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El
asalto a las fortalezas
De
inmediato, una profunda conmoción sacudió todos
los rincones de Galicia. Las nutridas columnas irmandiñas,
que un testigo del pleito Tavera-Fonseca -Juan de Milide- oyó
dezir que al dicho tiempo serían ochenta mil ombres,
comenzaron a recorrer las diferentes comarcas, cercando y rindiendo
con la fuerza de su número y el auxilio de trabucos, bombardas
y otros ingenios, la gran mayoría de los castillos y
fortalezas del reino 41.
A
la cabeza de aquellas columnas figuraron, ya desde los primeros
momentos, algunos personajes de cierto relieve, así como otros
muchos caballeros e hidalgos, además de no pocos personajes
bien conocidos de las aristocracias urbanas y cuyos nombres han
quedado registrados en las fuentes: Pedro Arias Aldao, Lope Pérez
Mariño, Fernando de Romay, Álvaro de Angueira, Lope
Pérez de Mendoza, Fernando Díaz Teixeiro, Sueiro
Noguerol, Álvaro López de la Herrería, Lope da
Somoza 42...
Sin embargo, en muy poco tiempo tres de ellos se hicieron famosos,
siendo reconocidos al fin como los caudillos más visibles
del movimiento: el primero fue Alonso de Lanzós, que
operaría en la zona de Betanzos y en el obispado de
Mondoñedo 43,
el segundo fue Pedro Osorio 44,
que lo haría en el área de Compostela, y el
tercero lo fue ya Diego de Lemos, que actuaría en las tierras
del sur de Lugo y en Orense 45.
En estos tres casos se adivina fácilmente que el motivo de su
participación en la revuelta estuvo sobre todo en
sus particulares rencores y deseos de venganza, lo que naturalmente
no puede extenderse a la generalidad de caballeros e hidalgos que se
alinearon con la sublevación 46.
Pese
a lo que queda dicho más atrás, respecto a la madurada
preparación del levantamiento, lo cierto es la sorpresa del
ataque fue un factor decisivo para el triunfo irmandiño.
La nobleza, en medio de su desconcierto, intentó resistir,
pero no le fue posible, pues toda
la gente del dicho reino andaba en favor de la dicha hermandad y hera
contra ellos y ellos no tenían favor ninguno, porque sus
mismos basallos eran contra sus señores... Fue,
pues, la hora en que los
gorriones corrieron
tras los falcones,
provocando al fin la desbandada general 47.
La gran mayoría de los señores intentó salir de
Galicia: Sancho de Ulloa y Diego de Andrade, por ejemplo, se
encaminaron hacia Castilla por
miedo que tenían a los de la hermandad,
pero fueron interceptados por las gentes de la condesa de Ribadavia,
mujer del Adelantado
mayor de Galicia, que los mantuvo en prisión por espacio de
dos años 48.
El arzobispo Fonseca, que se hallaba en su destierro de Redondela,
huyó también para Castilla, pero al no encontrar la
ayuda que buscaba se pasó después para Portugal, donde
rumiaban su venganza otros importantes personajes gallegos,
como don Juan de Zúñiga, Pedro Álvarez de
Sotomayor o don Juan de Pimentel 49.
Hubo otros que intentaron resistir a la marea revolucionaria;
así lo hizo, por ejemplo, Álvar Páez de
Sotomayor, que se encerró en Tui, si bien poco antes de su
muerte, repentina, ordenó abrir las puertas de la ciudad a los
cinco mil irmandiños que la sitiaban 50,
y también el conde de Lemos, que salió victorioso de la
primera embestida irmandiña,
pero que finalmente debió buscar refugio tras los muros de su
castillo de Ponferrada; con él se reunieron asimismo su yerno,
Pardo de Cela, y los suyos. Y no faltaron, ya por fin, los que
anduvieron escondidos, errantes, por las tierras
gallegas; fue el caso, por ejemplo también, de Suero Gómez
de Sotomayor, señor de Lantaño y pariente de Álvar
Páez 51,
que andaba
escondidamente por la tierra y
le daban de comer los
labradores, como
recordaría un testigo del pleito Tavera-Fonseca 52.
Esto mismo debieron hacer también Gómez Pérez
das Mariñas, el gran justador gallego, que encontró
refugio -lo recuerda Vaamonde Lores- en el monasterio de
Samos, donde también se había resguardado don Alonso
Osorio, heredero de la casa de Lemos 53,
o Lope Pérez o Sánchez
de Moscoso, recién llegado de Castilla para ponerse al frente
de la Casa de Altamira 54,
y otros muchos caballeros de menor relieve, como García Mártiz
de Barbeira, Fernán Álvarez de Carantoña,
Vasco Gómez das Seixas 55...
