en las Cortes de Toledo en 1480, fue la
pieza clave a través de la cual se logró supeditar los
particulares intereses locales a los intereses de la Corona. La
última medida, sin duda una de las más importantes,
fue la sumisión y control del clero. Las bulas del 11 de
noviembre de 1487 y del 26 de marzo de 1494, obtenidas de Inocencio
VIII y Alejandro VI respectivamente, facilitaron la labor para una
profunda y amplia revisión de la vida monástica
gallega. Gracias a ello, en poco tiempo se lograron corregir los
abusos y el relajamiento de las costumbres, además de llevar a
cabo una minuciosa reforma eclesiástica que supuso la
supresión de un buen número de pequeños
monasterios, que fueron anexionados a otros de mayor entidad o
importancia.
Estas
y otras muchas medidas, de carácter y calado muy diferente
-recuérdese, por ejemplo, la supresión de cierto tipo
de prestaciones o la revocación de más de la mitad de
las mercedes reales concedidas en tiempos anteriores-, hicieron que
en breve tiempo el acertado gobierno de don Diego López de
Haro, más prudente y mucho menos estrepitoso que el de su
antecesor, consolidara la pacificación iniciada en 1480. La
nobleza y el clero quedaron así controlados, pero los
conflictos y las querellas todavía pervivieron, si bien los
brotes de violencia se fueron extinguiendo poco a poco a lo largo de
los años siguientes. Al cabo, estos resultaron ya anacrónicos
y aquellas se encauzaron normalmente por la vía judicial, que
generaría una creciente confianza, al tiempo que ganaría
en agilidad y eficacia gracias al paulatino afianzamiento de la nueva
Audiencia. Todo, pues, permitió al fin que Galicia entrara en
lo que García Oro ha calificado expresivamente como placidez
otoñal.
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