La
victoria de la sublevación irmandiña fue rápida
y completa. El solo recuento de las fortalezas que sufrieron el
empuje arrollador de la rebelión resulta suficientemente
ilustrativo respecto a la magnitud del movimiento, a la vez que pone
de manifiesto el ímpetu de su actuación durante el
breve período en que los grandes señores permanecieron
en su forzado exilio. Los autores más próximos a estos
acontecimientos proporcionan interesantes relaciones de las que
fueron derribadas, comprendiendo en ellas tanto los castillos y
fortalezas propiamente como las simples torres o casas fuertes, que
fueron total o parcialmente derruidas y cuyo número pudo ser
sensiblemente superior a las ciento treinta. En opinión
de Lojo Piñeiro, que las ha cuantificado hace algunos años,
la cifra llegaría incluso a las ciento sesenta y nueve 56.
No
se sabe con exactitud cuántas fueron las fortalezas cuyos
señores o alcaides
entregaron pacíficamente a la Hirmandade,
ni cuántas debieron ser rendidas o tomadas por asalto. Tampoco
se conoce la secuencia cronológica del proceso de cerco,
rendición y derribo que se siguió en aquellos meses. Sí
consta, desde luego, que no fue un camino fácil, triunfal, y
que los alcaides
o tenedores
de algunas fortalezas ofrecieron firme resistencia. De ahí,
probablemente, que el proceso iniciado a fines del mes de abril -el
22 se tomaba ya la de Castelo Ramiro, en Orense- no se concluyera en
unos pocos meses, sino que se prolongara en el tiempo, debiendo
recurrir al rey para que, aprobando lo ya hecho, conminara la entrega
de las que todavía se resistían. La respuesta de
Enrique IV, despachada en Cuéllar el 6 de julio de aquel año,
fue generosa y terminante en todos sus términos:
Sepades que a mí es
fecha relaçión que algunas personas, pospuesto el
themor de Dios e de la mi Justiçia, e non curando de las penas
en que por ello han caído e incurrido, han fecho muchos robos
e muertes e fuerças e otros crímines e delitos en este
dicho regno, los quales se han acogido e reçetado en algunos
castillos e fortalesas dese dicho regno e dellas muchos e muchas
veses, perseverando en su mal propósito, han salido a
continuar en sus robos e fuerças e muertes en grande
deserviçio de Dios e mío e menospreçio de la mi
Justiçia, e total destruiçión dese dicho mi
regno, e como quiera que vosotros, administrando justiçia
e proçediendo contra los malfechores, avedes çercado
las tales fortalesas e avedes proçedido contra los tales
malfechores, e avedes derrivado las dichas fortalesas, pero deçides
que algunas de las dichas fortalesas se han revelado e revelan, e han
continuado e continuan en recebtar, e reçebtan, los
dichos malfechores, e me embiastes suplicar e pedir por merçed
que, acatando que vosotros proçedistes con sello de
justiçia, así en el derribar de las dichas fortalesas
que derribastes, como en el proçeder que proçedistes
contra los malfechores, que aprovase e confirmase e oviese por
bien fecho todo lo que fesistes en esta parte, segúnd e por la
forma e manera que en ello proçedistéis, e yo tóvelo
por bien e quiero e mando e me plase de aprovar e apruevo por la
presente el derribamiento de aquellas fortalesas que vosotros
derribastéis, de las quales se fasían robos e muertes e
fuerças e otros males e daños, e eran receptadoras de
los malfechores e defensores dellos e de los omes criminosos, e así
mismo qualesquier otras cosas que por vía de justiçia
avedes fecho e proçedido, e lo loo e apruevo e he por bien
fecho 57...
En
las cláusulas sancionales, Enrique IV ordenaba, so
pena de la mi merçed e de caer, por ello, en mal caso e de
perder los cuerpos e quanto han,
a los alcaldes de las fortalezas gallegas que estuvieran cercadas o
se cercaran, por causa de los males y daños que desde ellas
se hacían, que luego
las den e entreguen a los alcaldes e diputados de la Santa Hermandad
del dicho regno. En
las espaldas de esta real provisión, famosa pero hasta hace
poco no conocida 58,
se asienta escuetamente la celebración de una junta general
de la Hirmandade
en Betanzos, el 13 de julio de este año; esta simple
anotación y su proximidad a la fecha de expedición de
la provisión, permiten suponer que este fue el momento y
lugar donde se dio la primera publicidad a tan importante documento.
Pero
la intervención real directa, expresa, por lo que hoy se
sabe, no quedó plasmada sólo en el hecho de la
aprobación y exigencia que queda extractada, sino que fue
precedida en los meses anteriores de otras iniciativas de orden más
concreto, con las que procuró reconducir algunas actuaciones
de la Hirmandade
que consideraba inadecuadas, sin duda por ser claramente contrarias
a los intereses de la corona. Cabe mencionar, en particular, la real
cédula despachada el 25 de abril, en la que Enrique IV
ordenaba la devolución a doña Teresa de Zúñiga,
condesa de Santa Marta, a su hijo el conde don Bernaldino Sarmiento
y a don Juan de Zúñiga, vizconde de Monterrey, de
qualesquier tierras e
vasallos e fortalesas que les tengades tomadas, e les fagades
acudir, e acudan, con todos sus derechos acostumbrados, e
sobreseades en les tomar ni ocupar de aquí adelante otra cosa
alguna, e alçando qualquier syto e cerco que sobre ello
tengades puesto, e non fasiendo en ello otra novedad por quanto así
cumple a mi serviçio 59...
Y junto a la cédula anterior, merece recordarse también
la misiva despachada ya el 19 de junio del mismo año; en
ella, tras manifestar que don Pedro de Estuñiga,
mi guarda e vasallo e del mi Consejo, me fiso relaçión
que él, estando en mi serviçio e seyendo como es myo,
fue desposeido de la
su villa y castillo de Monterrey por su hermano don Juan de Estúñiga
y que ahora la avéis
tomado de poder del dicho Juan de Estúñiga.
Por ello ordena, de seguido, que ge
la fagades luego tornar e restituir, apoderándole en la
posesión della, como a señor de la dicha villa, segúnd
que antes que fuese desposeído la tenía, en lo qual me
faréis agradable plaser e serviçio, por quanto el
dicho Pedro de Estúñiga es mi servidor e ha de guardar
las cosas complideras a mi serviçio e a la conservaçión
e guarda y acreçentamiento de esa Santa Hermandad 60.
Pese
al espíritu que animaba el movimiento, el triunfo alcanzado
en aquellos meses no dio paso a un periodo de paz y sosiego. La
norma general fue aplicar la pena capital, bien por asaetamiento,
bien por ahorcamiento: a Juan de Lamas, lo asaetaron por tomar una
carga de pescado,
a un vizcaíno a su vez por robar una pescada,
a otro hombre lo ahorcaron por robar una simple manta... La justicia
expeditiva y el rigor mismo de estas penas era norma general en la
actuación de la Hermandad general, como lo había hecho
la Hermandad vieja de colmeneros y ballesteros que años atrás
se había establecido en Toledo, Talavera, Villarreal y
maestrazgo de Calatrava, de la cual hace recuerdo y elogio el
cronista Alonso de Palencia 61.
De cualquier forma, poco o nada que ver, por tanto, con ese reino
de paz, justicia, seguridad, unidad y solidaridad, que
dibuja con excesivo entusiasmo C. Barros; en realidad, estos y otros
muchos excesos de la justicia irmandiña,
que no son del caso recordar aquí, pero casi todos
nítidamente reflejados en los testimonios del
pleitoTavera-Fonseca, parecen indicar todo lo contrario; esto es,
que la violencia que se quiso combatir seguiu
a ser un triste protagonista cotiá 62.
La
heterogeneidad de las fuerzas que se habían unido en torno a
la Hirmandade
-alta y baja nobleza, clero, burgueses y campesinos- no permitió
posiblemente que cuajara, tras los derrocamientos de 1467, una
unidad interna efectiva del movimiento. En realidad, bastaron tan
sólo dos años para que las diferencias existentes
entre los miembros de las distintas juntas, entre muchas de éstas
y entre los pareceres de los diversos grupos sociales que las
integraban, se tradujeran en claros enfrentamientos, los cuales
generaron en última instancia el clima propicio que esperaban
todos los caballeros y señores que permanecían al
acecho 63.
Pese a ello, el fin del sueño irmandiño no se gestó
en Galicia, sino fuera de ella y a partir, sobre todo, de los dos
hechos capitales que se suceden en el verano de 1468 y que dan paso
a un proceso de reajuste en el escenario político castellano:
en primer término, la muerte del príncipe don Alfonso,
acaecida el 5 de julio 64,
y más tarde ya, el 18 de septiembre, el famoso pacto de
reconciliación sancionado en la venta de los Toros de
Guisando, por el cual Enrique IV se resigna a reconocer como
heredera del trono a su hermana doña Isabel, por
el bien e paz e sosiego de estos regnos, e por atajar las guerras e
males e divisiones que en ellos al presente hay 65...
41
La estimación, aunque probablemente exagerada, permite
comprender la magnitud del levantamiento; así lo entiende I.
Beceiro, por ejemplo, pero no Couselo Bouzas, quien razona que el
número tal vez fuera superior,
si tenemos en cuenta que en todas partes han surgido grupos
hermandiños... y además, si nos propusiéramos
sumar el número de hombres de que los testigos del proceso,
nada más que en ciertos y determinados sitios, nos hablan,
veríamos que nuestro parecer no es equivocado.
Véase, A. RODRÍGUEZ GONZÁLEZ, Las
fortalezas de la mitra compostelana...,
vol. II, pág. 345. Además, I. BECEIRO,
La rebelión irmandiña,
pág. 122, y J. COUSELO,
La guerra hermandina,
pág. 15.
42
García de Salazar recordaría que se habían
organizado hermandades en todo el reino de Galicia, así
de labradores como fijosdalgo, contra todos los caballeros y señores
de la tierra. Esta
afirmación expresa, con claridad, cual fue la
participación de las fuerzas sociales en el levantamiento
de 1467. Beceiro, que trata detenidamente esta cuestión,
señala en concreto la muy destacada intervención de la
baja nobleza y del clero. Véase, L. GARCÍA DE SALAZAR,
Bienandanzas e
fortunas, vol. IV,
Libro XXV, pág. 417, e I. BECEIRO,
La rebelión irmandiña,
págs. 125-128.
43
Este Alonso de Lanzós, señor de Louriñá,
fue -lo recuerda Vasco de Aponte- un esforzado caballero que contaba
con veinte de a
caballo, cuatrocientos basallos y muchas behetrías.
La cuna de su linaje -que eran los Lançones-
se situaba en tierras de Villalba, pero llevaba también la
sangre de los Andrade y Valcárcel, de ahí sus
intereses en las tierras de Pontedeume y Ferrol, así como su
estrecho parentesco con Fernán Pérez de Andrade, con
el que mantuvo buenas relaciones; después abandonó el
acostamiento de los Andrade y se pasó a la casa de Gómez
Pérez das Mariñas, de la que llegó a ser
uno de los grandes y principales.
El personaje casó con doña María de Castro,
hija de Pedro Vermúdez, señor de la casa de Montaos.
Otras referencias en E. PARDO DE GUEVARA Y VALDÉS, Los
señores de Galicia,
vol. I, pág. 368, y "Parentesco y nepotismo", pág.
69.
44Este
Pedro Osorio era el segundo de los tres hijos que dejó el
desaparecido don Pedro Álvarez Osorio, conde de Trastámara.
Los otros fueron don Luis Osorio, que había pretendido la
mitra compostelana y terminó siendo obispo de Jaén
entre los años 1483 y 1496, y don Álvar Pérez
Osorio, que sucedió a su padre y fue, además, el
primer marqués de Astorga. Por lo que se refiere al caudillo
irmandiño,
basta recordar que matrimonió con doña Urraca de
Moscoso, en la cual hubo cuatro hijos; entre ellos, don Rodrigo
Osorio, que sucedió en el condado de Altamira, y don Álvar
Pérez, que fue obispo de Astorga entre los años 1515 y
1539. Las referencias genealógicas en E. PARDO DE GUEVARA Y
VALDÉS, "Parentesco y nepotismo", pág. 85.
45
Este Diego de Lemos, entonces mozo soltero, fue el hijo segundo de
don Alonso López de Lemos, señor de Amarante,
Sober y Ferreira,
y de doña Berenguela de Ribadeneira. Pertenecía, por
tanto, a un muy antiguo linaje de la Tierra de Lemos y, tras la
revolución irmandiña,
jugaría ya un papel más acorde con su posición
social. El personaje casó por el año 1471 con doña
Mayor de Ulloa, hermana del conde de Monterrey, y dejó en
ella varios hijos: López Sánchez de Ulloa, que heredó
el mayorazgo de Ferreira
y Sober;
don Alfonso, que casó con doña Elvira de Novoa, señora
de Maceda;
doña María, que casó a su vez con Pedro Díaz
de Cadórniga; doña Teresa, casada con Álvaro
Suárez de Tangil. A estos hijos se añadió el
bastardo Rodrigo de Sober. Referencias en E. PARDO DE GUEVARA Y
VALDÉS, Los
señores de Galicia,
vol. I, pág. 368.
46
El de Osorio, por de pronto, es seguro que tenía muy presente
entonces quienes habían expulsado de Santiago a su
padre, el conde de Trastámara, y participado acaso en su
propia muerte. El de Lanzós, mientras tanto, es seguro
también que no olvidaba los nombres de Fernán Pérez
de Andrade y Pedro Pardo de Cela, quienes poco antes le habían
derrocado la fortaleza de Ortigueira, después de haber
cercado y rendido por hambre la fortaleza de Mesía, dentro de
la cual -lo recuerda García de Salazar- se encontraba su
mujer. El de Lemos, por último, sin duda no había
perdonado todavía la ofensa recibida cuando los grandes
personajes gallegos corrieron las tierras de don Sancho de Ulloa,
porque éste le había dado en matrimonio a su hija doña
Mayor, despreciando así las solicitudes de don Juan de
Zúñiga. Véase, por lo demás, I. BECEIRO,
La rebelión irmandiña,
págs. 128-133; también, J. COUSELO BOUZAS,
La guerra hermandina,
págs. 20, 27 y 36.
47
Declaración de Lope García, de Betanzos. Véase,
A. RODRÍGUEZ GONZÁLEZ, Las
fortalezas de la mitra compostelana...,
vol. II, págs. 428-429.
48
La condesa de Ribadavia, a la que se alude -siguiendo la declaración
de Juan de Mellid-, era doña María Pimentel, hija de
don Juan Pimentel, destacado seguidor del bando alfonsino, y de doña
Juana de Castro, señora de Valdeorras, su mujer. Véase,
A. RODRÍGUEZ GONZÁLEZ, las
fortalezas de la mitra compostelna...,
vol. II, pág. 478, y J. COUSELO BOUZAS,
La guerra hermandina,
pág. 28.
49
S. PORTELA PAZOS,
Galicia en tiempos de los Fonseca,
págs. 57-58.
50
J. COUSELO BOUZAS, La
guerra hermandina,
38. También, R. VÁZQUEZ,
Crónica de Santa María de Iria,
pág. 47.
51
La Casa de Lantaño procedía del famoso Payo Gómez
Charino, cuya hija -doña María Álvarez- había
casado con Diego Álvarez de Sotomayor, caballero de la Banda
y segundón de la casa de Sotomayor. De estos últimos
fue hijo el no menos célebre Payo Gómez de Sotomayor,
uno de los protagonistas de la embajada de Enrique III ante el
Gran Tamorlán,
el cual casó a su vez con doña Mayor de Mendoza,
sobrina del arzobispo don Lope, que fueron los padres, entre otros,
del personaje citado en el texto. Algunas noticias en V. SALVADO
MARTÍNEZ, "El mariscal don Suero Gómez de
Sotomayor", Museo de
Pontevedra, 2 (1943),
págs. 121-135.
52
A, RODRÍGUEZ GONZÁLEZ, Las
fortalezas de la mitra compostelana...,
vol. II, pág. 341, y J. COUSELO BOUZAS, La
guerra hermandina,
pág. 45. También, S. PORTELA PAZOS, Galicia
en tiempos de los Fonseca,
pág. 58.
53
Gómez Pérez das Mariñas y sus descendientes,
págs. 18-21.
54
A. LÓPEZ FERREIRO, Historia
de la Iglesia de Santiago,
vol. VII, pág. 264.
55
S. PORTELA PAZOS,
Galicia en tiempo de los Fonsecas,
pág. 59.
56
Las relaciones más tempranas en L. GARCÍA DE SALAZAR,
Bienandanzas e fortunas,
vol. IV, Libro XXV, 417-418, y B. S. MOLINA, Descripción
del Reino de Galicia,
Mondoñedo, 1550 [edic. facsímil de "Bibliófilos
Gallegos", Santiago, 1949], fol. XLIII. La más reciente
y completa en F. LOJO PIÑEIRO, A
violencia na Galicia do século XV,
págs. 109-114.
57
El texto en E. PARDO DE GUEVARA Y VALDÉS, "Notas para una
relectura del fenómeno hermandino", doc. IV, págs.105-106.
Véase, aquí, en Documentos,
núm. 5.
58
La primera noticia de su hallazgo, con una breve referencia a la
escueta mención de la junta celebrada el 12 de julio en
Betanzos, en M. VILLA OLIVEROS y E. PARDO DE GUEVARA Y VALDÉS,
"Documentación medieval gallega en la Colección
Diplomática de Diversos del Archivo Histórico
Nacional", Galicia
en la Edad Media,
Madrid, 1990, pág. 12.
59
"Notas para una
relectura del fenómeno hermandino",
doc. II, págs.
103-104. Véase, aquí, en Documentos,
núm. 2.
60
Ibidem,
doc. III, págs. 104-105.
Aquí, en Documentos,
núm. 4. Para lo demás, véase lo apuntado en
nota 25.
61
Gracias a aquella institución, afirma el cronista, en estos
territorios apenas se
atreve hoy nadie a coger lo que encuentra en medio del camino y
mucho menos lo que hay en las casas...
y añade, de seguido, que por
el robo más insignificante, por el más ligero delito
perpetrado en cualquier parte de aquel territorio, persíguese
al culpable hasta Aragón y hasta Portugal, y una vez preso
llevanle a los montecillos señalados para las ejecuciones,
donde han de atarle en lo alto de un madero. Antes acuden de las
aldeas vecinas y de las chozas en que viven por los montes y
extraviadas soledades los guardas de las colmenas
que son el mayor
recurso de aquellos rústicos; hablan familiarmente con el
reo, comen todos juntos cual en regocijado festín y se
alegran con el vino, tenido por suave y excelente. Acabando el
banquete, atan al infeliz, y diestros cuadrilleros disparan contra
él unas veinte saetas. Al que le atraviesa el corazón
tiénesele por merecedor del premio, pero el que las clava
fuera del pecho paga como multa el próximo banquete y queda
inhabilitado para tomar parte en los sucesivos. Inmediatamente
después, jueces nombrados por la junta de rústicos
declaran los motivos de la sentencia por la que el desdichado, ya
exámine, ha merecido tan cruel pena. Véase,
A. PALENCIA, Crónica
de Enrique IV, Cap.
VII, pág.191.
62
Lope García de Salazar se refiere a ello en estos términos:
durando estas cosas e
fechos en Galisia, como dicho es, e otros muchos por tiempo de tres
años, poco más o menos, como apareçer de las
gentes, Nuestro Señor quiso ferir con su disçiplina a
estos cavalleros de Galiçia, e pagado dellos con piedad e
viendo las demasiadas crueldades de los villanos, e la su mucha
desovediençia contra sus naturales señores, e más
contra los fijos dalgo que los ayudaban, acatando la antigua
enemistad que fue e sería entre fijos dalgo e villanos,
juntandose con los dichos señores, dieron con los dichos
villanos en el suelo, faziéndoles pagar todos los daños,
e fasiéndoles faser todas las dichas fortalesas mejores que
de primero... L.
GARCÍA DE SALAZAR, Bienandanzas
e fortunas, vol. IV,
Libro XXV, pág. 419. Véase, por lo demás, I.
BECEIRO, La rebelión
irmandiña,
págs. 151-152;. C. BARROS GUIMERANS, "La revuelta de los
irmandiños. Los gorriones corren tras los falcones",
Historia de Galicia,
Faro de Vigo, Vigo, 1991, vol. II, pág. 451, y F. LOJO
PIÑEIRO, A
violencia na Galicia no século XV,
págs. 48-52.
63
I. BECEIRO, La
rebelión irmandiña,
págs. 154-156.
64
En su carta a la ciudad de Toledo, despachada el 6 de julio de 1468,
Enrique IV con acuerdo
de los perlados e grandes de mis regnos e de los procuradores de la
cibdades e villas e hermandades dellos,
se apresuró a comunicar que entiendo
dar orden en la pas e sosiego e tranquilidad de los dichos mis
regnos, e en el buen regimiento e administración e
gobernación de la justicia dellos: por manera que todas las
guerras e males e dapnos e otros inconvenientes cesen en ellos.
Véase, Memorias
de don Enrique IV...,
vol. II, doc. núm. CXLVIII, pág. 454.
65
Ibidem,
doc. núm. CLII, págs. 561-566.
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